Aviso Gorra

Libertad de expresión

Vivimos en la época de la murmuración. La conversación en perjuicio de un ausente. Los portales de los medios de comunicación, los tradicionales o aquellos nuevos medios exclusivamente on-line, como éste, han acrecentado esta debilidad humana hasta los límites de un estercolero.

La facilidad de expresión que de manera barata, cómoda y rauda ofrece internet, ha sido un gran balón de oxígeno para el derecho a la libertad de expresión, uno de los más fundamentales, ya que es esencial en la lucha para el respeto de todos los derechos humanos.

Y aquí defiendo incluso el anonimato, pues la denuncia de grandes y pequeñas injusticias, muchas veces sería imposible sin la necesidad de burlar al opresor, al que no quiere que la verdad salga a la luz y solo pretende poner un rostro al interlocutor para intimidarlo y acallarlo. Por eso, prestamos, a  veces, nuestra cara los periodistas, aún a riesgo de que nos la partan.

Ahora bien, la libertad de expresión garantiza el derecho a opinar y a informar y ser informado, nada menos y nada más. La agresión verbal o escrita no solo no es parte de la libertad de expresión, sino que supone un atentado contra ella en toda regla.

Viene todo esto hoy a colación a cuenta de los insultos y amenazas contra la portavoz del Gobierno de Castilla-La Mancha en una web, y contra la presidenta del PP regional y su hijo, en otra, insultos que no pienso repetir en el ámbito de la opinión, por no dar más altavoz al improperio y a la injuria. Sí lo hice en el ámbito informativo, pues consideré necesario  el conocimiento por parte del lector para que pudiera conformar su opinión.

La mía es clara: quienes insultan, acusan gratuitamente, menosprecian,  alientan a la violencia, a la xenofobia, homofobias y convierten la palabra en una agresión sin argumentos, dentro o fuera de la Red, me repugnan.

Como también me asquean los atrincherados troles que se acodan en los comentarios de cualquier noticia para provocar falsos debates con burdas maniobras que casi nunca llegan a nada y espantan al tímido lector que por fin estaba dispuesto a hacer uso de su libertad de expresión.

Ahora bien, ni la red es tan anónima como algunos pudieron llegar a imaginar, ni los delitos de injurias y calumnias dejan de serlo porque naveguen a través de internet. Claro que para perseguirlos, es preciso la querella del ofendido ante los tribunales y ésto no siempre está al alcance de la mano.

El debate en cuestión es la necesidad de regular o no la barra libre en los comentarios a cualquier web y mi respuesta tajante es no, pues no creo que haya un instrumento normativo capaz de distinguir a priori entre opinión e insulto, o delito de injurias y calumnias. Sería cercenar ésta por coartar aquellas. Un caldo de cultivo excelente para la censura.

Si considero que es exigible, desde el ámbito de la ética más que del de la imposición, la responsabilidad de periodistas y editores, con herramientas de moderación para los comentarios, pues no se puede hacer dejación de funciones en aras del tráfico de una web y su posible rentabilidad económica. Incluso se puede hacer partícipes a los lectores en esa moderación a través de la denuncia en red.

El periodista y/o el editor siempre tiene reservado el derecho de admisión,  y el lector el de no hacerse eco, incluso de no leer, aquellos comentarios que trasgreden el ámbito de la opinión, para llegar al del insulto vomitivo, con delito o sin él.

Aunque moderar tampoco es fácil… Tan sencillo como respetar al prójimo, tan abstracto como la ética, la responsabilidad social o el código deontológico.

A pesar de estas dificultades, estoy plenamente convencida que respetar la libertad de los demás a decir cualquier cosa, por más ofensiva que la consideremos, es respetar nuestra propia libertad de palabra.

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