Guadalajara en 1565 según dibujo de Anton van den Wyngaerde

Se dice muchas veces que la Historia se repite, y aunque pensemos que la tecnología nos hace diferentes de nuestros antepasados, lo cierto es que esta frase sigue siendo totalmente cierta. No es la primera vez que los guadalajareños estamos encerrados en casa como consecuencia de una pandemia, y para muestra me gustaría escribir sobre una de las peores crisis pasadas por la ciudad en su historia: la peste de 1599. Es interesante ver las cosas que han cambiado, y las que siguen igual.

Existe un consenso absoluto entre los historiadores locales en situar el siglo XVI como el cénit de la historia de la ciudad de Guadalajara. No es de extrañar, pues este siglo supuso la culminación en toda Castilla de una serie de fenómenos de largo plazo, gestados en los siglos medievales, que hicieron que el reino fuera la gran potencia militar europea durante esta centuria. La historia, narrada siempre desde la visión de los poderosos y las grandes gestas militares, nos ha lanzado la imagen de una ciudad de Guadalajara que en estas décadas se encuentra en su máximo apogeo de la mano de los poderosos Mendozas alcarreños. No obstante, si bien es cierto que las letras y las artes florecieron como nunca, y que las picas castellanas vencían en medio mundo, no menos cierto es que esta supuesta prosperidad no fue tal y como los historiadores tradicionales la han pintado, a lo que se suma que las bases del poder militar castellano podían tambalearse de un momento a otro: Castilla era un gigante con pies de barro que no tardaría en comenzar una cuesta abajo de varios siglos por la mala gestión de sus gobernantes.

Decimos que esta prosperidad no fue tal porque no llegó a toda la sociedad arriácense: estamos ante una población muy pobre, que sobrevivía en una economía de subsistencia en la que los años de malas cosechas hacían verdaderos estragos entre los campesinos. Un ejemplo de esta situación en la que vivía la mayoría de la población lo podemos encontrar en la gran crisis de finales del siglo XVI (1598-1601), que fue originada por tres grandes factores: por un lado, la llegada al trono de Felipe III, tras la muerte de su padre, había forzado al concejo arriacense a realizar todo tipo de dispendios para celebrar este evento, lo que le dejaría sin reservas financieras para afrontar lo que vendría después. Por otro lado, Guadalajara llevaba sufriendo varios años de malas cosechas, que habían debilitado a la población, llegando algunos sectores a sufrir hambrunas. Finalmente, en tercer lugar, y en parte como consecuencia del factor anterior, tenemos la llegada de la peste en 1599.

La peste, conocida en las fuentes documentales como “pestilencia”, no era algo nuevo. Desde la Edad Media tenemos pruebas de la llegada de estas epidemias a la ciudad, que en muchos casos no eran más que enfermedades comunes como el tifus o la viruela que, debido a la mala calidad de la alimentación y al absoluto descuido de la higiene, pasaron a tener características de epidemia. En el siglo XVI estas enfermedades habían llegado a provocar un descenso de la población en muchos lugares de España, no quedando Guadalajara ajena a este proceso. Sin duda, la ciencia médica (aunque llamar ciencia a aquello sea algo pretencioso), no tenía los conocimientos adecuados para hacer frente a estas situaciones, y proponía tratamientos basados en tradiciones y creencias populares cuyo efecto llegaba a ser incluso perjudicial para el enfermo.  Por ejemplo, para la peste bubónica, la más habitual en estas décadas, la medicina no descubrió qué la provocaba hasta 1894, lo que hacía que los hospitales fueran, en la práctica, centros ineficientes que no evitaban una muerte segura.

Cuando la peste de 1599 llegó a la ciudad, los gobernantes tuvieron que ponerse manos a la obra, haciendo gala de una absoluta incompetencia. No es algo sorprendente, pues los cargos públicos no eran ejercidos por personas competentes, sino por gente que los había obtenido comprándolos o heredándolos. Es decir, estos cargos públicos, también a nivel municipal, eran vistos como una forma de ganar un buen dinero de por vida haciendo lo mínimo (¿les resulta familiar?). Así pues, el concejo de la ciudad, regido por semejantes incompetentes, decretó dos medidas urgentes: En primer lugar, acusar de que la situación de la agricultura era provocada por los moriscos, que habían abandonado su cultivo para dedicarse al comercio. La solución: atar a este colectivo a la tierra sin derecho alguno. En segundo lugar, acusar a los jornaleros de cobrar demasiado dinero por su trabajo.

Como vemos, el mantra de la “moderación salarial” no es algo que hayan inventado los economistas actuales. El concejo lo tenía claro: si hacemos a los moriscos y a los jornaleros trabajar más por menos, los costes de producción serán menores, y eso incentivará a los propietarios de tierras a roturar más terrenos, aumentando las cosechas. Política hecha por las oligarquías locales en defensa de sus intereses, con una gran dosis de xenofobia, y un gran desprecio de las posibilidades de la mejora técnica en los cultivos. En suma, un ejemplo de la política errónea que, aplicada a todo el reino nos llevaría a la decadencia del siglo XVII.

Para paliar estas situaciones periódicas de desabastecimiento, los concejos castellanos, y también el de Guadalajara, tenían unas instituciones, llamadas pósitos, que hacían las veces de “banco de cereales”, comprando y vendiendo trigo en función de las necesidades del mercado, compensando así las situaciones de desabastecimiento o sobreabastecimiento, a la vez que hacían las veces de prestamistas para ayudar a los agricultores, y también al concejo, en situaciones financieras delicadas. En el caso de Guadalajara, el pósito solía prestar dinero al concejo para afrontar gastos extraordinarios, como era la llegada al trono de un nuevo rey. Decíamos que en estos años muere Felipe II y le sucede su hijo Felipe III. El concejo, que preveía el paso del nuevo rey por la ciudad, se apresuró a dedicar ingentes sumas de dinero para conmemorar, por un lado, el luto por la muerte del rey prudente, y por otro sufragar los festejos de la entronización de su hijo. De sobra es conocido que las haciendas locales castellanas vivían en permanente quiebra, y el caso de Guadalajara no era diferente. Los miembros del concejo (los mismos que acusaban a los labradores y a los moriscos de cobrar demasiado) gastaron tanto que tuvieron que pedir un crédito al pósito local, crédito que se pagaría tarde y mal, dejando al pósito sin capacidad financiera para compensar la escasez de trigo en la ciudad en estos años.

Así las cosas, con unas instituciones públicas arruinadas, y una población mal alimentada, llegó en 1599 la peste, seguramente bubónica: la ciudad cerró sus puertas para evitar el contagio, salvo Bejanque y la puerta del puente, que quedaron custodiadas noche y día. Además, se prohibió a los mesoneros que hospedasen forasteros sin certificado de salud. Se limpiaron las calles. Se cortaron las relaciones comerciales con el exterior. Se habilitaron dos nuevos hospitales en San Roque y en la ermita de Nuestra Señora de Afuera (templo ya desaparecido, que estaba cerca del Henares)…pero esto no fue suficiente, y la peste hizo estragos entre los arriacenses: el precio del pan se disparó, creándose un mercado negro para evitar impuestos y fijaciones de precios, y el pósito no podía ayudar, dadas sus exiguas existencias y a que carecía de dinero por culpa de la deuda contraída y no pagada por el concejo. Por si fuera poco, Marchamalo, el pueblo que proveía de pan a la ciudad, estaba infectado por la peste, debiendo recurrir al vecino de Cabanillas. Como consecuencia de todo esto, y de la compra a precios desorbitados de trigo de otras regiones, los precios subieron y los pobres quedaron fuera del acceso a los alimentos, lo que generó hambrunas en la ciudad y una elevada mortalidad.

La peste, cebada con una población debilitada por las malas cosechas, se centró especialmente en las mujeres. En solo los meses de junio y julio había fallecido un 18% de la población de la ciudad. Las consecuencias, como se puede entender, fueron desastrosas. La crisis llegó a su fin en 1601, cuando los circuitos de abastecimiento retomaron los cauces habituales. Lamentablemente, esta crisis no haría sino anunciar el comienzo de muchas otras que, al igual que en resto de Castilla, atenazaron a la población durante todo el siglo siguiente. De hecho, ninguna generación de alcarreños en el siglo XVII se libró de vivir alguna crisis como esta que hemos descrito.

Para saber más de estos temas, recomiendo la lectura de dos libros que me parecen imprescindibles para conocer este periodo de nuestra historia, y que han sido la base de este artículo: el de Ángel Luis Velasco Sánchez (VELASCO SÁNCHEZ, A.L.: Población y sociedad en Guadalajara (siglos XVI-XVII), Toledo, Junta de Comunidades de C-LM, 2010) y el de Ángel Mejía Asensio (MEJÍA ASENSIO, A.: Pan, trigo y dinero: el pósito de Guadalajara (1547/1753), Guadalajara, Patronato de Cultura de Guadalajara, 2002).