Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

HIENDELAENCINA Y LA FIEBRE DE LA PLATA DEL SIGLO XIX

Cuando pensamos en las localidades más importantes en la historia de la provincia vienen a nuestra cabeza los nombres de siempre: Sigüenza, Atienza, Molina, Pastrana…lugares con solera que todavía conservan la grandeza de otros tiempos y que son el santo y seña de nuestro patrimonio. Pocos reparan, sin embargo, en una pequeña localidad que, durante unas décadas, superó a los demás municipios de la provincia, rivalizando incluso con la capital en población y en riqueza: Hiendelaencina. “El país de la plata”.

Parece que ya desde la época de los romanos se sabía que cerca de Hiendelaencina había plata en el subsuelo, e incluso en el siglo XVIII algunos estudios concluyeron que la sierra de las actuales provincias de Madrid y de Guadalajara presentaba características propicias para encontrar y explotar este tipo de mineral. Sin embargo, y quizá por falta de medios, tecnología, o del incentivo adecuado, no fue hasta el siglo XIX cuando estos yacimientos comenzaron a ser extraídos de manera industrial. 

La figura clave en esta historia es la de Pedro Esteban Gorriz, un navarro de vida dispersa y de profesión agrimensor que había acabado en la pobreza debido a sus fallidos negocios y a su activismo político, que le había hecho probar la cárcel durante varias temporadas. Gorriz, afincado en Sigüenza por avatares del destino, recorrió la sierra de nuestra provincia buscando alguna forma de salir de la miseria, aprovechando sus conocimientos de topografía. Con gran intuición, decidió jugársela en el pequeño pueblo de Hiendelaencia, donde creía que había posibilidades de encontrar yacimientos de plata que pudieran ser explotados. Así, consiguió hacerse con los terrenos donde a la postre acabarían construyéndose las primeras minas, y una vez demostrado el potencial de las tierras recién adquiridas, fundó en 1844 junto a varios socios una empresa que daría lugar a la mina de Santa Cecilia. Gorriz, autoproclamado “marqués de Hiendelaencina” acabaría siendo uno de los hombres más ricos del país.

El éxito de estos pioneros desató una auténtica fiebre de la plata en el municipio serrano. Gentes de toda España llegaron a Hiendelaencina dispuestos a encontrar la riqueza, y se abrieron, una tras otra, en unos pocos años, más de cien minas, que llegaron a producir a mediados del siglo XIX más de la mitad de la plata que se extraía en España. Los nombres de las nuevas minas eran sin duda pintorescos: los Tres Amigos, La Vascongada, Verdad de los Artistas, La Mala Noche, La Suerte, La Fortuna, La Constante, La Perla, La Cubana, El Relámpago, La Fuerza, Bonita Descuidada…

La escasa población local era a todas luces insuficiente para explotar tantos yacimientos. Algunos documentos de la época describen con dureza que los vecinos de la comarca eran pocos, sin formación y mal alimentados, por lo que necesitaban traer gente de fuera, aunque hubiera que pagarles más. Se calcula que en los primeros diez años la población pasó de 100 a más de 3.000 habitantes. Para alojarlos, se crearon nuevos barrios, iglesias, lugares de ocio, un hospital, escuelas, lavaderos y muchos otros servicios, como centrales eléctricas e industrias auxiliares. El periodo entre 1845 y 1879 fue de un enorme auge para la minería de la zona, interrumpido por la guerra entre Francia y Prusia, que paralizó todo el comercio de Europa, e impidió la llegada de capital extranjero, tan necesario para mantener la producción. En esta primera época se llegaron a producir hasta 20.000 kilos de plata durante los primeros años, aunque ya se observaba un cierto declive en la cantidad de mineral extraído. Cada gramo de plata era más costoso de obtener que el anterior, y eso afectaba a los beneficios del negocio. 

Tras la paz entre Francia y Prusia, la minas de Hiendelaencina retomaron la actividad con renovadas fuerzas, siendo los años que van entre 1889 y 1914 la segunda época de esplendor. Las dificultades técnicas eran cada vez mayores, pues los filones eran irregulares, y era necesario llegar a zonas menos accesibles para extraerlos, pero la inyección económica del banquero francés Bontoux contribuyó a mejorar las técnicas de extracción y con ello la rentabilidad de las minas. En las décadas siguientes los avances tecnológicos permitieron excavar hasta una mayor profundidad con menor coste. Se construyó una central eléctrica en el Bornova, que aprovechaba la energía hidráulica de varias presas construidas para este fin, y comenzaron a utilizarse perforadoras más potentes, que llevaron la producción a nuevos picos, aunque ya lejos de los años de mayor bonanza.

Los beneficios obtenidos con la minería contrastaban con las condiciones miserables de trabajo de los mineros. Las jornadas eran generalmente de doce horas, con salarios de pobreza que apenas daban para alimentar precariamente a una familia, trabajando en profundas galerías sin ventilación donde las temperaturas superaban a veces los 40 grados. La avaricia de los dueños llevaba incluso a contratar a niños, y los accidentes mortales estaban a la orden del día. En 1864 llegaron a morir doce personas por una explosión en la mina La Perla. Los hundimientos o las inundaciones de las galerías eran algo habitual, y la dureza de la profesión causaba problemas de convivencia agravados por el alcoholismo. Los mineros trataron de organizarse para reclamar condiciones de vida más dignas, chocando con violencia en varias ocasiones contra los dueños y las autoridades, insensibles ante la miseria de los trabajadores. Sin duda, la de Hiendelaencina era una enorme riqueza que quedaba en manos de unos pocos, a costa de la vida de muchos.

En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, tras la cual acabaría llegando el declive definitivo. La minería dependía del capital extranjero, y con las potencias europeas enfrascadas en el conflicto, los fondos necesarios para mantener la producción dejaron de llegar. Así, y a pesar de algunos intentos para reflotarlas, en los años veinte del siglo pasado la producción ya casi era testimonial. Finalmente, y tras unos breves años de aprovechamiento de las escombreras en los 80, las minas cerraron definitivamente, dejando un paisaje evocador de edificios abandonados en plena naturaleza, que todavía resisten el paso del tiempo con orgullo. Algunas fuentes hablan de que la población de Hiendelaencina llegó a 10.000 habitantes en su época de mayor auge, aunque quizá el número sea algo exagerado, porque la mayoría de los documentos indican cifras cercanas a 5.000. En cualquier caso, el modesto municipio serrano llegó a ser, durante estas décadas, uno de los motores económicos de la provincia, y un ejemplo de desarrollo efímero, que nunca regresó.

 

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