Aviso Gorra

Para Juan Antonio Martin Carraux

Yo tenía 17 años y tú no tenías edad. A tí se te había quemado el Chaplin y las noches de magia con Tamariz y la Mandrágora y a mí me nacían las ganas de ser periodista. Y tú me embaucaste, junto a Pedro Lahorascala, con tu labia, en la aventura de escribir Todo sobre Guadalajara, y en eso sigo. Así nació nuestra amistad, Juan, hace ya tanto tiempo…

Claro que nos conocíamos de antes, yo era la chica del Metralla y de la Mamen, y tú Martín Martín, o Martín Carraux que cada cual te colocaba los apellidos como quería. Pero fue en aquellas noches madrileñas y alcarreñas, trabajando hasta la madrugada, pariendo aquella revista, con tanto corazón, temeridad y esfuerzo, que luego apenas nos duró un año y medio, donde se fraguó nuestra larga amistad.

 

Tú eras mi jefe, y vaya desastre de jefe, posiblemente el peor que he tenido nunca, aunque el mejor maestro. Cambiaste mi timidez por desparpajo, mi asombro por curiosidad y me enseñaste que en esta profesión vale más una buena pluma que mil toneladas de papel couché, y que lo que se quiere se puede. Toda una lección para ser periodista y también para vivir la vida.

Todavía recuerdo como me empujaste, literalmente hablando, para que levantara el culo del asiento y me atreviera a ponerle la grabadora, al entonces todavía no Nobel, pero si borde redomado, Camilo José Cela, cuando estábamos en Cifuentes en ese segundo viaje a la Alcarria con la choferesa negra.

Fue mi primera entrevista en prensa escrita y eso no se olvida, aunque hoy puedo confesar que si no es por ti y tu empujón, no la hago.

Luego el tiempo nos separó y nos juntó otras muchas veces, porque ese lazo de amistad siempre permitía que volviéramos a encontrarnos, ya fuera en Cuenca, o en la sala Galileo de Madrid, disfrutando de nuevo de Tamariz, en la reinauguración del Zoika, en la Malquerida con pulseras peruanas, o en el Miguel Ángel haciendo trucos a la hora del vermú.

Sumaste a nuestra amistad a Julio, y a mi hijo, porque tenías muy largos los brazos, tanto que todavía eras capaz de abrazar a miles de kilómetros de distancia cuando empezaste tu aventura del Juan viajero.

Y tú, que sabías la envidia que me provocabas, con esos viajes de destino incierto, siempre compartías los relatos y las fotos, primero por mail y luego por esas redes sociales. Pero de vez en cuando sonaba el teléfono, y eso significaba que ya estabas aquí de vuelta, y volvíamos a vernos cara cara, sólo que tú traías un bronceado del Pacífico y en Guada estaba nevando.

Y siempre nos retabas a levantar el vuelo contigo, aunque Julio y yo aplazábamos el compromiso y nos conformábamos con que fueras nuestro corresponsal en el extranjero, mientras apurábamos esos ratos fugaces de cercanía.

Me acabo de enterar que te has marchado esta vez demasiado lejos. Que ya no habrá llamadas y que la cercanía o las distancias tendrán que alimentarse ahora de recuerdos. Te has ido desde Bali, y como siempre sin despedirte, así que yo tampoco pienso decirte adiós. Y mucho menos quiero hacerte un penegírico, que todos sabemos, y tu el primero, que eres un saco de defectos, con una única y enorme virtud, la de saber querer.

Y esto lo escribo, sólo porque necesitaba decirte una vez más, que te quiero amigo.

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