Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

LOS COMUNEROS: 500 ANIVERSARIO DE LA REVOLUCIÓN EN GUADALAJARA

Ejecución de los comuneros de Castilla, del romántico Antonio Gisbert (1860, Palacio de las Cortes).

La revolución comunera, o Guerra de las Comunidades (1520-1522) se puede considerar como la primera revolución moderna de la historia. Lejos de ser una mera revuelta bajomedieval, tal y como algunos añejos historiadores han declarado, la revolución de los comuneros supuso la introducción de una serie de ideas políticas de clara vocación democrática, muy avanzadas a su tiempo, que se oponían a la idea del poder absoluto del rey, emanado directamente de Dios, y que defendían que los ciudadanos (el “común” como se le llamaba en la época) debían ser dueños de su destino, y no meros sirvientes del gobernante.

La revolución comunera tuvo su origen en la Castilla posterior a los Reyes Católicos, cuando la ausencia de un poder central fuerte dio lugar a una situación de absoluta inestabilidad. Castilla, sumida en disturbios provocados por quienes ansiaban el poder, buscaba un rey respetado que le hiciera recobrar la unidad. Tales esperanzas se depositaron en la figura de Carlos V, hijo de la inestable reina Juana, a quien no dejaban gobernar por una supuesta locura, y nieto de los Reyes Católicos.

La llegada del nuevo rey en 1517 a Castilla no pudo ser más decepcionante para los castellanos. Era un extranjero que no hablaba el idioma del reino, que desconocía la realidad de sus gentes, y que basaba sus decisiones en un grupo de avariciosos consejeros flamencos, que pronto coparon los puestos de poder, enriqueciéndose a costa de los recursos del país, y relegando a los castellanos a un papel secundario en la gestión de sus propios asuntos. No solo eso: además sus intereses estaban fuera de España, concretamente en la defensa de los territorios que el rey había heredado en Europa, y en la corona imperial que quedó vacante en 1519 y que tanto ansiaba.

Para conseguir la ansiada corona Carlos V necesitaba mucho dinero, pues los sobornos a los alemanes eran imprescindibles en esta empresa. Con este fin convocó cortes en Santiago de Compostela en marzo de 1520 para que se votara el pago por parte de las ciudades castellanas de un impuesto especial que se destinaría a sufragar su campaña europea por el trono imperial. Allí, los procuradores votaron en contra de la petición real, al ser una asunto totalmente ajeno a los castellanos. Sin embargo, en una nueva convocatoria ese mismo año, en la ciudad de La Coruña, Carlos V volvió a intentarlo, recurriendo esta vez a sobornos, intimidación y engaños, que se mostraron muy efectivos para lograr su objetivo. Con el dinero asegurado, que embarcó fuera de España dejando a otro flamenco, el cardenal Adriano, como regente en Castilla.

Guadalajara era una de las ciudades castellanas con voto en cortes. Con ocasión de la convocatoria de las cortes de Santiago, la ciudad de Toledo había pedido a las restantes que se abstuvieran de otorgar ningún dinero a Carlos V si éste no se comprometía a no abandonar Castilla y a comportarse con un rey únicamente castellano. Guadalajara decidió seguir la petición de los toledanos, e instruyó a sus procuradores, Luis y Diego Guzmán, para que votaran en contra del servicio solicitado por el futuro emperador. Sin embargo, en las cortes de la Coruña, y sea por la razón que fuere (presiones o sobornos, presumiblemente), acabaron votando a favor de la petición de Carlos V, traicionando así el mandato dado por la ciudad.

No fueron los únicos traidores, como se ha mencionado, pues la mayoría de los procuradores de las otras ciudades accedieron al deseo del rey, lo que causó la indignación en toda Castilla, que se alzó en insumisión contra el rey extranjero, y especialmente contra el regente, el cardenal Adriano. Cuando se supo en Guadalajara la traición de sus representantes, los ánimos de los vecinos se exaltaron y se “alzaron en comunidad”es decir, se declararon en rebeldía tratando de deponer a los representantes reales para instaurar un gobierno de tipo popular (un gobierno del “común de las gentes”, como se decía en la época, de ahí la palabra comunero). El líder de los rebeldes alcarreños fue el doctor Francisco de Medina, hombre de gran cultura y nivel intelectual, muy cercano al duque del Infantado, y especialmente a su hijo, el joven conde de Saldaña.

El doctor Medina realizó, según la tradición, un discurso a la puerta de San Gil (de la que se conserva apenas su ábside en la actual plaza del Concejo) acompañado por el hijo del duque, arengando a los vecinos a rebelarse contra el rey, lo que supuso el comienzo de la insurrección en la ciudad. El duque del Infantado, viendo el cariz que tomaba la situación, decidió ordenar a su hijo, potencial capitán de los comuneros, que abandonara Guadalajara junto a su esposa y sus criados, pero la marcha del conde de Saldaña no sirvió más que para acelerar los acontecimientos: el 5 de junio de 1520 se reúnen de nuevo en San Gil los comuneros, esta vez con representantes de las aldeas dependientes de la ciudad, y se dirigen al palacio del Infantado, irrumpiendo en sus estancias y exigiendo hablar con el duque. No estaba con ellos el doctor Medina, por motivos que se desconocen, siendo los líderes del tumulto el carpintero Pedro de Coca y el albañil Diego de Medina. El duque trató de convencer a los rebeldes de la conveniencia de estar junto al rey, pero sus intentos fueron en vano, y acabó expulsándoles de su palacio, lo que exaltó aun más los ánimos de los vecinos.

Los comuneros nombraron capitanes a los mencionados Pedro de Coca y Diego de Medina, así como a un buñolero llamado o apodado Gigante. El día anterior habían despojado a los alcaldes y alguaciles de sus cargos, y tras la discusión con el duque tomaron el alcázar buscando a los procuradores traidores, de los que se sospechaba estaban escondidos en algún sitio de la ciudad. Al no encontrarles, saquearon sus casas, las echaron abajo, y sembraron los solares con sal.

El duque tardó un tiempo en reaccionar, pero cuando pudo reunir hombres suficientes, se enfrentó contra los rebeldes apresando a sus líderes. El capitán Pedro de Coca fue ahorcado, y su cadáver quedó expuesto varios días a la vista de todos. Los comuneros, temerosos del poder del duque, que hasta ahora no había intervenido de forma enérgica, devolvieron el alcázar y los cargos a los anteriores alcaldes y alguaciles. Parece ser, no obstante, que los comuneros y el duque llegaron a negociar la pacificación de la ciudad, pues el Mendoza trató de lograr el perdón de los rebeldes ante el rey, y de que se eximiera a la ciudad del pago del servicio acordado en las cortes de La Coruña.

La actitud del duque del Infantado, en cierta manera condescendiente con los comuneros (hasta que la situación se hizo ingobernable), es un ejemplo del papel de la nobleza castellana en esta rebelión. Los “Grandes” no quisieron decantarse claramente por uno de los bandos hasta saber las posibilidades de victoria de cada uno, y sólo se acercaron al rey cuando vieron que los comuneros creaban un programa político que les perjudicaba claramente por su componente antiseñorial. No solamente el duque permitió cierto grado de acción a los rebeldes en la ciudad (que no era suya por derecho, pues no era una ciudad de señorío, pero sí de hecho), sino que cabe sospechar cierto acuerdo con su hijo, supuestamente comunero, de tal manera que ganara quien ganara la guerra, los Mendoza alcarreños se aseguraban su futuro político, pudiendo una vez finalizada la guerra perdonar el padre al hijo, o el hijo al padre, según quien fuera el bando vencedor. En otras palabras: parece que los Mendoza jugaron con dos barajas, y aunque los representantes de Carlos V siempre sospecharon de ellos, nunca pudieron probar este extremo.

Así, tras estos hechos, Guadalajara quedó pacificada, pero el movimiento comunero continuó, con baja intensidad, bajo el control soterrado del duque, formalmente leal al emperador. La aportación militar de Guadalajara a los comuneros quedó, sin embargo, prácticamente anulada.

Mientras estos sucesos tenían lugar en Guadalajara, otras ciudades conseguían mantener muy viva la llama de la insurrección, liderada especialmente por Toledo y Segovia (capitaneada por el atencino Juan Bravo). Los comuneros pedían que el rey quedara al servicio del reino, dedicando el dinero de sus súbditos no a sus empresas europeas, sino al bienestar de los castellanos, y por supuesto que los cargos de gobierno recayeran sólo sobre los propios castellanos, y no sobre extranjeros. Castilla no quería ser parte de un imperio que le era ajeno, y que sabía que debería mantener con los impuestos exigidos por el rey, que serían gastados en guerras lejanas en las que no tenían nada que ganar. Hay que incidir en lo novedoso del planteamiento comunero, que pone a los ciudadanos, al “común”, por encima del rey, que pasa a estar al servicio de la población. Un planteamiento rupturista en la Europa feudal, que demuestra lo avanzado de la sociedad civil castellana del siglo XVI (hasta la Revolución Francesa no se volverán a promulgar ideas semejantes), y que contrasta con la belicosa monarquía hispánica de los Austria, surgida con fuerza tras la derrota de los comuneros, y que acabaría empobreciendo al país con infructuosas guerras ajenas a sus intereses en diversos rincones de Europa.

Pero retomemos los hechos: mientras los planteamientos políticos de los comuneros iban madurando, la guerra seguía su curso, siendo especialmente virulenta a partir del incendio de Medina del Campo el 21 de agosto de 1520 por parte de los realistas, que hizo que muchos indecisos abrazasen la causa comunera. Los rebeldes convocaron la Santa Junta, máximo órgano de decisión de las ciudades alzadas, comenzando por tanto a organizarse de forma que de la sublevación espontánea se pasaba a la guerra de posiciones. La situación se tornaba tan extrema que el propio Adriano pidió auxilio al emperador, temiendo perder la guerra. Carlos V realizó entonces un movimiento acertado: nombró al Almirante y al Condestable de Castilla gobernadores del reino, atrayendo así a la alta nobleza a su bando. Además, realizó algunas concesiones, tratando de ganarse a los más moderados y aislando a los más radicales. Mientras tanto, Guadalajara quedaba al margen de los hechos bélicos: ni el duque tuvo tareas de gobierno en el reino, ni los comuneros alcarreños tuvieron una participación destacada en las milicias comuneras.

Tras el nombramiento del Almirante y el Condestable como gobernadores, el bando realista convocó a todas las ciudades con voto en cortes en Medina del Campo, tratando de reconducir la situación. Guadalajara envíó como procuradores a Juan de Urbina, Diego Esquivel,  y nada menos que al doctor Francisco de Medina, iniciador de la revuelta comunera local. No cabe duda que el duque había participado, o al menos consentido, el nombramiento de estas tres personas, lo que prueba su actitud contemporizadora con los rebeldes, a la par que se mantenía, al menos formalmente, leal al emperador. Los procuradores arriacenses marcharon hacia Medina, pero no dudaron en desviar su marcha hacia Tordesillas, para unirse a los comuneros, representando así a Guadalajara en las deliberaciones de los rebeldes desde septiembre de 1520.

Los últimos meses de 1520 y primeros de 1521 la situación comenzó a cambiar, y el apoyo de parte de la alta nobleza a la causa imperial, así como las disputas internas en el bando comunero, hicieron que la balanza se fuera decantando hacia Carlos V. El propio duque del Infantado acabó por apoyar abiertamente al rey, aun manteniendo un cierto contacto secreto con los comuneros, sin duda viendo que la victoria imperial estaba cada vez más cercana, lo que quedó muy claro cuando las tropas imperiales consiguieron arrebatar Tordesillas a los comuneros el 5 de diciembre, ciudad donde estaba recluida la reina madre Juana, única posibilidad de legitimación monárquica de su causa. Este apoyo del Mendoza (llegó a dar autorización para que se reclutaran 20.000 soldados en sus señoríos, aunque pagados por el rey) se debía además al deseo que tenía de que su hijo Martín “el gitano” (bastardo nacido de sus amores con una gitana), arcediano de Guadalajara, accediera a la sede arzobispal de Toledo. La sede toledana era también pretendida por el capitán comunero Antonio de Acuña, a la sazón obispo de Zamora, quien se había hecho con el control de la ciudad, tomado Alcalá de Henares en marzo de 1521 y sembrado el caos en varias poblaciones de Castilla la Nueva. Era preciso, por tanto, que los comuneros perdieran para que un Mendoza volviera a ser arzobispo de Toledo.

El consejo de regencia leal a Carlos V pidió al duque que interviniera contra Acuña, pues era uno de los pocos poderosos que podía parar a los comuneros en esta zona del reino. El duque no esquivó la petición, y se dispuso a prepararse para la guerra contra el zamorano, aunque lo cierto es que lo hizo sin mucha prisa, y solo tomó Alcalá de Henares cuando la causa comunera había sido derrotada en Villalar el 23 de abril de 1521, y sus capitanes, Padilla, Bravo y Maldonado, ajusticiados al día siguiente. Es posible que existiera un pacto no escrito entre Acuña y el Mendoza, de forma que no hubiera un enfrentamiento abierto entre ellos. Eso explicaría el respeto del comunero por las tierras del duque, y la tardía reacción del alcarreño ante las peticiones de los regentes de tomar Alcalá de Henares.

Tras Villalar, únicamente Toledo resistió a Carlos V, en parte gracias al imprevisto ataque francés en Navarra que obligó a las tropas de Carlos V a reaccionar para defenderse. No obstante, Toledo estaba aislada, y tuvo que acabar capitulando el 3 de febrero de 1522, después de una heroica resistencia bajo el mando de María Pacheco, viuda de Padilla. El emperador, decidido a pacificar el reino, emitió un perdón general que sólo excluyó a los cabecillas de la revolución, cuatro personas en el caso de Guadalajara, entre ellos el doctor alcarreño Francisco de Medina, que tuvo que exiliarse a Portugal durante unos años. Guadalajara, al haber contribuido en menor proporción al levantamiento, fue tratada con cierta benevolencia, posiblemente también gracias a la mediación del duque del Infantado. No obstante, eso no impidió que los guadalajareños recibiéramos un regalo un tanto humillante: un enorme escudo del emperador Carlos labrado en piedra, que debía ser exhibido en la puerta del Mercado (actual plaza de Santo Domingo) para recordar a todos quien mandaba en el reino.

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