¡Cuánto daño han hecho y hacen al mundo las ideologías! Vienen a ser un sistema de esclavitud, al que se somete sumiso e inconsciente el individuo, de forma voluntaria.

Si analizamos un poco, nos damos cuenta fácilmente de una verdad rotunda: el hombre es dueño de sus ideas y esclavo de sus ideologías. Por tanto, el hombre que es dueño de sus ideas sigue el sabio proverbio latino que dice “Est hominis sapientis mutare consilium”, lo que en nuestro román paladino equivale a que “es propio del hombre sabio cambiar de opinión”. En cambio, el que se aferra a una ideología depende ciegamente de ella y obedece sus normas sin el mínimo análisis y, si el individuo o grupo que encabeza la ideología cambia de opinión o, más bien, de conveniencia, cambia él también; pero nunca espontáneamente. Somete sus ideas, si le queda alguna, a las normas de la ideología, sin molestarse en analizarla. Es una dejación completa del libre albedrío, al que tenemos derecho todos los humanos.

Estos obnubilados tienen, además, una obcecación cerril, que les impide admitir cualquier idea que no esté enclaustrada en sus creencias, y una incapacidad total para averiguar una realidad que pueda desmontar su castillo de naipes. Su rechazo a lo distinto es patológico, lo mismo que su fe y obediencia, incluso con entusiasmo, a todo lo que le decreten sus admirados ideólogos, por muy disparatado o incluso criminal que sea.

Las ideologías han sido y son responsables de muchas páginas negras de la historia. Pongamos, como ejemplo, la Santa Inquisición, el Ku Klux Klan, el Nazismo, el terrorismo islámico y Lenin, Stalin, Castro y demás dictadores desalmados. Todas ellas nacen de un fanatismo exacerbado y se nutren generalmente de la ignorancia y hasta la buena fe de quienes las siguen y se dejan embaucar por quienes los privan de libertad.

No sé si hay alguna religión que sea verdadera; pero lo que sí tengo muy claro es que cada una de ellas tiene su ideología correspondiente y que sus adeptos pueden llegar a cometer actos de exacerbado fanatismo, como, por ejemplo, dejar morir a una persona, por no permitir una transfusión de sangre o inmolarse, para cometer un asesinato colectivo.

En mi infancia y en mi juventud, imperaba la ideología que nos convencía de que éramos una “Unidad de Destino en lo Universal” e íbamos “Por el Imperio hacia Dios”. Nunca me explicaron en qué lugar del universo se encontraba ese destino hacia el que nos dirigíamos y jamás pude creer que se necesitase un “Imperio” para llegar a Dios; pero había muchos que, sin tener la mínima idea de lo que eso significaba, lo admitían a pies juntillas.

Entre las ideologías más difundidas, tenemos la de las mal llamadas “dictaduras comunistas”, algo cuya existencia me atrevo a negar rotundamente y creo que, si sigues adelante leyendo, acabarás de acuerdo conmigo.

El Comunismo, si existiese, sería algo maravilloso: todo es de todos, todos trabajamos, todos disfrutamos del producto de ese trabajo, todos gozamos de libertad y todos somos felices por igual. Con el Comunismo, el ciudadano no padecería ninguna necesidad, porque el Estado le daría todo generosamente. ¿Qué más podemos pedir? Pero, si observamos la Historia con objetividad, nos damos cuenta rápidamente de que es una quimera: el Comunismo no ha existido ni existe ni existirá jamás. Los que sí han existido y existen son dictadores criminales que, blandiendo la teoría de esa utopía, han creado una ideología, a la que ellos mismos han puesto el nombre de comunista, de la que se han servido para someter y arruinar naciones enteras; pero de Comunismo, nada. Los dirigentes que presumen engañosamente de comunistas propugnan la austeridad para los demás; pero ellos pretenden vivir como marqueses.

Y, cuando digo esto, lo hago basándome en el conocimiento adquirido por haber visitado Cuba y diez países europeos que pertenecieron a la Unión Soviética. Repito que de Comunismo, nada: todos aquellos ciudadanos se quejaban de dictaduras despóticas y criminales que no permitían la libertad del individuo y arruinaban la sociedad.

Cuando el 9 de noviembre de 1989 derribaron con eufórico entusiasmo el muro de Berlín, no lo hicieron para que los del oeste pasasen al este, sino para que los de la Alemania Oriental se liberasen del “paraíso comunista”.

Es lógico que te preguntes qué me mueve a hacer esta serie de observaciones. La razón es muy sencilla: en mis casi ochenta años de existencia, jamás he visto a España tan desastrosamente gobernada como con esta democracia de aspiraciones predadoras y dictatoriales.

He sido una víctima más de la escandalosa corrupción del Franquismo; pero reconozco que teníamos también la sensación de ser un país que prosperaba, a pesar de todo. Estábamos en un proceso de evolución, muy distinto de éste otro de involución autodestructiva que sufrimos ahora, con un gobierno autodenominado “progresista”, que nos hace recular cada día más, como si tuviese por meta las atrocidades del siglo pasado.

Da asco y pavor ver la fauna que tenemos en el Congreso de los Diputados y son demasiados representantes del pueblo los que adolecen de incultura y falta de honestidad y sentido común. Nos han prometido progreso y efectivamente tienen razón: algunos lo han conseguido, incluso desorbitadamente.

La actividad real de muchos de Sus Señorías no es cumplir con su obligación de trabajar para atenuar o eliminar los problemas de los españoles y darles prosperidad, sino escarbar obsesivamente, para descubrir los trapos sucios del adversario o incluso desenterrar los de sus antepasados y difamarlo, mientras tratan de encubrir los suyos propios, lo que da lugar a la dialéctica del “y tú más”.

No dudo que entre los 47 millones de españoles hay suficientes personas honestas y capacitadas para gobernar; pero tenemos lo que votamos y, en el futuro, tendremos lo que votemos y, lamentablemente, hay muchos que votan siguiendo la ideología que tenían sus abuelos hace casi un siglo. La Democracia es así; pero somos muchos los españoles a los que nos duele España, con el mismo dolor que sentía D. Miguel de Unamuno.

En tiempos de Unamuno, había una sociedad ignorante (no tonta) que, aislada en sus aldeas, carecía de información. Hoy día, disponemos casi todos en nuestra propia casa de un medio para recabar esa información con Internet y conocer la realidad. Si ahora somos ignorantes, es por desidia o estupidez.

No creas a los que, con el fin de ocultar sus aspiraciones deshonestas, se envuelven con la capa de una ideología, para embaucar así a las multitudes. Infórmate con objetividad, haz que prevalezcan tus propias ideas y elimina todas las mentiras disfrazadas de ideología con que pretenden atraerte.

Rígete exclusivamente por tus ideas y no te dejes esclavizar por ninguna ideología, venga de donde venga.

El refranero español aconseja que…

No desprecies los consejos

de los sabios y los viejos.

Es evidente que la consideración de sabio no me afecta a mí en absoluto; pero sí la de viejo: un viejo que ha aprendido mucho de la vida, gracias a tantos tumbos, caídas  y trompicones que ha dado a lo largo de ella.