El blog de la señora Horton

O nosotros o los estrafalarios

Rajoy acaba de plantearnos una alternativa curiosa: "O nosotros o los estrafalarios".

Esta frase chusca parece identificar  nosotros con orden y estrafalarios con caos, pero no lo crean:  nosotros es lo de siempre y  estrafalarios es lo nuevo.

Dos ejemplos.

Uno: miren al Papa. Es un mandatario destruido y su pequeño reino terreno precisa una mano fuerte que lo gobierne, que él ya no tiene. Ha decidido dimitir por razones muy humanas: la vejez, la enfermedad, la traición de los compañeros, los problemas políticos que le superan y el cansancio. Todo muy sensato y lógico, razones de peso... que pertenecen al mundo laico en exclusiva.  El mundo divino es todo menos lógico y sensato.

Lo que sucede es que el Papa es el representante de la divinidad en este mundo, y la divinidad no dimite: le está totalmente prohibido dimitir. Y es que no se puede tener un pie en la tierra y otro en el cielo sin caer en serias incompatibilidades

Pues a mis cortas luces, entre ambas obligaciones prima la celestial. La divinidad ha de pasar por el monte de los olivos, ha de sudar sangre, ha de aguantar que le dé la espalda la autoridad cuando le suplica que le endose a otro ese cáliz y ha de dejarse azotar, insultar y crucificar por una colección de mangantes y mendrugos de la peor laya. Eso está en el sueldo de la divinidad. Y el Papa la representa: ergo el Papa no puede dimitir sin menoscabo de aquello que representa.

Dos: miren a Rajoy. Es un mandatario destruido y su pequeño reino precisa una mano fuerte que lo gobierne y que él ya no tiene. Pero ha decidido no dimitir por razones muy políticas: amor al poder y sus doradas secuelas y razones de partido. Todo muy sensato, razones de peso... que pertenecen al mundo personal en exclusiva. Lo que sucede es que Rajoy es el representante del pueblo y cuando no se le sabe representar, entonces hay que dimitir. Y es que no se puede tener un pie en el partido y otro en la calle sin caer en serias incompatibilidades.

Pues a mis cortas luces entre ambas obligaciones prima la calle. La calle es quien  le dio el empleo y el gobernante tiene que pasar por el monte de los olivos de la Carrera de San Jerónimo sin un parpadeo, ha de sudar sangre en Europa con una sonrisa, ha de limpiar su propia casa de ladrones y dejar de lado todo tipo de artimañas, líos y excusas. Ha de dejarse insultar y abuchear por sus empleadores irritados. Y tiene todo el derecho a dimitir y debe dimitir para no incidir en el menoscabo de los que representa. Y esto va también por la leal oposición, o sea, por Rubalcaba.

Lo que pasa es que llega el momento en que los representados abominamos de los de siempre y en nuestra desesperación ansiamos echarnos en brazos de los nuevos.

–O nosotros o los estrafalarios.

–Los estrafalarios, por favor.

 

Sr. Horton

El embudo
DE LO QUE YA NO QUEDA