El blog de la señora Horton

Hacienda otra vez

De siempre, cuando tocaban las campanas de Hacienda los contribuyentes nos poníamos a hacer remilgos  puesto que es verdad, como dice el sabio, que conservarse en su ser es el apetito fundamental de toda persona. El patrimonio entregado, aún para favorecerse a sí mismo con las obras públicas, la sanidad, las comunicaciones y los demás asteroides del universo nacional, lo experimentamos como un menoscabo de ese ser que deseamos conservar.

Dicho de otra manera: en el fondo el hombre actúa solamente con miras al propio interés (que no es solo el interés por la pela, puede ser por ensoñaciones incluso generosas, que hay raritos por ahí que se lo pasan chachi con la bondad) que no es otro que el interés por ser feliz y le gusta poco que otros se tomen trabajo para hacerle feliz puenteándole.

O sea, desprenderse de un dinero propio para que otros se lo gasten en la felicidad aunque sea la propia, fue antes soportable, pero empieza a ser heroico cuando se observa que nuestro dinero no revierte en nuestra felicidad sino en la del prójimo. Y los prójimos crecen como las setas en el sotobosque: por los tribunales los conoceréis. Y eso sin contar con los políticos que si los sumamos los de las setas del sotobosque, la cantidad queda ridícula: tendríamos que contarlos por bancos. De sardinas, quiero decir.

Al contribuyente español que lee algún periódico y ve los telediarios se le hace muy cuesta arriba hacer la declaración de la renta en medio de un gallinero acosado por los zorros de norte, del sur, del este y del oeste. Claro que dados los tiempos, la declaración que nos sale es más  corta que una jaculatoria.
El contribuyente en estas circunstancias ha de mantenerse en el difícil equilibrio entre la santidad y la locura que emanan de la incoherencia nacional. La corrupción no es solo una cuestión política y ética, es una cuestión de salud personal porque a las almas no se las puede exprimir impunemente como a los bolsillos, y la ira por más que la tengamos algunos contenida, no hace buenos ciudadanos, sino terroristas en potencia.

Para templar esa cólera hay que situarse por encima de las circunstancias, sobrevolar un paisaje de rufianes llevando, angelicalmente, nuestro óbolo para la patria. A la hora de pagar se impone la necesidad de que nuestros pensamientos salgan de nuestra mente tan depurados como sale la harina cernida de un cedazo espeso, como decía el Dante (creo).

No es culpa nuestra que nos cueste tanto en el día de hoy soltar la pasta. Por causas ajenas a nuestra voluntad y conocidos de todos -no voy a insistir- los actos más sencillos y razonables se han convertido en manifestaciones extraordinarias de virtud. En este país de ladrones pagar a Hacienda de grado significa ser un ángel patudo ...y algo trastornado.

Pero así es el circo: en las gradas, el Cesar y sus amigotes, con las arcas del estado vacías esperan la aparición de los mártires, las vírgenes, los desahuciados y compañía que salen a la arena con sus ahorrillos. Suena el clarín y aparecen los leones hambrientos a hacer caja. Ruge el respetable y el Cesar inclina el pulgar.

Qué remedio: vayamos a Hacienda entonando salmos y con ojos de cordero degollado pues al final de la pelí  los que ganan son los cristianos y la chica acaba casándose con Ben Hur.
Pero no entonemos salmos del pasado: mientras escribía esto he escuchado a Calamaro y creo que la letra que me mola y que dedico a Hacienda en el día de su cumpleaños es esa del bolero que dice: es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo...
A este trance  hay que ponerle música, al menos.



Que no te lo cuenten
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