Apuntes de un becario

Por España: ¡No a los toros!

Menuda se ha montado con la decisión adoptada el pasado miércoles, 28 de julio, por el Parlamento autonómico de Cataluña. Se han prohibido las corridas de toros en las cuatro provincias catalanas. Ni más ni menos. Y la aprobación de la medida se ha producido por una mayoría apabullante: 68 votos a favor, 55 en contra y nueve abstenciones. Sin duda, el resultado fue claro.

A partir de este momento, se ha armado un revuelo que ni los casi cinco millones de parados lo han podido frenar. Que el vacuno de lidia se va a extinguir, que se ha cercenado la libertad, que es una decisión que roza lo dictatorial… He oído de todo, y mientras tanto, la corrida que tuvo lugar el domingo 1 de agosto en la Monumental de Barcelona –la primera de la era antitaurina– consiguió una ridícula entrada. Esa es la afición a la mal llamada fiesta nacional existente en dicha región.

En este sentido, hay que recordar que durante 2009 en Cataluña sólo hubo 20 festejos taurinos, y todos ellos concentrados en Barcelona. Nada en comparación con los 284 que hubo durante ese mismo periodo en Madrid o los 56 de Guadalajara, donde si existe una tradición más arraigada.

Pero, sin duda alguna, el argumento que más gracia me ha hecho es aquel que afirma que esta decisión procede un contubernio nacionalista–ecologista, y no sé qué más. No hay duda que habrá existido algún sector muy minoritario que haya aprovechado que el Pisuerga pasa por Valladolid –o el Llobregat por Hospitalet–, para marcar diferencias con lo que consideran un Estado ajeno. Sin embargo, dudo mucho que las 180.000 firmas que respaldaban la Iniciativa Legislativa Popular procedieran en su totalidad de ciudadanos separatistas. Hacer esta aseveración equivaldría a desconocer ampliamente el panorama político catalán.

Otra cosa diferente sería debatir en torno a la conveniencia de prohibir algo que está tan de capa caía como los toros. No hay duda que las cosas que caen por su propia evolución, su desaparición es definitiva –o, por lo menos, más prolongada en el tiempo–. Pero aquí hay una diferencia sustancial: si esperamos, los toros seguirán sufriendo y muriendo en las plazas.

Por todo ello, y como la apuesta hecha por el Parlamento catalán no supondrá ni mucho menos la desmantelación del país –Canarias lleva 20 años sin toros, y el archipiélago sigue siendo español, que yo sepa–, defiendo la abolición adoptada la semana pasada. Ahora sólo me queda esperar que en el resto de comunidades autónomas emprendan el mismo camino, para poder avanzar en el respeto a los animales. Mientras tanto, yo, al no gustarme tampoco los separatismos, defenderé aquello de “por España: ¡no a los toros!”.

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