Pie a tierra

La fiesta nacional

Un año más la celebración del Toro de la Vega de Tordesillas ha abierto el debate taurino. Mal llamado debate, porque a las palabras fuera de tono ya se añaden pedradas y quién sabe si no terminarán a lanzazos. Es una muestra más de que en nuestro país ha muerto el debate y desde el Gobierno hasta el último ciudadano se entiende el debate como imposición de ideas a los demás, aunque sea a la fuerza.

 

“No es cultura, es tortura” manifiestan airados los antitaurinos más radicales. Y puede que lleven razón… o no, que diría Rajoy. Desde luego no es una cultura general de todos los pueblos y todas las gentes de España. Es evidente que, dependiendo de donde y cuando hayamos nacido, partimos de realidades distintas, hemos seguido caminos distintos y, por lo tanto, hemos llegado a situaciones diferentes.

Entiendo que haya mucha gente que diga que para ellos los toros no significan nada. No forman parte de su cultura. Lo entiendo, pero no es mi caso. Para mí no sólo forman parte de mi cultura, sino que una parte muy importante de mi vida, de lo que soy, está ligada a los toros.

“Mi infancia son recuerdos“ de asistir a los toros de la mano de mi padre, con mi garrota cortada a la medida, mi pañuelo rojo recién planchado por mi madre, con mis primos, tíos y demás familiares, con toda la gente de mi pueblo viviendo y disfrutando juntos de aquellos festejos. Recuerdos de mis juegos en calles y plazas, en el patio del colegio, especialmente cuando se acercaban las fiestas y empezaban a cercar la plaza.

Llegó mi adolescencia y con ella las primeras escapadas para correr el encierro, los piques con los amigos sobre quien corría más y mejor, el orgullo de que esa chica te dijera que te había visto correr, las primeras conversaciones con los mayores sobre la bravura del novillo…

Y la juventud, consagrando ya mi afición como algo muy importante que influía en la elección de mis amigos, en mis conversaciones, en mis lecturas, en mis aficiones, en mis preferencias, en mis sueños… en mi convencimiento de pertenecer a un colectivo, a una sociedad, a una cultura, en la que los toros eran parte importante . La adrenalina generada en la carrera ante los toros, la superación año a año, los comentarios posteriores, los deseos de que llegase pronto la próxima fiesta o la del pueblo de al lado, forman parte de la banda sonora de mi vida.

Ahora participo cada año en decenas de encierros y festejos; lo hago, como miles de personas, de forma civilizada y, por lo tanto, ni entiendo ni acepto que se me considere como una especie de cavernícola sin sentimientos.

Comprendo que la gente que no ha vivido esto vea los toros de forma distinta; comprendo que no formen parte de su cultura, pero me gustaría que comprendiesen que sí forman parte de la mía.

Y comprendo también que les parezca algo “salvaje” yno entiendan que podamos disfrutar con ello. Intentaré explicarlo volviendo a los orígenes. Es una tradición que viene de tiempos salvajes que muchos hemos vivido en amplias zonas de este país. Esos tiempos, en los que los maridos pegaban a las mujeres, los padres a los hijos y la guardia civil a todos. Esos tiempos en los que la brutalidad del día a día no permitía fijarse en el maltrato animal. Esa época en la que los animales no eran mascotas: o eran útiles y se les trataba como a uno de la familia, o eran competidores y no se les tenía ninguna consideración o eran alimento criado para morir.

Los padres enseñaban a cazar a los hijos, les hacían tirachinas para que mataran los pájaros que se comían el grano, a algunos les compraban escopetillas de perdigones para aumentar su efectividad. Los jóvenes enseñaban a los niños a coger nidos o a maltratar perros y gatos por calles y corrales, como una de las pocas diversiones que se podían permitir. Cuando la perra o la gata que vivían en casa tenían un parto múltiple, se le “quitaban” tres o cuatro cachorros para que criase mejor a los otros. Quitárselos significaba meterlos en un saco y deshacerse de ellos, matarlos, tarea que casi siempre se encomendaba a los niños. Tiempos salvajes (y cercanos) en los que esto parecía normal y, por lo tanto, es natural que la gente no sintiese ninguna piedad por el toro del encierro, que llevaba una vida y una muerte incluso más digna que la de los otros animales.

Afortunadamente la vida ha cambiado mucho; también en este sentido. Hay mucha gente que, bien por haber nacido en ciudades, o en otras comunidades, o por ser más jóvenes, esto lo ven como algo de otro planeta y quizá no se paran a pensar en el porqué y el cómo se ha llegado hasta aquí: hay todavía mucha gente vivió esos tiempos salvajes y eso marca. Creo que todos tenemos que hacer un esfuerzo de empatía para comprendernos mejor y entender por qué hay gente que ve las cosas de otra manera. Hemos recibido distinta educación y esto nos ha hecho diferentes; no mejores ni peores, sino diferentes.

También ha cambiado la fiesta de los toros. Quizá desde fuera no se aprecie, pero poco tienen que ver los encierros y capeas de aquella época con los de ahora. También hay que valorar el esfuerzo que se está haciendo para cambiarlo. Y que debe continuar. Los taurinos tenemos que concienciarnos de que según está ahora la fiesta de los toros es incompatible con el rumbo que lleva el mundo que nos rodea. Y somos nosotros, los aficionados, los que debemos continuar reformando esta fiesta y adaptándola a nuestro tiempo; porque todo ha cambiado y todo seguirá cambiando.

Respetar al animal, evitar al máximo su sufrimiento, potenciar los aspectos más positivos,  bellos o divertidos de esta fiesta es algo por lo que debemos preocuparnos seriamente. Cuanto más nos guste, más.

Los que lo ven de otra forma deben comprender que los cambios culturales o cambios de mentalidad son lentos y que se ralentizan más cuando reciben injerencias externas, sobre todo si son radicales. La prohibición, la violencia, la provocación, la intolerancia no hacen más que complicar las cosas. Es un error pensar que acosando a los participantes se puede acabar con los espectáculos taurinos. Es posible que genere el efecto contrario.

Tampoco creo que la fiesta de los toros sea la fiesta NACIONAL, como pretenden algunos… Quizá este concepto no exista ya en España. Quizá no pueda haber una fiesta nacional. Quizá no haya nada que sea nacional y, si alguna vez lo hubo, puede que fuese impuesto.

Pienso en el flamenco, en las Fallas, en la Tomatina, en los Sanfernines, en los Moros y cristianos… no creo que ninguna de estas manifestaciones culturales pueda recibir el calificativo de fiesta nacional. Menos aún en un tiempo en el que hemos pasado de valorar la diversidad como una riqueza a airear las diferencias como un distintivo de lo nuestro que exhibimos con orgullo para diferenciarnos de los demás.

Se equivocan los que pretenden que los toros sean la fiesta nacional de toda España: la imposición produce rechazo. Como se equivocan los que los prohíben para diferenciarse del resto de España. Error por error. Error al cuadrado.

Multiplicando errores volveremos a los tiempos salvajes.

ESPIRALES
Siguenza (II)