Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

La muralla de Guadalajara y la casona de los Solano

 

Restos de la muralla aparecidos tras el derribo de la casona delos Solano/Foto: Óscar de Marcos

El reciente derribo de la casona de los Solano, a la entrada de la calle Mayor desde la plaza de Santo Domingo, ha sido un golpe duro, uno más, para la esencia del casco antiguo de la ciudad. El abandono del edificio desde hacía años no hacía presagiar nada bueno, y todos nos temíamos que, a largo plazo, Guadalajara acabaría ganando un nuevo solar, o quizá otro edificio moderno construido sin tener en cuenta criterio histórico o artístico alguno.

Pero Guadalajara, la ciudad antigua llena de historia, se resiste a morir, y cada vez que alguien la agrede, intenta alzar la voz mostrándonos su pasado, con la esperanza de que la escuchemos. Ya sucedió en las obras del aparcamiento de la plaza Mayor, en el edificio de Las Cristinas o en el derribo del bar Soria. Si haces agujeros en una ciudad milenaria, y la nuestra lo es, encontrarás huellas de su pasado, te guste o no.

Y eso es precisamente lo que ha pasado con la casona de los Solano, donde parece que han aflorado restos de lo que podría ser la muralla medieval de la ciudad. En el fondo no es sorprendente, pues en ese lugar, precisamente, se encontraba la denominada puerta del Mercado, que daba acceso a Guadalajara desde el sur, y que presidía las ferias o mercados, dos al año, que el municipio organizaba gracias a un privilegio que le dio Alfonso X. Un negocio muy lucrativo para los arriacenses de la época. 

La muralla medieval de Guadalajara ha sido una de las grandes maltratadas de nuestro patrimonio, pues requería reparaciones continuas para su mantenimiento, y estorbaba a alcaldes nefastos, que no supieron entender lo que significaba el progreso, a la hora de ampliar la ciudad y adaptarla a los nuevos tiempos a principios del siglo XX. Debido a esta falta de visión, y de dinero, apenas conservamos de ella los torreones de Álvar Fáñez y del Alamín, así como la puerta de Bejanque. Pobres vestigios de lo que un día fue. 

No obstante, todavía podemos hacer un pequeño ejercicio teórico para saber cómo era esa muralla medieval. Basta echar un vistazo a un plano de la ciudad, donde veremos cómo el casco antiguo nos da excelentes pistas para conocer el perímetro de esta estructura defensiva.

Guadalajara se construyó sobre una loma elevada sobre el Henares, flanqueada por dos barrancos, el del Alamín y el de San Antonio, que hicieron las veces de foso natural de la muralla y que encorsetaban al municipio. Nuestro recorrido comienza en el alcázar, fortaleza en la que residía el poder militar de Guadalajara en la Edad Media. Allí, en la actual calle Madrid, había una puerta, llamada en principio de la Alcallería, pues así se denominaba antes al barrio de Cacharrerías, entre el alcázar y el puente del Henares. En algunos momentos del tiempo, esa puerta se llamó también de Bramante o, sencillamente, puerta de Madrid. Desde ese punto, la muralla se dirigía hacia el barranco de San Antonio, doblando luego hacia el sur siguiendo el arroyo, donde ahora hay un parque dominado por el torreón de Álvar Fáñez, que hacía las veces de puerta de acceso por esa zona. Por ahí dice la leyenda que entró el capitán castellano para conquistar la que era una de las joyas del reino musulmán de Toledo en 1085.

La puerta de Álvar Fáñez debía ser muy incómoda, por lo escarpado del terreno en esa zona, por lo que en el siglo XVI se decidió construir otra puerta nueva, la de San Antonio, un poco más arriba, quedando el torreón de Álvar Fáñez reducido a ermita del Cristo de Feria.

Desde ahí, la muralla subía el barranco cerca de las actuales cuesta del Matadero y travesía de Santo Domingo, hasta llegar, precisamente a esta popular plaza alcarreña, que en tiempos medievales era denominada, como hemos dicho, puerta del Mercado. La plaza quedaba extramuros de la ciudad, como una especie de recinto ferial, y el acceso acceso a Guadalajara estaría en la entrada de la calle Mayor, donde se construyó la casona de los Solano. La del Mercado debió ser una puerta monumental, quizá la principal de la ciudad junto con la de la Alcallería. Por eso allí mandó colocar Carlos V un enorme escudo con sus armas, que aún se conserva, tras vencer a los revolucionarios comuneros en 1521. Un recuerdo para los de Guadalajara de quién mandaba en Castilla.

Desde Santo Domingo la muralla bajaba hacia Bejanque, por la calle la Mina. Nombre suficientemente elocuente de lo que allí había, pues las minas eran galerías subterráneas cerca de las murallas construidas con finalidad defensiva. Bajando por esa calle la cerca llegaba a Bejanque, donde se construyó un enorme edificio que hacía las funciones de puerta en forma de codo y torre, del que solo se ha salvado el arco que podemos contemplar en la actualidad, gracias a que fue utilizado como muro de viviendas. Una vez en Bejanque, la muralla comenzaba a seguir el curso del barranco del Alamín, abriendo una nueva puerta detrás de Santa María, donde hoy están el torreón del Alamín y el puente de las Infantas. Desde ese punto, la estructura bajaba por el barranco hasta encontrarse de nuevo con el alcázar, cerrando así el perímetro.

Esta estructura defensiva quedaba completada con varias puertas secundarias, que se fueron abriendo para facilitar la vida cotidiana de los guadalajareños, así como con otra torre adicional, que se construyó sobre el puente del Henares, que formaba de esta forma la primera línea de protección contra los que atacasen desde el río. El aspecto del puente con sus almenas y su torre debió ser imponente en la Edad Media, pero todo fue destruido en la guerra de Sucesión, en el siglo XVIII, debido a que era una infraestructura clave para acceder a Madrid desde Aragón. El puente actual es el resultado de la reconstrucción posterior, y se adaptó a las necesidades de la época.

La muralla se diseñó como una robusta pared construida con mampostería de piedra caliza y ladrillos, y con sillares en las zonas principales. Los huecos entre las piedras se rellenaban con hormigón formado por cantos pequeños y por cal, que a tenor de los documentos medievales requerían de reparaciones continuas por su escasa resistencia a la erosión. En términos generales podemos hablar de una muralla que tenía una profundidad de entre dos y dos metros y medio, dependiendo de la zona y que posiblemente, sea lo que ha aparecido al derribar la casona de los Solano, recordándonos el pasado de ese lugar, y dándonos una oportunidad única de no volver a meter la pata con nuestro patrimonio.

Agosto
A ver cómo, ahora, salimos de esto…