Cuando nos interrogan en busca de afinidades, gustos y preferencias a fin de reunir una serie de datos mediante los que advertir el rastro definido de lo que podríamos ser, cuando nos invitan a presentarnos y compartimos emociones, simpatías o pertenencias, existe una tendencia a la duda pues nos resistimos a dar por terminada una selección- imposible de concluir- sin que residan en ella todos los factores, todos los matices, todas las concurrencias que creemos harán falta para identificarnos. Y, vistas así las cosas, admito ser de esa comunidad más inclinada a distinguirse anteponiendo públicamente los desencuentros, lo inadmisible…

 

 Por ejemplo, no me gustan los niños. Lo he dicho siempre. La infancia es útil- confieso que fui chaval, pero me he curado- y factor de prosperidad conforme al dictado bíblico: “Creced y multiplicaos”… Son encantadores cerca de mí no más de cinco minutos- familia incluida- porque al finalizar ese plazo toda otra atención y servidumbre corresponden a sus padres: que les aguanten ellos… Por cierto que, son niños para mí, también, los adolescentes… Dicho esto, no me gusta ir de compras, no me gusta la decoración, no me gusta la moda, no me gusta las multitudes, no me gustan las manifestaciones, no me gusta la mar brava salvo que esté en secano y a salvo de sus iras, no me gusta la vociferación, no me gustan los dueños de las mascotas, no me gustan los ciclistas que circulan por las aceras, no me gusta el empleo de atronadores modos para la diversión pública o privada a costa de quienes no se suman al jolgorio, no me gusta el pescado como plato de cocina porque temo las raspas, no me gusta el uso indiscriminado y cargante de la palabra “casta” y lo que se pretende decir cada vez que se esgrime, no me gustan los extremismos, no me gustan los integrismos y otros ismos, no me gusta las fiestas populares cuando te someten a ellas pues “esto hay que vivirlo”, no me gustan las conversaciones acerca de la meteorología popular, no me gusta tener que hablar- porque si no, no se oye nada- no me gustan las mudanzas y no me gustan muchas cosas más. No me gustan, insisto, pero es un disgusto individual, carente de exigencias o de petición de públicas adhesiones. Se puede discrepar del mismo e incluso se debería: al fin, es una lista particular elaborada desde el privado contacto con la vida y no tiene otro fin, en esta ocasión, que la comunicación escrita.  Y comunicación, eso sí, es, sin menoscabo, decir de viva voz o poner negro sobre blanco algunas cosas del todo fastidiosas para lograr consenso y obras que palíen el roto detectado. Porque, como muestra lo traigo a colación, no me gustan los siniestros en túneles, vías ferroviarias o arquitectura monumental. Seguramente a nadie le gustan- menos a esos amigos de la furia delincuente que arrambla con mobiliario público, por ejemplo- y en eso estaremos de acuerdo. Por eso es alentadora la noticia, publicada en Guadaqué, la noticia de unos cursos realizados para que los especialistas en seguridad conozcan todo lo necesario en materia de asistencia y rescate ampliando así el dominio de sus competencias. Dinero público invertido en dotar de recursos a la comunidad y, presumiblemente en sentido figurado porque estas cosas de la administración funcionan de un modo bien distinto al que algunos quisiéramos, fruto de haber enumerado, como proponía, aquellas cosas susceptibles de rechazo, dando lugar a un acuerdo de progreso. Que progresistas son todos los que actúan conforme a la superación de situaciones adversas, independientemente de las siglas políticas, esas que enseñan orgullosos unos y otros. Y si no ha sido a consecuencia de esa confrontación de sucesos intolerables, es igual: yo lo imagino así y así queda de mi parte.