Aviso Gorra

La Tata

Se llamaba Magdalena Corrales Jímenez, tenía casi 101 años, así que nació en medio de una pandemia y se marcha por culpa de otra, después de sobrevivir a un obús de la Guerra Civil, a la hambruna, a una doble úlcera sangrante de duodeno, a un ictus y a una larga vida en soledad… porque ella era soltera y sola quiso vivir siempre hasta que la salud se lo impidió, y tuvo que claudicar para ir a una residencia de mayores.

Era mi tía abuela, más abuela que tía, pero en realidad era todo un ascendente completo, porque al ser el único familiar vivo de mi padre, desde hace 45 años, la Tata, que así se la llamaba en la familia, era toda una familia en sí. Ella y sus rarezas.

Y como la Magdalena de Proust, esta Magdalena evoca en mí, vívidos recuerdos autobiográficos, porque con ella compartí muchos años de mi infancia en convivencia diaria. El olor a canela de su arroz con leche, y el de azúcar aceitado de sus empanadillas dulces, el olor chamuscado de las migas de pan siempre revenido que jugaba a tirar sobre la la estufa de gas, con su reprimenda posterior, ¡chica estás loca, que puede explotar!.

Ese olor rancio de cartas manoseadas con las que jugar a la brisca encima del trapo de la cocina. El olor a frío de las sábanas blancas y el olor a caliente de la bolsa de agua, bajo ellas.

El olor a perfumes embriagadores e intocables amontonados sobre su coqueta. El olor a amores prohibidos en esas cartas que ocultaba en el último cajón de esa cómoda, atadas con una lana azul.

El olor a miseria en la última habitación de esa vieja casa, donde el tiempo se detuvo con aquel obús de la guerra, y donde se amontonaban retazos de otras vidas por las que no había que preguntar, porque todos estaban muertos.

El olor a luto sobre las estancias siempre en penumbra, con persianas verdes medio enrolladas y esos visillos que olían a polvo y no se podían descorrer ni para ver, pero sobre todo porque no te vieran.

El olor a pobreza en esos grifos que nunca se abrían del todo, y esas medias que siempre se zurcían.

El olor a orfandad en esas minúsculas fotos de quienes habían sido sus hermanos, sus padres, sus sobrinos, que se amontonaban en cajas de lata junto a fotos de su otra yo, esa que un día fue feliz, que supo sonreír, que viajaba a Italia, y que no era tan áspera.

Porque la Tata Mada era áspera. Nunca supo decir que te quería. Sabía llamarme monafri, locatiguiski, coliflor…, sabía endulzarte con postres, sabía apretarte la bufanda, sabía añadirte la leche bien caliente al colacao, sabía despertarse cada vez que te desarropabas, sabía dejarse ganar a las cartas, y sabía contar más de cien cuentos, pero no sabía decir que te quería.

Yo siempre pensé que el corazón se le quedó partido cuando casi toda su familia murió con aquel obús, el día de su 17 cumpleaños, cumpleaños que ya nunca volvió a celebrar. Y la mitad que le quedaba se le fue secando de pena, tras perder a su hermano en el 73 en un accidente de tráfico.

Sola, soltera y sola en la vida, pero con un sobrino, 10 sobrinos nietos, 11 sobrinos bisnietos y 4 sobrinos tataranietos que ya marcan larga descendencia de todo un solo ascendente, la Tata.

Que no hayamos podido acompañarla es lo más duro, por eso su recuerdo es obligado, y porque necesitaba decir que la quería.

Crónica de una microferia anunciada y… frustrada
Lo esencial son los datos