El blog de la señora Horton

¡Ojo al campo!

b2ap3_thumbnail_laga.jpg Escribir es una manera de introspección, pues no vaya a creerse que quien escribe sabe de antemano lo que piensa de aquello sobre lo que escribe: lo va descubriendo según esos temblorosos signos, que son las letras, avanzan con sus pies negros sobre la blancura del papel. Incluso lo que se afirma y firma y rubrica no agota todas las facetas del asunto, pues nada hay fijo y seguro, y hasta las más graves cuestiones vienen iluminadas por determinadas luces que, al variar, les arrancan otras imágenes; ni siquiera los mandamientos de la ley de Dios, ya que aún esos han merecido los larguísimos y confusos pies de páginas de todos los códigos penales, pues qué otra cosa es un código penal sino un comentario puntilloso a los viejos diez mandamientos.

 

Todo este preámbulo que sobra y que es obvio, viene a cuento del pasmo que me produce, llegadas estas fechas, la utilización que el urbanita hace del campo. El campo para el urbanita automovilista tiene poco que ver con lo que es el campo para quien lo habita o sea, para el rústico. Para aquel es lo que queda a los lados de la carretera; un terreno despreciable, llenos de matojos sin orden ni concierto, habitado por bichos que pican y se meten en la tortilla de patatas, plagado de árboles dispuestos para dar sombra a los vehículos y para sacudir sus alfombrillas.

Por el contrario, para los que lo habitamos, el campo es un espacio absorto, que cambia según caen los dados de Dios. Ciudadanos diminutos tejen una trama de vida, leyes y costumbres, entre los brotes vegetales y todo queda enlazado al orden de las posturas nada aleatorias del sol y la luna, de manera que en el campo ningún insecto de vida diurna trasnocha sino es para una emergencia y viceversa. Todo tiene un sentido y su belleza final es producto de una matemática sin fisuras.

El urbanita inexperto puede también acercarse a esta otra imagen del campo, como el escritor que avanza casi a ciegas sobre la cuartilla. Puede dejar sus malas mañas de hombre avisado y penetrar el campo, no para hacerse una paella, grabar un video de primera o fregar las veinticuatro benditas válvulas, sino para escuchar un trajín distinto, la otra canción del mundo. Además, en lo más hondo del cerebro del hombre, en la cueva del palencéfalo, aún suena, lejana, esa música, pues -aunque no le guste- antes de automovilista, el urbanita fue un chimpancé y antes un ave…incluso un lagarto.

Así que menos ínfulas.

señora Horton.

 

Lecturas poéticas
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