El blog de la señora Horton

Llega Dios

Cuando un catecúmeno le preguntó a su Rabino cual era la morada de Dios, este respondió "Dios mora en el hombre que le permita entrar".

 

A las vísperas de la llegada de Dios –el dios cristiano– y limpiando a esa fecha de toda la maleza que la rodea y la distorsiona, oteándonos el corazón que es una de sus moradas predilectas, no nos encontramos con la esperada alegría, sino con mucho dolor. El corazón siente que es el mal lo que abunda y esa presencia agobiante y asfixiante no es argumento idóneo para defender la existencia de un padre clemente.

Por qué sufrimos, y a veces de manera intolerable, es el misterio más insondable que oculta la frente de este creador que nace dentro de unos días. No es, pues el corazón humano su principal valedor: un corazón crítico, a regañadientes le ofrecerá asilo  (y el corazón siempre ha de ser crítico ya que una piedad ñoña nunca tendrá detrás una fe fuerte).

Este dios nuestro, llegó en Navidad y vino no solo para salvar al género humano sino también para acabar con una forma de vida, con un pensamiento que hasta que él llegó era excesivamente telúrico: inmediatamente liquidó a los dioses y diosecillos que trotaban por los bosques y las forestas usando como látigo el verbo: rompió con lo femenino, con la naturaleza y los lazos de la sangre; elevó la masculinidad y la espiritualidad como únicos valores y para bien o para mal en esta ideología rompedora nacimos nosotros y nos construimos como somos, todos, porque cristianizados estamos todos y hasta la médula, incluidos ateos y agnósticos: nunca una Palabra cambió tan tajantemente el mundo.

De todo lo dicho podríamos concluir que la principal morada del dios cristiano es la civilización occidental. Ahí el hombre le ha dejado entrar, aunque reserve los lugares más bajos y hondos de su hogar para una exposición de espectros–los arquetipos primigenios– anteriores a este dios único, como sombras de un pasado heroico y condenable, sí, pero imborrable y tozudo, que se niega al desalojo.

"El niño se cría en la Tora como el buey en el corral" añade nuestro sabio Rabino.

Sí en ese verbo nos criamos: también Cristo mora en la Ley, en todos nuestros códigos, hasta en el de la circulación, y en nuestra ética, y en nuestra estética: ya dijo Eckhart que a dios se le paladea.

Además el Padre que dotó al Hijo del espléndido regalo de la pobreza, le dio a cambio el Ser en propiedad. La ciencia, que presume de la misma pulcritud de Pilatos, va camino del encuentro con ese Ser, esa sustancia que corre por los mas gigantescos aceleradores en el intrincado paisaje del mundo atómico, donde lo mismo se topa uno con un bosón que con un ángel. Incluso los más incrédulos nos preguntamos "¿También la ciencia acabará siendo la morada de Dios?"

El nacimiento que celebraremos con turrón, champan y pandereta, muestra la interdependencia de todo lo que existe, incluido el dolor mas intolerable. Y es que por más que se empeñen, ninguna religión posee todas las respuestas, pero podría ser cierto que tuviéramos contado hasta el último de nuestros cabellos.

Ya lo dijo Borges de manera impecable y memorable:

Sólo una cosa no hay. Es el olvido/Dios que salva el metal salva escoria

y cifra en Su profética memoria/las lunas que serán y las que han sido.

Ya todo está. Los miles de reflejos/que entre los dos crepúsculos del día

tu rostro fue dejando en los espejos/y los que ira dejando todavía.

Y todo es una parte del diverso/cristal de esa memoria, el universo;

no tienen fin sus arduos corredores/y las puertas se cierra tu paso;

sólo del otro lado del ocaso /verás los Arquetipos y Esplendores.

 Sra. Horton

La última Navidad
Adiós Madiba