El blog de la señora Horton

Lecturas poéticas

Llevo tiempo asistiendo a lecturas poéticas de diferente laya. La mayoría de ellas tienen un defecto fundamental que consiste en que los escritores de líneas cortas  tienen que epatar a los que les escuchan (que siempre son los mismos), con un alarde de ingenio y retorcimiento del lenguaje que sea a la vez inesperado y emocionante: o sea, en busca de la deslumbrante metáfora perdida.


La cosa funciona así: uno lee y los demás escuchan. Pasados unos días, toda la camarilla nos trasladamos a otro local y allí el que lee es uno que la semana anterior escuchaba y el que leyó anteriormente le aplaude sin reservas desde el público, ya que el día anterior fue a su vez aplaudido sin reservas por el actual lector en un ejercicio endogámico muy poético (y por si en un futuro próximo el lector actual forma parte del jurado de un certamen al que el anterior se ha presentado). El nuevo actor, escritor de líneas cortas como el primero, se ha esforzado en el ingenio y la emoción y podemos decidir que ha mejorado al precedente.

Hay que decir, antes de que se me abalancen, que eximios filósofos y escritores de mérito mantienen la idea fundamental de que,  ya seas con líneas cortas o largas, el principal requisito y mérito de la literatura es ser poética, tomado el término "poética" es su acepción de trasgresor y subversivo. Y G. Bataille añade que el lenguaje poético es un lenguaje doblemente sacrificado, primero al dios de la utilidad y después al de la comunicación, idea con la que no puedo estar más de acuerdo.

Y el tema preferido de tales lecturas es, cómo no, el amor.

El amor del poeta -dice el poeta- es siempre imaginario (hay que darse cuenta que el poeta siempre va acompañado de su señora y en el alma inefable de las señoras de poetas siempre se esconde un detective camuflado entre la hojarasca de la admiración). Si, imaginario, pero muy carnal y todo lo que suene a carnalidad y que brote de la boca de un casado, por muy poeta que fuere, es inmediatamente desmenuzado en sus partes constitutivas  como si de elementos de una autopsia del CSI se tratara, en busca de la última prueba condenatoria: la infidelidad.

Hay que apuntar que la infidelidad de los poetas es casi siempre de pensamiento y no de obra, pero, como decía el catecismo (creo) ambas formas son pecaminosas y en fin, a los ojos de la señora (o el marido) de el/la poeta, tanto da que da lo mismo, el caso es que, ese poeta, su poeta particular, "tiene una jeta que se la pisa". (Nota: durante mis experiencias como oyente de poemas he observado con consternación que la palabra poetisa, que a mi parecer tenía ese tacto tan de raso, tan femenino, es hoy un vocablo maldito, políticamente incorrecto y muy machista, así que hasta a los hombres les parece despreciable)

Pero sí: cuando nos aficionamos a las lecturas poéticas pasamos las veladas escuchando  teorías amatorias, tratando de ceñirnos a las palabras más reveladoras e iluminadas y nos parece que, en esa pequeña salita en la que escuchamos, va a haber una revelación y que un calambre cargado de  emociones nos va a sacudir porque alguno de los lectores incansables va a acertar ¡al fin! con una definición redonda de "Amor", de ese sagrado sentimiento culpable del Gran Malestar que un par de  veces en la vida –y si tenemos suerte algunas mas- nos dejará KO sobre la lona.

Y a lo que voy. Al bolero. Exactamente al titulado "Obsesión".  Su autor, Pedro Flores, nicaragüense,  da, en el estribillo de la canción, una definición del amor que me parece omnicomprensiva y acertada. No emana de ella la emoción de las lágrimas pero llena de sus dos inexpresables direcciones a la palabreja. Dice "Amor es el pan de la vida/ amor es la copa divina"

Veamos ese primer verso: el pan de la vida. El pan: lo necesario, indispensable, básico (los griegos llamaron  pan a todo. Claro: si nuestras neuronas no iniciaran ese proceso patológico tan sentimental y preciso, las especies se extinguirían, la vida desaparecería del planeta tierra y nos encontraríamos con los océanos batiendo para nada, las estrellas en su milenario guiñar de ojos inútil y el sol acariciando la roca ardiente, en ausencia de piel canela, párvulo labio y carne trémula. Y estarían de más las salitas de lectura, lo que sería una pena. ¡Sí: el amor es el pan de la vida! Un diez para nuestro letrista.

Y vayamos al segundo verso "Amor es la copa divina". También, qué narices. Cuando te enamoras, además de padecer una enfermedad de graves consecuencias, se pone en marcha un mecanismo de relojería fisiológico, un complejo de idas y venidas eléctricas. De ese amasijo emocionante de reflejos y contactos dendríticos, de esa red insobornable de trasmisores y sus enzimas, emana un vapor tóxico, una especie de borrachera metílica que nos hace creernos dioses. Experimentamos un subidón totalmente celestial, esa copa divina, y creamos un mundo imaginario de tal consistencia o de la necesaria consistencia para decidirnos a repoblar el mundo caiga quien caiga.

Copa divina y pan de la vida, eso sí es el Amor. (Por cierto, eso del pan y el vino... ¿a qué me recuerda?...)
Después de este acierto tan notable de nuestro letrista, no deberíamos dar más vueltas al asunto. Aunque no está mal que los poetas se reúnan semana tras semana para hacer gárgaras líricas con la mágica palabra y para pasarnos sus informes sobre el tema, sean empíricos o imaginarios. Y además luego nos tomamos un vino y unas aceitunas. Es  lo único sólido de tales reuniones.



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