El blog de la señora Horton

Nuestros animales

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Suelo ir cada año, en otoño, a Maastrich, en Holanda. Y cada año tengo que escuchar la misma pregunta:  ¿qué os pasa en España con los galgos?

 

Los galgos españoles son refugiados de guerra tanto en Alemania como en Holanda. Y esto sucede porque nosotros los maltratamos concienzudamente: los cazadores los usan, los abusan y acabada la temporada los cuelgan miserablemente de los árboles. Por el cuello. Y  decoran el bosque con sus lúgubres esqueletos de modo que si te das un  paseo otoñal se te aparecen como harapos al atardecer.

Esa muerte cruel aún es más piadosa que el abandono. Y el abandono es otra de las prácticas tipical spain. Porque está claro que los españoles no amamos a nuestros animales. Y si alguien niega este  aserto debe saber que él es una excepción, porque lo repito: los españoles no aman a sus animales…y  si aún no lo creen les reto a que miren las estadísticas de la vergüenza: este año casi trescientos mil animales de compañía han sido abandonados en España.

Este comportamiento dicen que se debe a la incultura. Sí, a la incultura se deben la mayoría de los males sociales y es que las virtudes ciudadanas se cultivan con la educación, pues la educación nos saca de la cárcel del  egoísmo paleto y nos deja ver el mundo y a sus criaturas. Por este procedimiento descubrimos que no estamos solos…¡anda, qué sorpresa, resulta que hay cosas buenas y bonitas fuera de mí! piensa el tonto de baba que se creía el rey del mundo quizá porque no se había mirado al espejo. Pero también han colaborado a ello las religiones, especialmente las monoteístas pues a nuestros dioses no se les ha ocurrido dotar de un poco de alma a estos parientes cercanos a los que despreciamos ya que nos hemos creído eso de que somos hijos de dios y ello nos da derecho a masacrar a animales y a plantas y luego acostarnos tan contentos. Y llamamos burro a un idiota cuando deberíamos llamar idiota a ese burro.

No es este el momento para hablar de ello, pero el maltrato animal suele conducirme a esto que ahora llamamos violencia de género: en el fondo de todos los cabrones esta esa idea infundada de superioridad, idea que no resiste el más mínimo análisis racional, pues el que abusa y abandona no solo es en el fondo un pardillo sino que cada acto violento pone al descubierto la debilidad de una persona que vive maniatada y dominada por sus peores impulsos, por  su cólera, por su envidia, por su tristeza, que son realmente sus dueños. Solo un hombre bueno es un hombre libre, como ya dijo Filón de Alejandría.

No puedo dejar pasar, ya que me he metido en este fregao, el tema de las fiestas populares. El toro de la Vega, alanceado hasta morir por los vecinos, la cabra denosedonde a la que tiran desde un campanario…un pato al que en el colmo de la alegría le arrancan el cuello…en fin, que los españoles no aman a sus animales porque los desprecian pues piensan que son inferiores y eso creen que les da el derecho de tortura.

Si dios hubiera sido sensato, habría puesto unos gramos de alma en ellos, por lo menos cien gramos de alma ya que a nosotros nos ha dado ciento veinticinco: así me libraría a mí de la vergüenza anual que paso cuando a finales de otoño voy a Maastrich y me preguntan por los galgos.


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