Tauromaquia

Peregrinando en pos del Buen Toreo...

cuevasbien

El checano Juan Arrazola, con los hermanos Ortega y el regalo del traje para Madrid.

Ese..; el que está ya en busca y captura desde hace demasiado tiempo por los auténticos aficionados a La Tauromaquia; que no a los toros. Ese..; el que al contemplarlo nos hace chiribitas por la barriga y nos llega al corazón y en el se arrebuja para alcanzarnos el alma. Ese..; el que te da vida y la fuerza necesaria para que cuando se anuncia, aunque sea en La Carlota cordobesa, te hace ir por esta piel de toro de arriba abajo y de abajo arriba para disfrutarlo aunque sea de corto. Ese toreo.., como el que atesora Juan Ortega.

Afición llegada de: Barcelona, Zaragoza, Soria, Checa, Sigüenza, Guadalajara, Aljalvir, Madrid, Toledo, Jaén, Córdoba, Sevilla, Jerez, Málaga.., sin olvidar la hermana México; agrupados en seguidores de un torero nacido en Sevilla, pero también con sangre del Señorío de Molina...

Y entre ellos, añejos toreros y gente del mundo del toro al reclamo de todo lo dicho para contemplar la lidia de dos reses bravas del ganadero Román Sorando, en un lugar de La Campiña cordobesa que rememora con su nombre y escudo, la gran historia política de colonización y acogida de Carlos III: La Carlota. Aquellas tierras que eran en el siglo XVIII un desierto humano desde el valle del Guadalquivir hasta Sierra Morena.

Allí vimos ese toreo del bueno; y a un gran novillo y a un toro que al sentirse dominado, al finalizar el inicio de la faena, dijo que aquello era más que suficiente y se buscó el cariño de la tapia. Variedad de los comportamientos para calibrar el estado de gracia y dominio de un torero, maltratado, entre otras, por las empresas de Sevilla y Guadalajara; curiosamente sangres de su sangre.

Un Ortega con un hacer fácil, resuelto, natural, personal y por tanto intransferible, con su estética colocación y un singular manejo de los vuelos de los engaños. Un Ortega esforzado ante las exigencias de la bravura, la casta y la profundidad de la embestida por el izquierdo, que enseñoreaba el excelente utrero; poniéndole a prueba, hasta que le sacó una serie de naturales que allí quedaron. Con la diestra, un gran temple y pulcritud.

Un Ortega que al final de su faena se enfrontiló para matar; y, con seguridad, ortodoxia, guapeza y dominio dejó para el recuerdo una gran estocada que en un suspiro y sin agonía, (como debe ser), acabó con el cuadro de una obra bien hecha de principio a fin y que en Madrid se premia con trofeo. Aunque no medie mayor mérito en la faena.

El curioso pelaje del melocotón capirote en colorao, que gastaba el toro, envolvía una noble embestida y unas esperanzas que se esfumaron después de un dos en uno, desde el caballo, que no tuvo justificación. Así que, según lo ya dicho, la función terminó antes de lo deseado por todos...

Tan lucida secuencia, tuvo continuidad con múltiples conversaciones junto a personajes taurinos asistentes, lo que hicieron mucho más deliciosas las viandas preparadas con generosidad y esmero, en los amplios altos del pequeño graderío circunvalante. Una

exquisita antesala a la posterior celebración con entrega al torero de un precioso terno verde oliva y azabache, para que el Domingo de Resurrección, en Madrid, le lleve a la gloria taurina. Una muy interesante charla brillantemente dirigida por el periodista cordobés Antonio L. Aguilera, sobre Manuel Jiménez Chicuelo por el centenario de su alternativa, cerró una jornada cerca de las 19 horas para emprender regreso a Córdoba.

Como remate al entrañable viaje, el domingo, el maestro periodista Aguilera, con gran generosidad, se convirtió en esplendido guía por la Córdoba de los Califas taurinos; esa a la que sus naranjos embriagan de azahar por primavera. Del resto del año.., del resto del año ya se encargan los románticos aromas toreros de los cordobeses: Lagartijo, El Guerra, Machaquito y Manolete; y ante semejante desleal competencia, algunas veces, los celosos naranjos se reviran.., florecen; y... otoñean.

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