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Hace muchos años un amigo me pidió que escribiera algo sobre la escuela rural. Me pareció buena idea recordar sus problemas que no son más que un reflejo de los problemas de los pueblos. Y acepté. Pasaron unos meses, volví a encontrarme con mi amigo que me recordó mi compromiso. Con toda sinceridad le dije que lo había intentado, pero todo me salía tan triste que había preferido no mandarle nada para no añadir más tristeza a la situación que vivía el mundo rural.

Eran años de juventud y de ilusiones, de esperanza en que algún día todo podría cambiar, la gente podría volver a los pueblos, abrir escuelas, centros de salud y servicios públicos, niños corriendo por las calles, trabajo para sus padres, comunicación… felicidad y alegría para todos…
Hoy veo en la tele que todavía permanecen vivas esas esperanzas. Todavía hay gente en los pueblos, alcaldes, que inventan cosas para atraer gente (hasta humo de colores por las chimeneas). Digno de elogio y aplauso. Pero no es mi caso. Superadas ya la juventud, las ilusiones y la esperanza, mi relato sigue siendo triste, porque está impregnado de la tristeza que se respira en el campo, pero esa tristeza ya no me impide escribir para expresar rebeldía y  reivindicación.

El abandono, la despoblación, la dureza de la vida en los pueblos no es una maldición o predestinación. Es fruto de un cúmulo de decisiones, tomadas a lo largo de siglos, que han favorecido la vida en las ciudades frente a los pueblos y han obligado a sus gentes a la emigración, pero no para mejorar su calidad de vida, sino como única forma de supervivencia.

Con el paso del tiempo nuevas decisiones ha ido aumentando las diferencias entre campo y ciudad hasta conseguir que hoy haya serias dificultades para una vida de calidad en ambos medios y pueden ser la puntilla para cientos de pueblos: una política (democratitis) basada en la búsqueda del voto cada cuatro años, enfoca sus objetivos hacia las zonas más pobladas. La economía todo lo traduce a una rentabilidad inmediata difícil de encontrar en el medio rural. El individualismo que ignora los problemas de los demás conduce a los urbanitas a la reivindicación de mejora de lo cercano y el consiguiente olvido del campo y a los “ruralitas” a la imposibilidad de aunar fuerzas para una defensa común de problemas comunes.

La culpa de todo, la política. Es lo más recurrente y, además, es real. A veces se nos presenta nuestro sistema democrático como favorecedor del medio rural: vale más un voto en el campo que en la ciudad, porque la distribución territorial de los representantes hace que un diputado de una capital necesite muchos más votos que uno de provincias. Pero esto esconde una trampa tramposa. Porque esa “ventaja” llega solamente hasta el día de las votaciones. Después, el abandono más absoluto. Esos diputados (a veces paracaidistas) apenas aparecerán por los pueblos (algunos ni los conocen) hasta las próximas elecciones y, en su trabajo diario, pintan tan poco y se deben con tal fuerza a la disciplina de su grupo parlamentario que no sólo no llevarán las reivindicaciones de sus electores sino que, en ocasiones, votarán cosas que les perjudiquen.

Pero, aun siendo importante, no es sólo un problema político. La brecha geográfica entre campo y ciudad ha creado dos culturas distintas, cada vez más diferentes, que dificultan aún más la salvación rural.

Los habitantes de la ciudad, en su mayoría, la defienden a ultranza. Unos por convencimiento (siempre ha habido urbanitas), otros porque se han ido acostumbrando, otros por necesidad…

Defienden, en realidad ambos mundos, pero desde su punto de vista: quieren una ciudad cada vez más cómoda, con más servicios y mayor calidad de vida; no obstante, se acuerdan del pueblo para las fiestas, la caza o la pesca, las setas… o simplemente para respirar cuando se ahogan en sus humos.

Hablamos idiomas distintos porque tenemos mentalidades distintas. Donde unos vemos los pueblos como lugares para vivir, otros ven lugares para visitar. Viajes esporádicos, visita a la familia, gastronomía, fiestas, recuerdos de infancia y juventud…

Donde unos queremos ver futuro, otros sólo ven pasado. Les gusta las cosas permanezcan tal y como eran o como ellos las recuerdan. Mientras su reloj urbano avanza, su reloj rural está parado en el momento de su emigración. Rechazan y, a veces combaten, las novedades porque no forman parte de sus recuerdos. Otras veces observan costumbres y tradiciones a través de sus “gafas urbanitas” y ven aburrimiento, salvajismo o “paletería” en lo que, en otro tiempo, fue su vida. Ven exotismo en lo que fueron sus raíces.

Desde los pueblos nos esforzamos por atraer a la gente. Motivos económicos, sociales y de supervivencia. El turismo rural es un esfuerzo por hacer atractiva la vida en el pueblo, aunque sólo sea un fin de semana. La recuperación de las tradiciones no es, a veces, más que rentabilizar la única riqueza, el pasado; una representación tragicómica de unas costumbres perdidas que los urbanitas tienen grabadas en su mente como recuerdos infantiles y rememoran felizmente en sus visitas fugaces. Esfuerzos más dirigidos a rentabilizar los pueblos que a dignificarlos.

Reivindico la vida rural como un modo de vida digno, sostenible, sano, ecológico, de calidad. No confío en que los políticos nos ayuden a conseguirlo. Tampoco hay varitas mágicas ni héroes foráneos que nos saquen del abandono, la despoblación y el olvido. Dependemos de nosotros. Los que estamos debemos abandonar el individualismo y las rivalidades paletas entres vecinos y pueblos, ponernos de acuerdo, colaborar, convivir para hacer más fácil nuestra vida y más atractivo nuestro medio para que unos no se vayan y otros puedan regresar.
Los que se fueron deben implicarse. Venir cada vez con más frecuencia, empadronarse, participar, animar, respetar, aportar… integrarse a todos los efectos para cambiar al ritmo de las necesidades.

Si queremos que esto tenga una salida democrática sólo será posible siendo muchos y nos ponemos de acuerdo. De lo contrario, continuará la agonía.