El blog de la señora Horton

La vía ilusoria: cursos de verano

Cuando calienta el sol, ya sea en la playa, ya sea en la piscina, se hace más manifiesto que si algún pensamiento humano se acerca a la verdad, este es el pensamiento hindú.

 

Acostada sobre la toalla es fácil adentrarse por esta cálida vía de conocimiento que se inicia con un reverbero de colores, con flashes del sol a través de los párpados y con un encenderse de la paz del cuerpo. La comunión de la piel con lo que existe, que al cabo es la inmersión en lo que los yoguis vedantas llaman la realidad empírica, es una de las tres formas de conocimiento que conviven en este mundo, a saber:

 A) la Realidad Ultima, a la que sólo pertenece Brahaman,

 B) la Realidad Empírica, que viene a ser la que nos comunica el cosmos en la piscina, y

 C) la Realidad Ilusoria, que, en verano, es la que imparten las universidades, presentes hasta en los más lejanos villorrios.

 Descartando la Realidad Ultima que nos está vedada a los humanos, solemos ir sin meditación alguna al conocimiento más directo, empírico, el de las playas y piscinas, porque, cuando una abre los ojos en medio de la felicidad cósmica, a parte del paisaje estival, siempre encontramos un tío cachas con estomago de tableta para abundar en la satisfacción del mundo. No niego que hay algo muy consolador en estas visiones.

Lo malo de la realidad empírica es que se adquiere en las piscinas junto con los hongos, los papilomas y el llamado pie de atleta y que, como nos puede confirmar el vedanta de guardia, tanto el cuerpo como sus placeres e impresiones "son perecederos como pompas de jabón", así que, si queremos aprovechar las vacaciones para introducirnos algo en la mollera, lo más natural es que nos pongamos a estudiar, pues en invierno lo hicimos sólo para asegurarnos un título, o sea, un empleo y una nómina. Siempre es bueno echar un ojo a lo que queda fuera del círculo.

 

No soy muy adicta a lecturas, discursos ni a declamaciones, pero no ignoro que la vía del conocimiento más acreditada en nuestros pagos es la Ilusoria, esa que se deriva de un discurso hablado o de una declaración escrita o de una nocturna lectura poética.   En mi ya larga vida estuve en varias ocasiones en esos cursos, exactamente un par de veces en la Universidad Menéndez Pelayo, después otras tantas en los cursos de la Complutense de El Escorial y  más tarde en la Universidad de Alcalá de Henares.

Recuerdo bien el curso de esta última, por ser el más reciente, pero aviso que todas siguen un ritual casi exacto. Los adictos a la Ilusión nos reunimos en algún lugar serio y elegante, normalmente una reconstruida iglesia románica, fresca y olorosa como un templo en los que oraba Ramanuja; el discurso siempre es denso, rico, elevado, culto… muy similar a los anteriores, y tras salir de esa paz que da la sabiduría, nos entregamos todos con un entusiasmo, también exacto, a abundantes libaciones en  sombreadas terrazas públicas, bajo los tilos olorosos o en su defecto, bajo los toldos. Libaciones propias de Hesiodo y otros viejos míticos griegos de los que retozaban charlando de metafísica entre las viñas, frente al Mediterráneo, mientras Ulises volvía con su vela blanca sobre el azul, a dar explicaciones a su señora que le estaba haciendo un jersey.

Y en estos lugares dedicados a los placeres de la libación, la verdad es que tampoco faltan los tíos de la Realidad Empírica, aunque en vez de tableta en el estómago, suelen llevar barriga a término sujeta por un cinturón.

O sea, que la vía de conocimiento que frecuento normalmente en verano, es la Ilusoria.

Frente al fuego, unidad. Y tras el fuego, dimisión
Porque no me gusta