Un zángano en el palmeral

JUICIOS JUICIOS JUICIOS

Se atribuye al novelista, poeta, historiador y biógrafo escocés Walter Scott, la siguiente frase: La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno. Pues es en el infierno de los hombres, en el de cada uno y en el colectivo, cuando los seres humanos apuran el sinsentido vengador todos a una, donde residen las ansias, necesidades y demandas de lo que popularmente quieren llamar, en esos casos, “justicia” …

“Justicia”, esa venganza a la que me refiero, producida por anticipado, sin la observancia del detenido conocimiento de las leyes, sustentada en el parecer de partes interesadas que se sirven de su carisma para atraer a un gran número de partidarios quienes, en vez de razonar y hacer demostración de criterio, obran conforme a sus más ordinarios instintos y exigen, no la cabeza de nadie, pues no son tiempos estos dónde se admita la incorrección política, sino “justicia”. Justicia y sentencia antes de cualquier juicio, justicia, sentencia y condena, antes de cualquier juez profesional y antes de cualquier ley.

Hace unos días, durante la emisión de una tertulia política en la radio, dos prestigiosos periodistas valoraban el día antes de la sentencia que se haría pública al día siguiente, como acto final del juicio desarrollado para dilucidar si existían responsabilidades penales a las que tuvieran que responder los acusados por el caso Nóos. Uno de ellos concluyó con lo que le parecería iban a ser las dos posturas predominantes: “Yo ya sé que la Infanta es culpable y, por lo tanto, si la absuelven, será una injusticia… O, yo ya sé que la Infanta es inocente y, por lo tanto, si la condenan es… por ser hija de quien es…” … Y aconteció, desde entonces acá, más o menos cual se acaba de enunciar. Hechos interpretados conforme a los intereses de cada vocero, de cada campeón, de cada “sacerdote” e interminables réplicas originadas en el borrego proceder de sus partidarios respectivos.

Prefieren los dignos y los indignos, por tanto, delegar en sus “pastores” y repetir la consigna. Celebran juicios como aplauden goles o comentan cosas de casa ajena. Eluden el criterio a la hora de recibir cualquier información y perseveran en el cacareo como aves de corral. Antes muertos que conscientes de lo que se dice. Y de lo que se hace. No vaya a ser que la plaza pública se quede desierta porque carezca la guillotina, la soga de la horca o el garrote vil de carne a la que finiquitar para regocijo de los aficionados al espectáculo.

 

 

 

 


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