El blog de la señora Horton

Las Mujeres

El hombre, como ha sido eximido del sexto mandamiento desde antiguo, tiene abiertas posibilidades infinitas en su relación con los demás seres de la creación. Pero la mujer, en cuanto -por ejemplo- desea un poco de ejercicio corporal conjunto, es tildada de ramera. A esta condenación han colaborado desde antiguo la sociedad machista  y las religiones. Hace ya la friolera de años, Gianbattista Vico escribía en su Scienza Nuova: Y entonces los hombres propagaron las horribles religiones y las espantosas normas paternas....

 

Pues sí, ahí, en ese caldo de milagros y castigos echamos el pelo las mujeres.  Y las consecuencias, inabarcables en un pequeño artículo como este, han formado parte de la vida en proporciones que nos es imposible deslindar y manejar,  pues se han disuelto tan bien en la sopa que no es posible cuantificarlas.

Veamos la iglesia (todas las iglesias): la iglesia ha excluido a  la mujer a perpetuidad. ¿Se imaginan una Imanesa adoctrinando a los fieles después de lavarse los pies en público? ¿Se imaginan a toda la tropa viendo como se remanga las faldas a la puerta de la mezquita? ¿Y saben por qué no se la imaginan? Pues porque el cuerpo de la mujer, aquí y en el Polo Norte ha resultado ser el relicario donde se guarda el pecado. Todo lo que se relaciona con el cuerpo femenino está, para el varón  -exceptuando la limpieza de sus linajes-  teñido de suciedad. El mismo hombre que va a la casa de putas a satisfacer el mandato fiero de sus hormonas, desprecia lo que usa.  Eso cuando no le da encima una bofetada, diga lo que diga Tony Cantó.

Pero esto iba de la Iglesia, la nuestra, la verdadera. Después de veinte siglos y después de que un Dios muriera en la cruz por nosotros, la mujer (o sea, la mitad de la población mundial) ha quedado para doblar manteles, fregar y pasar el cepillo.

Hay quien mantiene la esperanza de que la Iglesia de Roma con el paso de otros veinte siglos admita a la mujer como igual. No lo creo, ya que tardó diez en admitir que tenía alma. Los varones sagrados que nos administran ni tienen esos planes ni los esperan.

¡Qué cosa tan apañada es el poder! Porque de eso va, claro. Todas las luchas  de este mundo son una lucha por el poder. Y la naturaleza que nos dotó de virtudes tan bonitas a las chicas, nos privó de la masa muscular que en la aurora de la civilización era el elemento  más anhelado para conquistarlo. Llegamos tarde a ese reparto y a cambio algunos de ellos llegaron un pelín tarde al reparto de la masa encefálica: no todo iban a ser desgracias.

El poder a uno y otro lado del ecuador siempre es lo mismo. Se me viene a las mientes un ilustre bribón, Mao, que desoyendo los consejos de su abuelita, pasaba de la limpieza corporal. Así, completamente guarro, violaba y contagiaba revolucionariamente a las chavalinas antes de hacerlas leer ese ladrillo que es El Libro Rojo. Pero lo peor  es que no se lavaba nunca los dientes aduciendo que tampoco se los lavan los tigres. Cosas de machos.

Y a este lado de ecuador tenemos a la Iglesia. Volvamos a ella, en estos días en los que ha elegido al varón dominante. La Iglesia nos desprecia y nos teme hasta el punto de que si alguno de sus representantes tiene que pecar, en un elevado tanto por ciento lo hace con alguien de su mismo sexo.

Ya lo decía Angela Davis, aquella feminista de los sesenta: "Mujer, eres el negro del mundo".

SEARCHING FOR SUGAR MAN
Elogio de la rutina