Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.
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LEYENDAS DE GUADALAJARA: LA ALAMINILLA

 

La conquista de la Guadalajara musulmana por las tropas cristianas en el siglo XI es, sin duda, uno de los episodios más importantes de nuestra historia local. Al no haberse conservado documentos que nos expliquen cómo sucedió esa anexión, los historiadores clásicos han recurrido a todo tipo de leyendas y mitos, a cada cual más imaginativo, para contar cómo acabó la ciudad en Castilla. 

De estas leyendas la más conocida es la del asalto del capitán castellano, Álvar Fáñez, el militar más importante de su época, con permiso del Cid, que habría conquistado espada en mano la ciudad arriacense, y luego defendido todo este sector del Tajo frente a los contrataques musulmanes. De ahí nuestro escudo, y la maravillosa historia que nos cuenta.

Sin embargo, la de Álvar Fáñez y su temerario ataque no es la única leyenda relacionada con la conquista. Hay otra, más novelesca, conocida como la leyenda de la Alaminilla, que nos cuenta que Guadalajara fue conquistada, no por la fuerza de la espada, sino por la del amor. Cuenta esta leyenda que en aquella época Guadalajara estaba protegida por una fuerte muralla, con una sola puerta. El lector observador ya habrá reparado que la historia comienza con una pequeña mentira, porque la muralla de Guadalajara, evidentemente, tenía varias puertas, pero no dejemos que la realidad nos estropee una bonita leyenda, así que ignoraremos este hecho. Decíamos, por tanto, que Guadalajara tenía una única puerta de entrada, cuyas llaves guardaba un anciano, que residía en el torreón que la custodiaba.

Esta torre era (y es) conocida como la del Alamín, y el motivo del nombre es que este buen anciano era, precisamente, el alamín de la ciudad. Este oficio venía a ser una especie de policía local de la época que vigilaba que los pesos, medidas y precios de los mercados eran correctos, y no había estafas ni engaños. Quizá porque se había ganado la confianza de todos, el valí o gobernador de la ciudad le había dado el honor, además, de custodiar la llave de la puerta. Es decir, que lejos de poder jubilarse, el anciano debía soportar la responsabilidad de cuidar que nadie indeseable entrara en la medina arriacense.

El anciano alamín debía ser viudo, pues nada se sabe de una posible esposa. Lo que sí que sabemos es que con él vivía su hija, una joven que era conocida, cómo no, por el apodo de Alaminilla. El padre estaba tan feliz con su hija que la dejaba hacer y deshacer a su antojo, y salir y entrar de la ciudad cuando quisiera. Un padre muy permisivo, según los cánones de la época, lo que sin duda generaría rumores y habladurías de los vecinos ociosos al ver que la joven salía libremente de paseo por los arrabales de Guadalajara, y se perdía por el campo.

Cuenta la leyenda que en aquellos momentos los cristianos estaban ya cerca de Guadalajara, esperando el momento para atacar. El capitán castellano, Álvar Fáñez, sabía que conquistar la Guadalajara musulmana al asalto era misión casi imposible. La ciudad estaba protegida por el río y por dos barrancos que hacían las veces de fosos naturales, y saltar la muralla iba a ser algo suicida. Debía encontrar una solución, alguna treta para engañar a los musulmanes y colarse dentro, pero no se le ocurría nada.

La suerte se puso del lado de los cristianos, porque un día, mientras estaba explorando las cercanías de Guadalajara, un caballero castellano, llamado Gonzalo, se topó con la Alaminilla, que iba de paseo. El amor surgió inmediatamente entre ambos y pronto comenzaron los encuentros furtivos, que presuponemos no pasarían de ser sutiles galanteos, porque en aquella época las cosas eran, o aparentaban, ser distintas. Pero en todas las historias debe haber un villano, y en este caso el malo era un hombre de confianza del visir, de nombre desconocido que, casualmente, también pretendía a la Alaminilla. Este hombre debía ser bastante obsesivo, porque tenía la costumbre de seguir a la joven y espiarla, como un vil acosador. Era cuestión de tiempo que el rastrero pretendiente encontrara con las manos en la masa a la Alaminilla y a Gonzalo que se creían seguros en las sombras de los bosques cercanos a la ciudad. Escondido tras unos arbustos, el villano pudo escuchar la conversación de los enamorados, que ansiaban que la guerra entre unos y otros acabase para poder casarse, y para ello habían llevado a cabo un plan audaz, en el que el papel de la joven era clave. Aprovechando un momento en el que el Alamín dormía, la hija le había robado la llave de la puerta de la muralla para hacer con ella un molde de cera. Después de esto, había devuelto la llave a su lugar para que el anciano no sospechara, y en ese instante se disponía a entregárselo a Gonzalo. Con él los cristianos podrían hacer una copia de la llave para poder abrir el portón por la noche y así hacerse con la ciudad por sorpresa sin derramar una gota de sangre. Una vez la ciudad fuera cristiana ella, que era musulmana, podría bautizarse y casarse con el caballero. Un final feliz, que ambos anhelaban. 

El espía no daba crédito a lo que estaba escuchando. Se sentía doblemente despechado. No solo la mujer que deseaba quería casarse con otro hombre, sino que, además, pretendía traicionar a los musulmanes de Guadalajara y entregarles la ciudad a los cristianos. Sin pensarlo dos veces, sacó su arco y disparó una flecha certera que mató en el acto a la Alaminilla. Gonzalo, perplejo, al ver que su enemigo cargaba de nuevo el arco, cogió el molde y huyó al galope. La segunda flecha no le alcanzó, y pudo llegar a salvo junto al resto del ejército. El asesino, una vez se pasó el momento de ira, comprendió que había matado al amor de su vida y, destrozado por la culpa, se acabó ahorcando, sin contarle a nadie lo que había pasado.

Estos hechos acabaron por precipitar lo inevitable. Los planes cristianos se habían puesto en marcha, y esa misma noche, con la copia de la llave, asaltaron la ciudad por sorpresa, encontrando a los defensores totalmente distraídos. La ciudad caía así sin víctimas, y Álvar Fáñez entraba victorioso. Un momento feliz para los cristianos. Para todos menos para el pobre Gonzalo, que seguiría llorando a su amada hasta el fin de sus días.

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Esperando la publicación de los Pliegos de Condici...