De todas las dificultades que asedian al amor, la principal a mi entender, no es amar a los otros (lo que ya es meritorio) sino saber si nos amamos lo suficiente para vivir con nosotros mismos hasta el final sin ignorarnos, ofendernos, despreciarnos o traicionarnos. Al menos  tratar de herirnos las menos veces posibles. 

 

Todos los cuerpos que amamos durante la vida los sometemos a escrutinio en ocasiones. Y digo cuerpos pues  al fin lo que abrazamos en el amor es carne. Pienso que en esa escalada de cuerpos que con suerte amamos y abrazamos (suerte, sí, pues amar es una experiencia constructiva para la personalidad propia, es satisfactoria, es un motivo de vida y una fuente de emociones) hay un primer abrazo esencial e inolvidable, y habrá otro que cierre inexorablemente la cadena los cuerpos que abrazamos.

He de confesar que el primer cuerpo (ajeno, extraño, nuevo) que abracé, fue en mi primera infancia. No hablo de cuerpos familiares, pues esos para un niño forman un continuum sin emoción. El primer cuerpo fue el de una niña alemana aproximadamente de mi edad. Aquella niña que la casualidad -o más bien la historia- hizo coincidir con mi vida, venía de un mundo cruel, había perdido a sus padres y lloraba a menudo con una fuerza destructiva y un dramatismo solo equiparable a su dolor. Estas situaciones terribles, esas crisis intolerables que sufría Helga, están descritas en mi novela “Ella y Ninguna”. 

Pues bien, recuerdo uno de aquellos episodios en que Helga se  tiraba al suelo gritando, dentro de una oleada de dolor insoportable, episodios que me dejaban helada y paralizada  por el espanto. Pero  en una ocasión (no tendríamos más allá de cinco o seis años ambas) en que ella se tiró en una cuneta rabiando y gritando, yo la secundé. Me arrojé encima de ella, nos abrazamos  y lloramos desconsoladamente ambas rodando por el suelo; ella por su pena propia; yo por un dolor desconocido, que no era el mío pero que al sentir su cuerpo, extraño, agarrado a mí, se convirtió milagrosamente en el dolor de las dos. Lloramos y gritamos hasta quedar extenuadas y aquel día se acabó el sufrimiento de Helga. Nunca más cayó en otra de sus crisis.

Ese fue mi primer cuerpo. Después…después ha habido otros, cada uno con su desesperanza propia. Y todos sabemos cuántas veces hemos sido heridos o consolados por el dolor y también por la felicidad ajena. El amor es como una cesta de donde nuestra mano saca cosas sorprendentes. A veces sacas el premio gordo, como le pasó a Helga y a veces te equivocas peligrosamente. Por mucho que lo pienses nunca tienes asegurado el éxito. Bueno no me hagan mucho caso, yo soy bastante rara: no creo en la causalidad, solo confío en el azar.

Pero la vida transcurre y los cuerpos se agotan. A veces ya no hay cuerpos disponibles a los que abrazarse y entonces es bueno preguntarse ¿me amo yo?

Estoy releyendo a saltos El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Y esta reflexión de hoy sale de él. De esta frase que me ha hecho pensar y que pronuncia uno de sus personajes, Arnauti, hablando de Justina: “No hay dolor comparable al de amar a una mujer que nos ofrece su cuerpo y sin embargo es incapaz de darnos su verdadero ser, porque no sabe donde está”.

Y apostilla: “De noche se oye latir a su cerebro como un despertador barato”.

Que horrible castigo final olvidarse de una misma y por tanto dejar de amarse a una misma. Morir sin saber si somos o no somos, si fuimos o no fuimos nuestro peor enemigo.