Aviso Gorra

La generación del Príncipe

Es el momento de una nueva generación. Cuando oí pronunciar al Rey saliente estas palabras en esa comparecencia televisiva de abdicación y despedida, que convirtió un lunes anodino en día histórico, un resorte se removió en mi materia gris en ese espasmo automático que tiene todo ser humano de ser sujeto, verbo y predicado.

 

La nueva generación era y es uno de cuarenta y tantos, ergo la nueva generación soy yo, aunque nunca haya sido princesa.

Me venía diciendo mi reloj biológico que yo ya estoy cerca de la menopausia, mi historial laboral que ya puedo ir pensando en mi jubilación sin paga, y la música que pone mi hijo a todo trapo, que estoy fuera de onda. Y sin embargo el Rey, ese Rey que siempre acompañó los turrones de mi infancia, que identificamos como héroe del 23F y que se nos hizo abuelo cazando elefantes y rompiéndose caderas, ahora me invitaba a saltar del banquillo, quién lo iba a decir.

Para los que cambiamos el gris del franquismo por el verde de la Casa de la Pradera, la Transición no fue sino tener la UHF en el televisor, y empezar a leer a Machado en la EGB, bailar el bimbó, y beber mirinda, que el resto nos lo han contado, que para eso somos la generación del cuentamé desde la visión de Carlitos Alcántara. Por cierto que en la serie, la ficción se inicia en el 68, curiosamente en ese año del nacimiento del principito.

Y así nos contó Arias Navarro en el telediario que Franco había muerto, y nos cayó un golpe de estado en la edad del pavo, igual que aprendimos a tararear sin ira libertad, sin saber exactamente el significado de ninguno de los dos vocablos, como tampoco sabíamos que significaba ETA, más allá de muerte.

Y el príncipe se nos hacía mayor de edad, cuando España se nos hacía europea y nosotros nos convertíamos en universitarios o mecanógrafos que era lo que se llevaba, pero otros eran los protagonistas de la historia, esos que tenían la edad de nuestros padres, porque para entonces, un viejo, era uno de cuarenta.

Cuando nos quitaron la máquina de escribir y nos trajeron la movida, nos empezamos a creer que éramos el relevo generacional, y que teníamos que calentar por la banda, convencidos que más pronto que tarde nos tocaba pisar el terreno de juego. Pero lo único que de verdad relevaron fue la peseta por el euro, y con ello perdimos la dimensión de cuánto habíamos hipotecado nuestros sueños, esos en los que ya nos habíamos casado y traíamos hijos al mundo.

Nos llegó de sopetón la crisis, nuestra crisis, esta que nos jubila prematuramente entre ERES y cierres y nos deja empeñados hasta las cejas, porque somos esa clase media, no solo económica, sino de edad, que paga y no cobra, esta crisis que nos hace vernos heridos en nuestra dignidad como personas, y esto último no lo digo yo, que lo dijo el nuevo Rey en su discurso de proclamación.

También dijo que afrontaba su tarea con energía, “con ilusión y con el espíritu abierto y renovador que inspira a los hombres y mujeres de mi generación”, pero mucho me temo que la mayor parte de los hombres y mujeres de su generación, que somos esos que creíamos en príncipes y princesas, y otros cuentos, hemos perdido la ilusión antes que el pelo.

Somos sí, una generación madura, que como dice Sabina, a los cuarenta y pocos tacos, ya ves tú, nos hemos divorciado de la utopía. Una generación nueva, cuando lo que toca ahora es renovar, a la que se nos pasó el reo.

Zoom femenino
De esos días en los que soy feliz todos los años