Un zángano en el palmeral

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LA NUEVA NORMALIDAD ESTÁ EN USO

Ya hace fechas que la estrenamos. Las suficientes, a la velocidad con la que nos parece bien que consumamos las cosas, para aburrirnos de ella. La nueva normalidad, esa que se anunció con trompetas de renacimiento, con épica, para la que se prometieron vigores y fortalezas cual las que acompañan los actos de los titanes, es, en estos momentos, un juguete más en el cajón de los juguetes. Otra pieza en el espejo que nos devuelve la imagen que ya conocíamos de nosotros mismos. Un reflejo, por cierto, bastante esclarecedor…

 Porque, la verdad, no era para tanto. En aquellos días del confinamiento obligatorio- obligatorio porque si no de qué- hubo rezos y plegarias, espirituales y laicos, deseos de regeneración, de hermandad, de futuro esplendoroso en cuanto llegara la hora de ver al “bicho” derrotado. Gloria bendita que se fue por los sumideros a la vez que se descorrieron los cerrojos y se abrieron las grandes puertas de la fortaleza gubernamental. Las hordas de desesperados que penaron durante algo más de dos meses porque no podían ir a los bares armaron un dios de cerveza y adoraron a don Simón. Había sido solo una mala racha, un susto. Tiempo que podía olvidarse tan pronto como la aceleración necesaria para alcanzar la felicidad y sus divertidas curvas resultaran ser la codiciada experimentación de los placeres sin medida. Nada que estorbara el teatrillo y la componenda. Había que salir a las calles, ya al completo, locos por hacer deporte hasta cansarse de tal demencia; haciendo oídos a las normas de ineludible cumplimiento y a las recomendaciones de la manera más creativa posible: mascarillas a la moda utilizadas como complemento luciéndolas como pañuelo de cuello, codera… En fin, ya saben. Hasta el punto de relajación. De creer que lo que viniera a continuación no podía ser otra cosa que aquello a lo que se acostumbraba antes, pero con un envoltorio chillón y un lazo de seda rosa. La vida es bella. Bellísima, aunque se advirtiera que la pandemia estaba lejos de acabar. Y todos brindamos. Bebimos porque nos daba igual. ¿No íbamos a salir más fuertes? Pues sobrados. Poderosos hasta el día de hoy cuando una de las dos palabras que más se escuchan- rebrotes- es la voz que prefiere, precisamente, el microscópico asesino. Un agente infeccioso que progresa con la inestimable colaboración de quienes han decidido que juntarse sin guardar la debida distancia, mantener la higiene o usar las pertinentes protecciones, es un riesgo que aceptan de mil amores. Y si los demás, por eso mismo, se contagian, que no salgan a las calles. Que se queden en sus casas y vuelvan a aplaudir a los sanitarios a los que se veneró como salvadores y que hoy no son otra cosa que carne de burla. Porque es lacerante- ellos seguro que lo sienten así- verificar como el capital de su esfuerzo se ha dilapidado en tan breve espacio de tiempo. Como la exposición y la convivencia con evidentes opciones de enfermar y morir ha terminado por ser materia de descarte luego de la consecución general de la visa que se solicitó al amparo del tremendo sufrimiento que los ciudadanos y ciudadanas manifestaban. No por el innegable quebranto económico- a futuro mucho más apreciable- que ciertamente es otro factor grave derivado del empleo de los recursos- o de la falta de recursos- que se tienen para luchar contra el coronavirus. No. Por la urgencia de regresar al cachondeo, al ocio expansivo, desordenado como si no hubiera ocurrido nada; como si no ocurriera nada. Como si no estuviera al alcance de la vista lo que hay. No hacen falta rastreadores- otro de los términos que cabe vincular al glosario de palabras que están directamente relacionadas con la pandemia- para determinar a donde vamos unos y otros, qué es lo que queremos y de qué manera vamos a conseguirlo. No se contratan suficientes personas que realicen las labores de control para localizar a los contagiados a partir de un foco de infección. Pero para saber que los buenos propósitos y la hermandad universal ha quedado como deseo que manifestar a la llegada de otro momento de contrición, basta despertar a cada nuevo día… ¿Solidarios? No me haga usted reír.

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