Un zángano en el palmeral

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LAZOS AMARILLOS

A mediados de junio del año pasado, según una información de Rocío Ruiz en las páginas digitales de EXPANSIÓN, el sector textil español crecía económicamente gracias a “las grandes cadenas y el turismo”. Desconozco los datos actuales, sin embargo, y aunque se menciona poco, las clases más desfavorecidas durante los años de la crisis y el apasionamiento nacionalista, han proporcionado notables dividendos a los fabricantes y distribuidores de productos…

Valga citar un ejemplo práctico surgido de esa parte de la ficción que pretende ser costumbrista. Los Alcántara, familia popular desde que se emiten temporadas y temporadas de la serie Cuéntame cómo pasó, inician, durante uno de los capítulos a los que aludo, un negocio mediante la cooperativa “Estandartes y banderas”. Una actividad económica a la que sacan partido coincidiendo con los hábitos democráticos que dieron lugar a las autonomías y a la proclamación de tal diversidad mediante símbolos representativos de la citada organización territorial y política. Sin duda, algo que, en la realidad, se corresponde con las expectativas comerciales de la industria. Tanto es así que la venta de camisetas para ser lucidas, impresión mediante antes o después de su confección, a fin de utilizarse en actos callejeros de reivindicación socio política, ha debido dispararse en años precedentes; que la confección de tela para realizar lazos de distintos colores, según los casos y las causas, deben haber proporcionado la posibilidad de que se consigan récords aún desconocidos; que las banderas se agitan a miles de millares o se despliegan en fachadas y balcones, y que “el peso” neto de todas estas ventas, puesto que han resultado ser de tremenda demanda, debe ascender a una suma codiciadísima de dinero. Esto debe querer decir que los ciudadanos- y ciudadanas por imperativo del lenguaje inclusivo legal que es inminente lo escribo- participamos en la vida pública, nos asociamos con otros a fin de que se nos escuche y que, además del número, del volumen de nuestros gritos, de la perturbación del orden cotidiano y otros sucesos no siempre deseables, formamos y nos distinguimos: que nadie piense que somos de unos- y unas- y no de otros- u otras- faltaría más… Sin embargo, me fascinan esas sociedades en las que es posible manifestarse y, como norma general, estar en contacto directo con aquellos políticos y administradores que representan a los votantes, para cualquier reclamación, observación, opinión o ruego. Me fascinan las sociedades en las que, con o sin uniforme, los ciudadanos de verdad participan en política en los partidos, en las asociaciones o mediante otras instituciones que hagan posible evitar una vida de “señoritos” que es muchas veces lo que parece que pretendemos con eso de que “los políticos son nuestros empleados”. Los lazos amarillos, mientras, son la última moda. Es más, quien no lleva un lazo en la solapa, de cualquier color, o no guarda camisetas con eslóganes en el armario, o carece de banderas, si no se da prisa y adquiere el “kit” correspondiente, puede ser tenido como un espécimen indeseable, reo de desatención y aislamiento. Lazos amarillos de los que yo carezco, lo reconozco sin excusas, y sustituyo mediante el uso y disfrute de un tractor, como el “de Aitor”, amarillo: lo tengo desde hace algunos veranos.

EL ENIGMA DEL ORIGEN DEL NOMBRE “ALCARRIA”
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