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En 2016 tiene lugar el centenario del fallecimiento de María Diega Desmaissières y Sevillano, más conocida como la condesa de la Vega del Pozo, una de las personas que mayor huella han dejado en la ciudad de Guadalajara, tanto por haber costeado un legado arquitectónico de gran originalidad que aún perdura, como por la labor social que llevó a cabo a lo largo de su vida, con la que tanto ayudó a cientos de arriacenses en una época de grandes dificultades económicas para la ciudad y para todo el país. Sirvan estas líneas para contribuir a que se conozca un poco más la vida de esta aristócrata, aprovechando la ocasión que nos brinda este centenario que está pasando con menos ruido del que debería por la ciudad.

 

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Interior del Panteón de la Condesa de la Vega del Pozo

SUS ORÍGENES: UNA DE LAS FAMILIAS MÁS RICAS DE ESPAÑA

María Diega nació en Madrid en 1852, en el seno de una de las familias más acaudaladas del país. Su abuelo paterno fue Miguel Desmaissiéres, hijo de un militar de Burdeos dueño de una considerable riqueza gracias a los extensos viñedos que poseía en Francia, quien casó con Bernarda López de Dicastillo. Bernarda pertenecía a una de las principales ramas nobiliarias de Navarra, y a su vez tenía intereses en Guadalajara. De la descendencia de los abuelos paternos de María Diega debemos destacar dos personas: Diego de Desmaissières y su hermana María Micaela, padre y tía respectivamente de la futura condesa.

Nos interesa especialmente la figura de su padre, Diego Desmaissières, porque es la que explica la vinculación de María Diega con Guadalajara. Provenía de una de las familias más poderosas de Guadalajara en el siglo XVIII, los López de Dicastillo, quienes llevaban varias generaciones ostentando cargos municipales de prestigio y manteniendo su residencia en la capital alcarreña. Debido a la ascendencia de la familia sobre la población de la ciudad, Diego Desmaissières decidió, tras la muerte de su padre en 1822, trasladarse al palacio que éste tenía en Guadalajara, donde residió siempre que sus obligaciones se lo permitieron, hasta su temprano fallecimiento en 1855. 

La figura de Diego de Desmaissières es la de un político y miliar de éxito, que nos sirve para ilustrar el prestigio familiar que heredó María Diega, pues consiguió alcanzar la dignidad de marqués de los Llanos de Alguazas y la de conde de la Vega del Pozo, así como la de caballero de la orden de Calatrava, la Gran Cruz de Isabel la Católica, el rango de Caballero Maestrante de los Reales Alcázares de Sevilla, y la condición de Gentilhombre de Cámara de Carlos Luis de Borbón-Parma. Casó en Guadalajara con María de las Nieves Sevillano Sevillano, de cuya unión nacieron dos hijas: María de las Nieves, que murió apenas con 3 años de edad, y María Diega, que pasó así a ser la única heredera de tan vasta riqueza.

María Diega y su madre residieron en el palacio alcarreño de la familia tras el fallecimiento de Diego Desmaissières. La temprana muerte de su padre, cuando María Diega solo contaba con tres años de edad,  hizo que creciera muy vinculada a su tía, Micaela Desmaissières, religiosa que llegó a ser elevada a los altares como Santa María Micaela en 1889, a la que ayudó en su obra social. Micaela, vizcondesa de Jorbalán, nacida en 1809, dedicó su vida a acabar con las lacras que asolaban la sociedad, fundando en 1845 un colegio para redimir a prostitutas en Madrid, y decidiendo a abandonar los ambientes cortesanos en los que se movía para comenzar a vivir con las mujeres que acogía en su colegio. En 1856, al comprobar que su proyecto se había consolidado y crecido, da un paso más y funda la congregación de Adoratrices, que desde 1861 contó con la aprobación del Papa, y que fue expandiéndose por Valencia, Barcelona, Burgos, Madrid, Santander y Guadalajara. Micaela falleció en 1865 víctima de una epidemia de cólera contra la que intentó luchar en Valencia, pero su legado trascendió su muerte, y su sobrina María Diega continuó con su ejemplo, finalizando en 1915 las obras del colegio de Adoratrices de Guadalajara.

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 Una de las naves del Colegio Adoratrices en Guadalajara.

UNA VIDA DEDICADA AL PATRONAZGO DE LA BENEFICENCIA

Entre los planes de la duquesa no estaba el formar una familia que continuara con su linaje. Al contrario, influida por la bondad y religiosidad de su tía, decidió permanecer soltera y dedicar su fortuna a ayudar a los más pobres, lo que se materializó en la construcción de un gran complejo en Guadalajara encargado a Ricardo Velázquez Bosco, que estaría formado por una escuela y un asilo dedicados a los necesitados, una iglesia consagrada a su tía Santa María Micaela, y un panteón familiar. Todo ello sería erigido en una extensa finca que la familia tenía cerca de la ermita de San Roque, en las afueras de la ciudad. Estamos hablando, evidentemente, del colegio de Adoratrices, la iglesia de Santa María Micaela, y el magnífico panteón donde quiso que reposaran los restos suyos y de su familia. La construcción de este complejo dejó una huella importante en la ciudad, no solo por la monumentalidad del mismo, sino también porque sirvió para dar trabajo durante muchos años a una gran cantidad de personas que vivían en la pobreza y que estaban en riesgo de caer en la indigencia.

María Diega fue una mujer viajera, pero en su ánimo siempre estuvo poder retirarse en Guadalajara, y para ello puso en marcha una serie de reformas de gran calado en el antiguo palacio de su familia, un edificio de estilo renacentista alcarreño que databa del siglo XVI. Realizó el encargo, al igual que en el complejo de Adoratrices, a Ricardo Velázquez Bosco, quien creó un magnífico conjunto que unía el palacio, la cercana ermita de San Sebastián y unos jardines. El resultado sería, en lo simbólico, una suerte de nuevo palacio del Infantado, pues servía para mostrar el poderío de la principal familia de la ciudad, como habían hecho anteriormente los Mendoza, a los que la familia de María Diega había en cierto modo reemplazado como referente local después de la marcha de éstos a Madrid. El palacio se reformó con la tecnología más avanzada de la época: luz eléctrica, garaje, timbres, ascensores y teléfono. El resultado de esta actuación, tras haber sufrido las necesarias reformas para adaptarlo a su función docente, es el edificio que alberga al actual colegio Maristas.

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El actual colegio Maristas fue el Palacio de la Condesa de la Vega del Pozo.

Las obras del palacio llevaron varios años, durante los cuales la condesa vivió en Madrid. El ayuntamiento de Guadalajara no se resignó a que la aristócrata estuviera fuera de la ciudad durante ese periodo, y llegó a enviar una comitiva a la capital de España para solicitarle su presencia en la Alcarria, pues no hay que olvidar que una persona de tanto poder adquisitivo empleaba abundante personal a su servicio, lo que generaban unos muy necesarios puestos de trabajo en la capital arriacense. Ella, sin embargo, respondió a la comitiva que mientras su palacio estuviera en obras no disponía de un lugar donde vivir, a lo que los miembros de la comisión respondieron, no sin cierta zalamería, que ella tendría siempre un lugar para habitar en los corazones de los vecinos de la ciudad. A esto la condesa contestó, posiblemente en alusión a su amplia figura, que en ese lugar ella se encontraría algo estrecha, y que prefería esperar. El ayuntamiento tuvo por tanto que resignarse a esperar para ver a la condesa en Guadalajara, hecho que nunca se produjo debido a la repentina muerte de ésta.

Además del complejo de Adoratrices y de su palacio, María Diega patrocinó otra obra de singular importancia en Guadalajara, como es el poblado de Villaflores, también diseñado por Ricardo Velázquez Bosco, y cuya función era servir de colonia agrícola para los trabajadores de la enorme finca que la familia tenía en lo alto del Sotillo. El conjunto, actualmente en vergonzoso estado de ruina, pasará pronto a ser, si nadie lo remedia, otro elemento más en la extensa lista de nuestro patrimonio desaparecido.

La administración de sus propiedades, las obras de patronazgo y la beneficencia ocuparon, como hemos visto, la mayor parte de su tiempo, y le permitieron alejarse de los ambientes cortesanos de Madrid, en los que nunca se sintió a gusto. Las construcciones que mandó erigir en Guadalajara generaron muchos puestos de trabajo, paliando la precaria situación económica de la ciudad. Fue, además, una precursora de los derechos laborales, pues entre otras cosas tenía la costumbre de pagar a los obreros también en domingo y festivos, o cuando caían enfermos, contra la práctica existente en España en aquel momento de remunerar a los trabajadores solo por las horas efectivamente trabajadas. En ese sentido, es muy interesante comprobar como la aristócrata contaba con la simpatía de los sindicatos en una época conocida por los frecuentes estallidos de violencia asociados a las malas condiciones de vida de la clase obrera. Por todo ello, en 1888 fue nombrada por el ayuntamiento Hija Adoptiva de Guadalajara. 

De su figura abundan los rumores, según refleja la prensa local de la época. Se decía que tenía la costumbre de mandar derribar muros ya construidos, para que siempre hubiera trabajo para sus obreros. También se comenta su superstición respecto a las obras del panteón familiar, que tras treinta años seguía sin estar finalizado, pues pensaba que al completarse su construcción ella moriría. Su miedo a la muerte se refleja claramente en otra anécdota, cuando el ayuntamiento de Guadalajara le explicó su proyecto de unir, en una gran avenida, su palacio con el panteón, algo a lo que la condesa se negó diciendo “desistan ustedes de esa idea, cuanto más se tarde en llegar desde mi palacio al panteón, muchísimo mejor”.

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Poblado de Villaflores, de la colonia agrícola que también impulsó la Duquesa del Sevillano.

 

LA NOTICIA DE SU FALLECIMIENTO Y LA REACCIÓN DE LA CIUDAD

Considerada en Guadalajara como una protectora de los pobres, la noticia de su repentino fallecimiento en Burdeos en 1916 fue un duro golpe para la ciudad que nadie se esperaba, pues se desconocía que sufriera alguna enfermedad de relevancia.

Guadalajara se apresuró a rendir homenaje a la altura de esta mujer, de la que el periódico Flores y Abejas destacó en su obituario “lo mucho que se preocupó para que a las clases trabajadoras no les faltase nunca el trabajo. Merced a ella puede decirse que no existía crisis obrera en esta población, donde era conocida con el sobrenombre de madre de los pobres”.

El traslado de su cuerpo al panteón fue uno de los acontecimientos más importantes para la ciudad en aquellos años. Su cuerpo llegó en tren desde Madrid a la estación de Guadalajara, donde se formó un cortejo que lo acompañó hasta el panteón. Abría la comitiva la Guardia Civil, tras la cual marchaba una gran cruz, inmediatamente seguida por el coche fúnebre tirado por ocho caballos, asistido por cuatro palafreneros con pelucas blancas, y rodeado por niños de la beneficencia y cien servidores de su casa, con velas encendidas. Tas ellos, seguía una carroza que representaba la Paz y la Caridad, con coronas florales, y representantes de varias corporaciones con uniforme de gala, con la banda provincial inmediatamente detrás. Cerrando el cortejo fúnebre caminaban todas las autoridades provinciales, organizaciones profesionales, religiosas y sindicatos, así como el expresidente Antonio Maura, que se desplazó desde Madrid para rendirle homenaje. A lo largo del camino entre la estación y el panteón asistió toda la población de Guadalajara y pueblos cercanos, en señal de respeto y agradecimiento a la condesa que tanto había hecho por la ciudad. La comitiva era tan numerosa que, cuando el féretro se aproximaba al Infantado, todavía pasaba gente por el puente del Henares. Toda la ciudad guardó un respetuoso luto, y los comercios locales decidieron cerrar durante dos días en señal de duelo.

La muerte de la condesa fue un golpe muy duro para la ciudad, no solo por la pérdida de una mujer dedicada a ayudar a los más necesitados, sino también porque nadie continuó su obra, pues al fallecer sin herederos directos, sus bienes fueron repartidos entre familiares lejanos. Sus propiedades de Guadalajara cayeron en poder de los marqueses de Casa Valdés, quienes se limitaron a mantenerlas sin mostrar interés por la ciudad y sus vecinos.