Un zángano en el palmeral

PARA LA TERNURA SIEMPRE HAY TIEMPO

No sé si la felicidad, pero un rato de paz común, por ejemplo, se consigue, desde la quietud, contemplando las evoluciones ajenas, una tarde de domingo, antes de que decline el día. Inmóvil, sentado sobre el artefacto que te permite caminar- es mi caso- mientras la recuperación prosigue, en una plaza. Los demás dan lugar a historias, se mueven para que reproduzcamos lo advertido confiándolo a quienes nos plazca e incluso dan lugar a cuentos y novelas… O son su semilla, en ocasiones. Es lo que, unas veces bien elaborado y otras no tanto, se ofrecerá dentro de muy poco, en el Maratón de los Cuentos de Guadalajara…

Cuentos antiguos y modernos, narrados de viva voz, emulando a los autores originales o servidos tras haber sido ideados por aquel que suba al escenario del Palacio del Infantado- de nuevo la casa de todos- para compartir la palabra- y todo lo que conlleva- con quienes se sientan, tranquilamente, a escuchar… Y dije, al principio, de esa oportunidad que ofrece la vida para reunir personajes y sucesos como los que se encuentran en la literatura y en todas las artes: también en la narración oral. Es un aspecto que invoco con alegría, aunque este año será imposible que acuda a esta convocatoria- número treinta- pues todavía no soy dueño pleno de mis habilidades físicas: sufrí Covid19, dos meses en la UCI, y ahora- desde hace meses- estupendamente asistido, entreno mi cuerpo en pos de una rehabilitación definitiva. No diré más. No es el objeto de esta parrafada. Baste como referencia informativa que explica, entre otras cosas, que no cumpliera con mi palabra durante las navidades pasadas de escribir un segundo cuento. Lo importante en estos momentos no son mis circunstancias personales, sino la oportunidad de recordar y felicitarnos porque el Maratón y Guadalajara siguen disfrutando de una razonable salud… Yo no he preparado un cuento, pues ya queda dicho que no podré estar presente en esta edición, pero tengo algo que contar, acto seguido, como “aperitivo” de esta fiesta que comienza a mitad del mes de junio… La niña, de una edad que no sabría precisar- nunca se me dan bien estas cosas- diminuta pero no tanto como para emplearse con suma energía en la persecución de cuanta paloma advertía en el parque, recorría, al trote, todo el espacio. Su padre vigilaba siempre desde el mismo lugar: unas veces cerca, otras muy alejado; dependiendo de las evoluciones de la niña. Naturalmente, había otras criaturas, dedicadas a entretenimientos variados o juegos que daban lugar a una música perfectamente reconocible. Uno de estos otros chavales, no mayor de estatura que la joven peregrina antes aludida, obraba con notable empeño haciendo alarde de su capacidad para removerlo todo, por ejemplo, cuando agitaba uno de los balancines de la zona recreativa, cual si quisiera arrancarlo de sus anclajes. Precisamente, llamó su atención el mandado que la niña realizaba, avisando a su padre- constantemente en su sitio- de que una paloma, sobre el suelo, a apenas dos metros y medio de ella- o tres- estaba en disposición de ser tomada. Él, dio dos pasos- o tres- dirigiéndose a la paloma y, valiéndose de la más oscura resonancia de sus cuerdas vocales, profirió un grito que asustó al ave. La niña mostró cierto desencanto y se sentó en el banco desde el que segundos antes hacía urgentes señales a su padre. El muchacho se acercó e iniciaron una breve conversación que me está vedado reproducir porque no todo lo que se conoce debe ofrecerse sin cortapisas: la intimidad manda, aunque no sean estos tiempos buenos para la intimidad. El caso es que, después, ella regresó a sus palomas y él a someter las infraestructuras municipales. Así estuvieron un buen rato, tiempo que cesó cuando los padres del chiquillo decidieron dar por finalizada la sesión. La niña se dio cuenta del hecho y, muy alarmada, llamó: ¡Niño! Corrió un tanto hacia el lugar por el que su recién conocido abandonaba el recinto, se detuvo para implorar a su padre, ya lastimera, y… pongamos que se llamara Bam Bam, como el hijo de Betty y de Pablo Mármol, de la serie de animación “Los Picapiedra”, Bam Bam, percibiendo la desesperación de su amiga, se deshizo de las manos que lo llevaban para acercarse y decir adiós mediante ese viejo gesto que nos enseñan en la infancia: abriendo y cerrando los dedos, sobre la palma de la mano, varias veces… No tiene importancia la ternura, pero es así hasta que la tiene. No diré más en esta ocasión. Gracias por la lectura.

Con el cuento
Cuando 'Campo Bravo' actuó con casta… empresarial