En estas fechas, hay controversia entre nuestros ilustres políticos sobre si Cuba es una dictadura o no. Unos dicen que sí; otros, que no, y otros hacen como que no se enteran de la pregunta.

No voy a pronunciar aquí un veredicto sobre la verdadera situación; pero, como soy persona que presta más atención a los hechos que a las palabras, me baso en mis experiencias de los tres viajes que he hecho a la isla caribeña.

Un buen día, decidí hacerme trotamundos y vendí todo lo que tenía, compré un juego de maletas y me embarqué con ellas a Ecuador, como primera etapa y, cuando vi que ya no tenía grandes alicientes mi residencia en Quito, decidí meter todas mis propiedades en el juego de maletas y dar el salto a otros aires, eligiendo Cuba como destino, para quedarme allí durante unos meses.

Solicité el visado, que me concedieron sin problemas, y prudentemente, pedí a Cubana de Aviación un billete de ida y vuelta, por si pintaban mal las cosas y tenía que regresar. Agradezco todavía que, dada mi condición de profesional de la aviación comercial, no me cobraron ni un céntimo por el billete.

Al facturar el vuelo, empecé a encontrar algo sorprendente que no había visto en ningún otro aeropuerto: multitud de cubanos con paquetes y papeles con los nombres, dirección y teléfono de sus familiares o amigos, y nos rogaban que se los llevásemos. El contenido de estos paquetes solían ser bolígrafos, cuadernos y otras baratijas, tan escasas como necesarias en la isla.

Esa primera sensación de miseria contrastaba con el lujo que nos ofrecieron después en las pantallas del avión: hoteles maravillosos, autobuses modernos, excelentes playas, mesas con viandas suculentas y, en resumen, todo lo que pudiese apetecer a un auténtico sibarita.

Una vez ya en el aeropuerto, pregunté por los autobuses que iban a La Habana y me dijeron que el único medio de transporte era el taxi. Enseguida pensé que los medios de transporte de la isla dependen de una empresa, a la que yo llamaba Fidel Castro S.L. y otros, El Estado, y que era mucho más rentable obligar a los viajeros a coger un taxi, en vez del autobús.

Llegué un sábado por la noche y, al día siguiente (domingo) por la mañana, empecé a hacer gestiones para encontrar una habitación donde alojarme. Misión imposible: toda persona que alojase en Cuba a un extranjero en su casa tenía que pagar a Fidel Castro S. L. un impuesto de 200 dólares de Estados Unidos, lo que convertía el alquiler en algo imposible, por su carestía. También descubrí muy pronto que allí había dos tipos de vida: el de los turistas, a todo lujo, y el de los cubanos, a toda miseria, con diferentes monedas para cada uno de ellos.

Con estas experiencias, adquiridas de una forma tan rápida como contundente, me di cuenta de que no podía quedarme allí y, como el vuelo de Cubana que hacía la línea de La Habana a Quito operaba solamente los sábados, aproveché esa semana para hacer turismo y olisquear un poco cuál era la realidad o, mejor dicho, la triste realidad.

Como toda actividad turística estaba controlada por Fidel Castro S. L., los turistas nos veíamos obligados a soportar en los autobuses la perorata inacabable del guía, que loaba las grandezas de lo que llaman Revolución. En una parada, aprovechando que el guía se encontraba solo y aislado, me acerqué a él y le pregunté: “¿Pero tú te crees lo que estás diciendo?”. Su respuesta fue de una claridad meridiana: “Yo digo lo que me mandan y no quiero problemas con Fidel”.

El cubano, cuando confía en un interlocutor extranjero, especialmente si es español, da rienda suelta a su necesidad de desahogo, lo que me facilitó la posibilidad de enterarme directamente de lo que ocurría en la isla. En mis distintos viajes he conversado con personas que lucharon junto a Castro y entonces lo maldecían a él y su Revolución. Para ellos, antes era un héroe y después, un criminal que se ensaña con su propio pueblo. Uno de estos combatientes del principio de la Revolución me contó que, en cuanto se manifestó como disidente, lo encarcelaron y lo condenaron a muerte. Llegado el momento de la ejecución, le vendaron los ojos y se oyó un disparo. Él, después de aquel susto terrible, quedó sorprendido y pensó: “Pues es verdad que el alma es inmortal, pues me han matado y sigo pensando como si estuviese vivo”. Este simulacro de ejecución era una de las diversiones de las huestes castristas.

Oficialmente, en Cuba no hay prostitución; pero, si te das un paseo por el Malecón, comprobarás enseguida que es uno de los principales medios de ingreso de divisas. Y, sobre este tema, tengo una experiencia aún más significativa. Caminando por la acera, tuve que pasar por delante de tres mujeres que estaban sentadas. Una de ellas quiso entablar conversación conmigo y, al ver que yo me marchaba, me dijo: “No tengas miedo, que yo no quiero nada; pero aquí tienes a mi sobrina…”. Sin embargo, el sistema deja bien claro que en Cuba no hay prostitución y que todo lo que se diga sobre ella son recursos capitalistas para desprestigiar a la Revolución.

En uno de los viajes, me alojé en una casa particular que me recomendó un amigo de allí y en aquella casa había una anciana de 82 años, que repetía obsesivamente: “Hablad en voz baja”. Tenía pánico a que alguno de los vecinos perteneciese al CDR (Comité de Defensa de la Revolución) y pudiese dar el chivatazo de nuestra conversación. Esta misma señora me confesó: “Con Batista no vivíamos tan mal como ahora”.

Estuve un día en casa de un médico que me explicó cómo eran sus ingresos mensuales (unos 20 €) y que los médicos eran para el régimen producto de exportación, pues se veían obligados a ir a cualquier país a donde los mandasen; pero sin recibir una mejora en sus emolumentos, recaudados por el régimen. En su casa, se había comido la carcoma los cercos de las puertas y tenían el cuarto de baño cerrado con una cortina que colgaba, porque no podían arreglarlo.

Los cubanos tienen  miedo a sus vecinos, a sus amigos y hasta a sus hermanos. No se fían de nadie en absoluto. Una vez pregunté a uno por libros sobre la Revolución que quería comprar y me recomendó que fuese a ver a un amigo suyo de la infancia; pero me pidió que no le dijese que me había dado el su dirección, porque, a pesar de ser amigos desde la infancia, no quería exponerse por si era uno más del sistema.

Cuando vivía en Sudamérica, oía alabanzas de la sanidad cubana e incluso que algunas personas iban allí a curarse. Todo era propaganda engañosa de las bondades del régimen: la asistencia de los hospitales deja mucho que desear y las farmacias estaban completamente vacías.

Un cubano no tiene allí categoría de persona. Entré una vez en una tienda, a comprar una botella de agua, y la encontré llena de gente. Quedé, más que sorprendido, anonadado, cuando la señora que despachaba se dirigió a mí de inmediato para atenderme, sin considerar a los que estaban ya esperando antes que yo. Después me enteré de que tienen la obligación de servir inmediatamente a los extranjeros y hacer que esperen los cubanos.

En cuanto al transporte, tres cuartos de lo mismo: autobuses y taxis cómodos y nuevos para los turistas y carromatos desvencijados, para los cubanos, con grandes multas para el taxista que diese servicio a un cliente de categoría diferente a la que tenía asignada su vehículo. Lo mismo ocurría con los hoteles: tenían tajantemente prohibido pisar en un hotel de turistas.

Todo lo que cuento aquí son algunas de las experiencias que he vivido yo mismo en persona y no cuento más cosas, no porque se haya agotado el tema, sino por no hacer mi relato casi interminable. 

La defensa que hacen del Castrismo algunos de nuestros honorabilísimos, honestísimos e inteligentísimos políticos y los oídos sordos de otros me ponen ante un complicado dilema y tengo que preguntarme:

¿Hay en Cuba una dictadura, sí o sí?