Tauromaquia

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“Gallito” y el centenario de una herencia dilapidada

LOGO DEL CENTENARIO DE LA MUERTE DE "GALLITO" DEL ARTISTA Y AFICIONADO FRANCÉS JEROME PRADET

El Toreo será lo que quieras que sea…; así de cartesiano se explicaba Gregorio Corrochano con Gallito, según el relato de su crónica taurina en ABC del 17/5/1918, referida a la corrida celebrada durante el abono de la plaza de Madrid, con una terna completada por Rodolfo Gaona y Saleri II, lidiando ganado de Gamero Cívico.

Y la llamada al de Gelves no era baladí, puesto que el mejor cronista, con el tuteo que le otorgaba su gran amistad y autoridad sobre la materia, ya le venía advirtiendo de que era hora de retomar más responsabilidad como primera figura del momento; y que debiera buscar mayor compromiso en su carrera taurina. Más aún en esa temporada donde José estaba solo, al frente del escalafón y de los carteles, debido al año sabático que, lejos del país, decidió tomarse Belmonte para reencontrarse consigo y su destino.

La lectura de dicha crónica, es un exquisito relato literario sobre las renacidas fuerzas del sevillano para llegar a ser la referencia eterna de La Tauromaquia. Con un hacer de arte y técnica, como nunca se podía nadie imaginar en los ruedos. Y con ese gran bagaje contestaba también en la plaza Gallito, cuando la razonada crítica le recorría todo el espinazo y le colocaba frente por frente al espejo de su anhelado destino.

Con igual maestría y sabiduría, en la misma crónica, Corrochano adelantaba el ocaso próximo de Gaona, en otra tarde más aciaga, y señalaba a un Julián Sáiz Saleri II como el torero ideal para compartir con José y Juan los carteles. Eran otros tiempos...

Eran otros tiempos, aquellos en que se amalgamaron en cinco, solo cinco temporadas, los destinos de la Tauromaquia de las llamadas Épocas de : Lagartijo y Frascuelo; Guerrita y Fuentes o Espartero; Machaquito y Bombita; Gallito y Belmonte. Con estos últimos se acabaron las épocas del toreo y dieron paso a la Tauromaquia que ya no diferenciaría a los toreros solo por su arte, frente a los de solo por su valor.

Era la consecución de la Tauromaquia íntegra lograda por la fusión del buen hacer de Gallito y Juan Belmonte. Esa que nos ha llegado a nuestros días, tan escasa de disfrutar; donde la técnica, la personalidad, el arte y el duende, acompasados de suficiente arrojo para la lidia, hace que hoy se clasifique de rara avis al torero que logre aunar tales virtudes.

En el muy corto espacio de tiempo que transcurre desde que en septiembre del año 1912 Gallito toma la alternativa con 17 años; hasta la fatal fecha de su cogida y muerte en Talavera de la Reina el 16/5/1920, a los 25 años, por el toro Bailador de la ganadería de Dña Josefa Corrochano, viuda de D. Venancio Ortega. Es decir, en seis años y medio como matador de toros con 665 festejos, según contabilizó Don Indalecio; y con las cinco temporadas en competencia con Juan Belmonte, durante la denominada Edad de Oro del Toreo; el de Gelves logró explicar sobre todos los ruedos patrios el futuro de La Tauromaquia, en sus variados ordenes, para que esta simplemente se hiciera eterna.

Comprendió, asumió e impuso que en las plazas y los despachos debe de mandar el torero y este siempre debe dedicarse en cuerpo y alma a la perfección de su quehacer, recogiendo de sus competidores todo aquello que de grandeza era complementario o fundamental para el propio avance de sus capacidades de lidia, poderío y arte que le permitiera ser el indiscutible líder del escalafón. Y para ello nombró a personas de su confianza para que administrara bajo sus indicaciones sus contratos y su hacienda; y a profesionales de su interés, les encargó el  trabajo de recorrer los cercados de  las ganaderías que mejor se adaptaban a su forma de progresar en el toreo, para que se aportaran las mejores reses a sus festejos.

Justificó con sus grandes triunfos la necesidad de ampliar el aforo de las plazas de toros existentes o creando unas nuevas, para que La Tauromaquia fuera más accesible a una sociedad interesada en su conocimiento y volcada con sus ídolos; logrando de semejante manera incrementar la afición, unos mayores ingresos para los profesionales y que se alcanzara la rentabilidad de los empresarios.

Impuso su primacía en el escalafón mediante el permanente reto de una competencia profesional con quien le disputara el sitio, mediante la lealtad en el ruedo con los variados valores de la autenticidad, la exigencia y el riesgo cierto de La Tauromaquia y la lealtad con sus compañeros. Logrando, con unos nuevos modos de lidiar transformar el concepto del toreo, buscando un tercio de muerte donde el dominio, arte y sabiduría se pudiera exponer con mayor duración para protagonismo del lidiador y un atractivo quehacer para los públicos. Fomentando así la personal creatividad ante las variadas características resaltables de las condiciones de las reses, para un mayor conocimiento por los ganaderos, facilitándoles su labor para una mejor selección.

Todos estos valores permanecieron vigentes y fueron aún más recabados por la afición, cuando su ausencia de los ruedos sumieron a La Tauromaquia en una pavorosa orfandad que muchos entendieron como una catarsis hacia un después, donde la competencia con Belmonte era  irrenunciable para  continuar  la obra  iniciada por  Gallito.  Semejante búsqueda del imposible logro de un sustituto, se llevó por delante a la gran mayoría de aquel buen escalafón que tantas y tantas tardes había compartido con Gallito sus éxitos, sus circunstancias, sus pocos fracasos y su asumido rol de segundones en los carteles; porque ya, simplemente, esos grandes toreros no le servían a los aficionados.

Sánchez Mejías, Juan Luís de la Rosa, Granero, Chicuelo, Márquez, Lalanda.., junto a las lógicas dudas de un Juan Belmonte mutilado en sus ilusiones por semejante pérdida del compañero, le llevaron a seguir en activo ya solamente dos temporadas más; solo fueron capaces, en dos años de duelo, de medio alcanzar el interés de una afición que, al final de este dolor, comprendió que la vida sigue y que había que interesarse en una Tauromaquia que, al menos, valiera la pena continuar con los valores heredados de Gallito, aprendidos por los que en los nuevos tiempos se la jugaban.

Cumplieron bien todos ellos con su cometido; y se abrió una esperanza de continuidad adaptada a los nuevos modos y tiempos, que junto a deslumbrantes apariciones de toreros únicos en sus modos de vivir y también de torear, como Gitanillo de Triana, el especialísimo Cagancho, o los: Niño de la Palma, Bienvenida, Domingo Ortega.., hizo alborear una organización nueva en el negocio taurino, donde la figura del apoderado y su buen o mal quehacer, laminaba lentamente la personalidad de los toreros que dejaban en aquellas manos el destino de sus carreras. O sea.., todo lo contrario a lo impuesto por José. Había llegado la gran y todavía hoy no reconocida, en su justo valor, Edad de Plata del Toreo. Según tal la bautizó el extraordinario crítico Gregorio Corrochano.

Pero a La Tauromaquia y a todo el país, le acechaba la guerra civil para soportar una prueba de supervivencia, ante semejante podredumbre moral, que asoló todo lo que se mantenía en pié y que a su final, marcó un proceder en el toreo donde la aparición de los conocidos como taurinos se nos revelaron como el virus inoculado en una tradición secular para el servicio de intereses personales y de gestión, mayoritariamente espurios, que asolaron las directrices marcadas por Gallito para mantener la integridad y dignidad de La Tauromaquia.

La excusa, en parte cierta, de la gran carencia de ganado de lidia, por el esquilmado de ganaderías durante la contienda, junto a la necesidad del cumplimiento de órdenes políticas para la distracción del pueblo y así paliar su sufrimiento; representó la apertura en canal por donde se desangró lo más sagrado para la identidad de La Tauromaquia: su autenticidad. Hasta tal punto, que algunos historiadores aturdidos por la inesperada muerte de Manolete, alumbraron, en su desazón, la probable deriva final de esta.

Pero cuando todo parecía levantarse sobre el firme seguro de los años 50 y primeros de los 60, donde se produce un leve avance, al menos hacia la recuperación del decoro, con profesionales que buscaban expresar los valores eternos del toreo con autenticidad, arte, valor y sabiduría; la sociedad universal cambiante, en busca de su nueva identidad, trae aires del desierto cargados del amor al dinero fácil, la propaganda falsa o engañosa y los valores inciertos.

Aquella Tauromaquia era un campo abonado para que con la inteligente combinación de lo dicho, se intentara una revolución en la ortodoxia dominante que conllevase el hacerla popular a costa de su autenticidad y que fuera cambiante, en todos sus valores, con la ayuda del dinero fácil y el dominio de unas masas con curiosidad por otro tipo de espectáculo. El tremendismo fue una pandemia para la totalidad del mundo taurino que retiró de los tendidos a gran parte de la auténtica afición y la sustituyó por un sucedáneo que a punto estuvo de acabar con el cuadro...

La Tauromaquia se trasladó de los ruedos a los despachos y cuando no, se fue al abrigo de la almohada del mismísimo lecho del que llamaron El Fenómeno del momento; y que curiosamente fue el que empaquetó y guardó bajo cinco llaves las grandes esencias de los inamovibles cimientos de una Fiesta secular bajo la marca de Gallito. Todos, profesionales y críticos de referencia, se abrazaron y adoraron al momento al becerro de oro y dejaron para un largo más adelante la demostración palmaria de su error, cuando demostraron por activa y por pasiva que el tremendismo fue una interminable y oscura noche a desterrar, porque todavía quedaban algunos para demostrar que eran portadores del poso de una herencia de un héroe, glosada por Las Artes y Las Letras.

Pero la realidad es que después de La Edad de Oro, la de Plata del Toreo y desde los años ochenta..; desde aquel entonces, la Tauromaquia camina o deambula como puede, por un sendero lleno de grandes altibajos en busca de su supervivencia, mediante el intento de una adaptación a unos tiempos marcados por una sociedad cuyo rumbo muy pocos conocen; y que arrastró a la Fiesta actual a una mercadería de grandes patronales, que, a imagen del momento, gobiernan con las llamadas franquicias todos los rincones del negocio taurino. Es la palmaria realidad lograda por la dilapidación de una herencia llevada a cabo por sus albaceas de profesión, que no respetaron la voluntad de quien se las legó mediante sus tratados de arte, sus escritos de sangre, sus gestos de honor y la generosa entrega de su intensa vida: José Gómez Ortega Gallito. Él, solo él, tuvo la gran y mejor visión, a lo largo de la historia, para que LA TAUROMAQUIA nunca dejara de ser grande y, al menos, siempre reconocida. Muy a pesar de las premonitorias palabras de Bombita cuando supo del fallecimiento de José..:“Se acabó el Toreo..; se acabó”.

El año de “El Gallo” y cuando todos eran debutante...
Los ejemplos de: Santander, Huesca y Valdemorillo