Aviso Gorra

La marca Quijote

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Mucho se está hablando estos días del enfado, algunos dicen que generalizado y otros que hasta con furor de redes, con el cartel que da la bienvenida al turista a la entrada de la provincia de Guadalajara, puesto por el Gobierno de Castilla-La Mancha.

Aunque sea llevar la contraria a esa generalidad y que me caiga la del pulpo, yo, que no me siento para nada manchega, que me ofendo cuando me quintan mi gentilicio castellano y que me harto de decir que Guadalajara no es la Mancha, tengo que decir que defiendo la marca Quijote, como identidad visual y de concepto de turismo incluso para mi tierra.

Me explico. Hagan ustedes un sencillo ejercicio. Busquen Quijote en Google y verán como obtienen 15 millones de resultados, pongan el Quijote de la Mancha, y la cuestión se reducirá a 456.000 resultados. Esto confirma mi primer argumento, si es que a estas alturas había que demostrarlo, que el Quijote es una marca que va más allá del territorio o lugar al que lo circunscribía el genial de Cervantes en sus correrías, y que al igual que la novela es universal, la marca también lo es, incluso prescindiendo de la Mancha en su denominación.

Los objetivos para la creación de marca comienzan por identificar el producto y ninguna Comunidad Autónoma tiene la suerte de poder identificarse con una marca tan universal, como Castilla-La Mancha lo puede hacer con el Quijote. Y es más probable que un japonés acabe en Guadalajara buscando la tierra del Quijote, que lo haga buscando la España de sol y playa.

El Quijote es además una marca clara, sencilla y diferenciada, conceptos que se le exigen a una marca, para conseguir precisamente eso, que la marca fije la imagen del producto en la mente del comprador, en este caso el turista. Y una marca que le ha funcionado a Castilla-La Mancha, antes y después de aquella mano de colores, que evidentemente tampoco vendía identidad de Guadalajara. La perseverancia y continuidad también dan valor a la marca.

Y si el Quijote es capaz de superar a La Mancha y como proposición de valor es una buena marca, que además le va al pelo al turismo porque es capaz de vender aventura, cultura, patrimonio y hasta gastronomía, en un solo concepto, que evidentemente es mucho más que un molino de viento, mucho más que La Mancha, creo que va siendo hora de asumir que el valor de la marca Quijote supera la identidad territorial y que ni excluye, ni anula a Guadalajara, en su su propia identidad.

Siento que perfectamente podemos ser la tierra del Quijote, sin Mancha, y sin que el hidalgo cabalgara por la parameras molinesas; sabiendo además que en la excelsa novela, solo se nombra de Guadalajara a un cura de Sigüenza. Y hacerlo con la misma naturalidad que combinamos nuestra miel de La Alcarria con el queso manchego, porque casa bien, y porque ninguno de los alimentos pierde el gentilicio al ponerlos uno al lado de otro.

Y todo esto sin renunciar a que no nos llamen manchegos, que no lo somos.

Por eso, admito Quijote como animal de compañía, pero no quiero una ruta del Quijote por el Barranco del Río Dulce, porque en la Hoz de Pelegrina, no hay molinos de viento, sino buitres al viento, ni ventas encaladas, sino castillos (o lo que queda de ellos). Ni quiero ver monolitos como molinos de viento en las carreteras provinciales, para indicar nuestras bondades y recursos turísticos.

Vale un cartel de bienvenida con la marca Quijote, que por cierto va debajo de Castilla-La Mancha, y no junto al nombre de la provincia, como me vale que solo el Palacio del Infantado, que es lo más próximo, identifique esta bienvenida. Es un cartel, para ver de pasada en coche y mejor es ver algo que nada. Porque si ponemos el mapa de Guadalajara, ¿por qué no poner las cuatro comarcas, o cinco si dividimos La Alcarria en Alta y Baja? o mejor aún, la delimitación y nombre de los 388 pueblos, para que ninguno se de por ofendido. Y si queremos colocar monumentos, por qué no también una imagen del cabrito, otra del río Tajo, una más de una botarga, alguna también del Cid, un parapente y hasta el pico Ocejón.

Sencillamente porque todo eso no cabe en una marca, de manera específica, ni en un cartel, si lo que pretendemos es una comunicación visual.

De igual manera que Guadalajara lleva todo un año vendiéndose a nivel turístico con el Viaje a la Alcarria, sin que nadie de Jadraque, Sigüenza, Atienza o Molina se haya rasgado las vestiduras por ello, pensando que si llegan hasta Torija ya están más cerca de ellos, el Quijote es esa marca de enganche que no debería excluir las singularidades y los potenciales turísticos de nuestra tierra, aunque esto último, ya no tengo tan claro que lo hagan bien quienes imponen y promocionan, no ya la marca, sino el turismo, con el dinero público.

Tampoco he visto nunca a nadie protestar porque a uno de Jadraque se le diga alcarreño, que tampoco lo es, o porque Guadalajara se venda con la Ruta del Cid, cuando el campeador apenas pasó por una docena de pueblos de nuestra provincia y sin embargo esta imagen turística nos liga a tierras mucho más lejanas y dispares como las levantinas.

Hace años triunfó el eslogan turístico de Laura Domínguez, que decía que Guadalajara no solo está en Jalisco, porque además de genial, era necesario aclararlo, y está claro que hoy todavía debemos seguir insistiendo en que Guadalajara no solo está en Jalisco, sino que tampoco está en La Mancha, porque el gentilicio nos lo adjudican demasiado a menudo medios nacionales y agencias (por cierto más de una vez reproducidos por medios locales sin reparo, incluso a nosotros nos ha pasado) y porque Castilla no es La Mancha.

Pero, aparte de decir lo que no somos, creo que deberíamos invertir mayor empeño todavía, en decir lo que somos, lo que tenemos y lo que podemos ofrecer al turista, algo que hace con mucho trabajo y gran acierto Senderismo Guada, la web que precisamente promocionó ese rediseño del cartel turístico de bienvenida a Guadalajara.

Pregonemos pues con orgullo que somos guadalajareños, al menos tantas veces como decimos que no somos manchegos y sigamos pregonando Guadalajara, hasta que sea una marca universal, para que nadie dude de lo que somos y dónde encontrarnos, aunque nos llamen Quijotes, que no manchegos, por creer en nuestra tierra.

Jueces, jueces, jueces
La España vacía