Un zángano en el palmeral

GENTE DE FE CIEGA

Para evitarme el terno de abuelito Cebolleta- célebre personaje del Tebeo, lo digo para los lectores que no lo sepan- cuya aparición suscitaba un pánico similar al producido por ese otro anciano, personaje de los que fueron notorios en ediciones anteriores de la Hora de José Mota, dispuesto a narrar sucesos del servicio militar obligatorio o “mili” ya desaparecido, me extenderé lo justo…

Durante una época lejana, antes de amanecer en pie, escuchando una emisora ilerdense no recuerdo si adscrita a cualquiera de las grandes cadenas de radio emisión españolas, reía con los chistes del gran Eugenio. Y, de aquellos momentos de diversión, arropado por las mantas, viene a cuento uno, delirio sonoro que popularizó el gran artista catalán, por desgracia desaparecido hace unos años: el automovilista que se precipita por un barranco, logra asirse a la raíz o rama que sobresale, y pide auxilio; nadie parece escucharle hasta que una voz sobrenatural le atiende. La voz se atribuye identidad divina, recomienda al desesperado tipo se arroje al desfiladero y no tema: los arcángeles le recogerán sin que sufra daño alguno. El hombre da las gracias y pregunta, no obstante: “¿pero hay alguien más?”… Pues bien, rememoro este ingenio de humor tras la obligada espera entre parte y parte de lo que es un programa de la tele. No importa cual. El caso es que, se emiten comerciales y, entre los varios, llama mi atención uno que pretende la venta de perfume, esencia cuyo nombre es idéntico al de mengana de tal, famosa intérprete de la canción latina aparentemente la creadora de la cosa. Acaba, 30 segundos después y, como el infortunado del cuento, me digo, ¿pero hay alguien más?... Porque yo tenía entendido que realizar una fragancia supone la colaboración entre reputados especialistas que dedican su ciencia y habilidades al logro de algo excelente, luego a disposición de quienes estén dispuestos a pagar el precio de venta al público que se determine. Y como no me parece que la citada estrella haya acreditado capacidad profesional alguna en la industria de las lociones y colonias de un rango mínimo tal que garantice las bondades del producto ofrecido como objeto de uso personal o regalo, digo yo: ¿hay alguien más? ¿Por qué nos fiamos? ¿Por qué con decir, “yo soy fulana de tal y como hago esto muy bien lo que yo recomiende va a misa”, basta para otorgarle a la mercancía valor precioso?... Creo que, o somos muy crédulos o en exceso manipulables, o la suma de ambas taras. Manifestamos tener una fe ciega en personas que, digan lo que digan o hagan lo que hagan, si antes conquistaron cierta notoriedad en una especialidad artística, política, cultural o de trabajo, cobran omnipotencia cuasi mágica. Lo saben todo, lo pueden todo, cada uno de sus actos son magníficos por ser quienes son. Y así nos va, claro. Elaborando becerros de oro a los que nos encomendamos convencidos de lograr, mediante su intercesión la gloria y la abundancia. Y aún dineros que aquello que nos venden por un potosí, en frasquito mínimo y de diseño- eso sí- es ciertamente la quinta esencia de la maravilla. Aunque no sea así. Por más que resulte absurdo. Eso hacemos y contentos estamos. He dicho.

Enrocada
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