Tauromaquia

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Juan Ortega y… “Basurilla” 153, el toro de San Lucas

 

Y la faena se firmó con un pinchazo en la yema y una estocada en los rubios. Doy fe.

De los tetramorfos que se asignan a los cuatro Evangelistas, a Lucas se le reconoce por El Toro, símbolo del sacrificio por el cual se puede llegar a alcanzar el triunfo… y en Jaén, en su feria de San Lucas, del año de la pandemia, se celebró su ferial taurino que siempre fue el último de la temporada taurina…

Y así pudimos ver los aficionados, cómo el permanente sacrificio de una vida dedicada al toreo como es la de Juan Ortega, gracias al mismo, alcanzó el triunfo más clarificador para los aficionados, jamás visto en décadas. Fue la consagración de LA TAUROMAQUIA.

Cuentan que una vez a Juan Belmonte, un torero en vísperas de su presentación en Madrid, le comentó que deseaba que le saliera un toro bravo para triunfar… y el trianero le comentó, mas o menos que… guárdate Dios de que te ocurra eso… pues miren ustedes por donde estamos en presencia de un torero, Juan Ortega, que necesita un toro bravo para triunfar. Un caso único en el escalafón actual y en muchos anteriores.

Esa fue la concatenación entre Basurilla 153 y un hombre de luces, Juan Ortega, por cuya sangre corre el señorío de las tierras molinesas y de la mesura segoviana; que se hizo carne en Sevilla, para habitar y triunfar entre nosotros… los aficionados; y, además, para marcar el camino a todo aquel que sienta los toros como lo que es: una religión.

Transcurría la tarde de semejante manera, entre reses con sus problemas y toreros con los suyos y no hubo acuerdo que pudiere considerarse digno, en puridad taurina, porque el esfuerzo por entenderse no se hizo con las mínimas garantías para que aquello saliera adelante. Porque el toreo en línea que pudre la tauromaquia actual, no puede dominar una embestida y menos si esta es casi o totalmente descompuesta.

En eso sí se lucieron Enrique Ponce y Curro Díaz porque la superficialidad de sus maneras conllevaron, implícitamente, el que los toros estuvieran algo por encima de ellos como balance general de sus labores. Especialmente en las del linarense y muy a pesar de su esfuerzo en el quinto que, para seguir la clásica tradición, fue de juego más que aceptable. La suerte suprema se tradujo, en los cinco primeros, en escenas de navajazos tabernarios dignas del juzgado de guardia. Sin dar el mitin, Juan Ortega tampoco se encontró a gusto con un toro tercero sin casta y a su bola.

Pero salió Basurilla 153 un cinqueño con pies metiendo la cara. Y a un recibo con algo de dudas, le siguió la confianza del debutante con una serie a la verónica que simplemente fue el poder ver TOREAR con el capote y con la ortodoxia de los clásicos y la personalidad de un elegido revestido de grana y oro. Los de Jaén, que de sabores saben lo que quieren, se extasiaron con el jugo de esa primera prensa surgida del capote de Juan Ortega.

No cumplió en el caballo el pronto animal y se pudo contemplar en el quite del sevillano lo que yo no dudo en calificar como realizado… por soleares. Unos lances de adorno o chicuelinas que, en su ejecución, el torero traslada al espectador una transfiguración de su cuerpo, con tal escuela en ese movimiento de danza, que más parece una gran bailaora de magna cadencia y sentida belleza. 

Nunca entendí a los escritores que, con una gran sensibilidad intuyen y con autoridad refieren, un cierto contenido de feminidad en lances y fases de La Tauromaquia… hasta que he visto a Juan Ortega bailar, con sus chicuelinas por soleares.

Tras un tercio emocionante de banderillas en el que el toro iba adonde se movía una pluma y que puso en apuros al peonaje, que lo salvó con gallardía y generosidad, se anunció el tercio de muerte para ver a un toro muy encastado y repetidor, frente a un torero que ya anunciaba a los cuatro vientos que el Toro de San Lucas era el suyo…

La serie de los lamentablemente olvidados ayudados por alto, llenos de poderío, mando y belleza, descongestionando al animal y atemperando su ímpetu, es digno de labrarse en piedra para los siglos. Pero el salirse de la suerte con ese sorpresivo y genial molinete con el embrujo y la gracia de un guiño y el adiós para un amigo… eso; eso, solo se queda en la mente, hasta que te mueras.

Ahí se entregó Basurilla 153; y desde ese momento se cinceló la más perfecta faena vista en muchos años a un TORO de LIDIA, que nunca mostró síntoma de agotamiento. Esos de los que Juan Belmonte no recomendaba encontrarse en el ruedo capitalino, pero que Juan Ortega hizo célebre para la historia de La Tauromaquia.

La faena resultó una lección magistral de como se hacen las cosas con el máximo respeto a los cánones inamovibles de esta expresión cultural. Ni un solo pase, cite, desplante, careció del medio pecho del artista hacia su enemigo; NI UNO. Se alcanzó la perfección en el temple, en el mando, en los remates, en el gusto… y, todos los que lo vieron, comprendieron que nada era comparable con lo que se pudo contemplar hasta ese momento. Y si alguno llegó a lograr asemejarlo, concluyó que, no solo lo vivido antes, sino lo que vivimos permanentemente en los asientos de las plazas es, comparado con lo realizado hoy en Jaén en su feria de San Lucas, por Juan Ortega en la temporada de la pandemia; es, solo… basurilla.

Y la faena se firmó con un pinchazo en la yema y una estocada en los rubios. Doy fe.  

Morante, Ortega y… el Sínodo Taurino de Córdoba