El blog de la señora Horton

Operación bikini

Dentro de cada gordo hay un delgado, dentro de ese delgado hay un anoréxico, más hondo vive un caquéctico y más adentro aún, un cadáver. Esta falsa concepción del cuerpo-cebolla es la concepción actual e histérica del cuerpo. No es sin embargo nueva la identificación que hace el hombre entre gula y pecado y dieta y virtud, hasta tal punto que la belleza, que es el bien último al que el cuerpo puede aspirar, la belleza que trasmite el arte desde antiguo, coincide en  noventa y nueve  ocasiones de cada cien con la delgadez y no con la obesidad -si exceptuamos a Rubens, a Botero y a aquellas princesas africanas cuyo encanto reside en pesar más de ciento cincuenta kilos con los que atraen a sus enamorados en el momento en que estos escuchan en la selva su respiración jadeante-.


Mi cuerpo -dice el filósofo- es el lugar geométrico de mis sensaciones orgánicas, es la atalaya desde la que observo al mundo, es el único cuerpo de los que conozco que responde a mi voluntad. Un impulso busca la felicidad para mi cuerpo, pero en el momento en que le pregunto qué clase de felicidad busca para mí, empiezan las dudas, los interrogantes y las sutilezas. Trato a mi cuerpo como si no fuera el cuerpo quien tuviera el impulso, sino el impulso al cuerpo, al que (cito textual) "colorea según las circunstancias, rojo de ira, verde de rabia, amarillo de envidia; como si fuera un trozo de tela".
Pero este filósofo no acierta, ya que añade que cuando como, lo único que queda satisfecho es el cuerpo y yo quedo igual. No, cuando come mi cuerpo y come bien, la satisfacción la compartimos ambos, mi cuerpo y yo. Lo único que no compartimos (y esta debería ser la prueba final de la realidad del dualismo) es lo que viene luego: el dolor por los kilos que, comiendo, le he echado encima a mi cuerpo. Ese es un padecimiento particular del espíritu cogido en falta, arrepentido y con  momentáneo propósito de la enmienda. Cualquier mujer -que es de los dos géneros quién mas siente su cuerpo - puede confirmarle al filósofo lo que digo.

 

Estamos en la carrera de salida para eso que los imperios textiles llaman "operación bikini". Te pones a adelgazar y enseguida puedes hacer pandilla con media Guadalajara. Te encuentras por las esquinas con gente al grito de ¿qué tal lo llevas?  y sospecho que en muchas barras me echarán de menos esta temporada.

Pues la realidad es que no nos gustamos gordos. Solo le gustamos a Botero, que escucha los jadeos de sus mórbidas princesas en mitad de una selva asombrosa de bombones y patatas fritas. Este artista de la celulitis parece embobado por un muslo relleno de mazapán o por la almohadilla de un abdomen conseguida a base de la acumulación de líquidos alcohólicos. Pero no le secundamos, hacemos más caso de esos anuncios grimosos de Danone que nos quiere meter al precio que sea sus activias.

Un sueño impostor tiene agarrado a nuestro cuerpo por donde más le duele y solo Botero se cuela por nuestro castigado aparato digestivo que es un aparato aéreo y hueco coronado por un par de agujeros. Desciende con sus pinceles por ese rojizo laberinto abierto, y allí, en el mismísimo infierno se encuentra con Orfeo, que también va en busca de Eurídice.
Y nada más pasar el yeyuno ambos se dan de bruces con ella, engolfada en un banquete de Biomanan.
Señora Horton

Virus primaverales
Muy inocentes