El blog de la señora Horton

Pregón de primavera

Ya en pleno mes de abril sucumbo a la tentación de decir que ha llegado la primavera. Lo noto en multitud de detalles: en la humedad cálida, en el cambio de luz sobre el campo y en que los cerros más lejanos han dejado de parecer malvas y ahora simulan un hondo azul prusia. Multitud de pájaros me boicotean el tejado ayudados por los retoños más jóvenes de la hiedra. Bajo un radiador se abren paso enormes hormigas sonámbulas. La larva Xylocopa se despereza dentro de una viga que tengo sobre mi cabeza y se pone de inmediato a masticar madera con gran ruido de dentadura. El caballo "Aquelarre" empieza a perder su pelo de invierno y hay que recluirle, porque un fragor de yeguas en celo inunda la mañana de relinchos.

 

Caen chaparrones preciosos sobre la hierba ya empapada. Todas las presencias que en invierno dormitan, se multiplican: los eczemas, los microbios, las grullas sobre mi cabeza… La noche se ha poblado indecentemente de estrellas y la última luna que cruzó los cristales de mi ventana al filo de la madrugada, exageraba su tamaño, su color y su luz. Pasó como el fotograma de un junco japonés, exhibiendo velamen ber­mellón, terrible y cercana. Esta luna demencial es el único astro humanizado de los que habitan nuestro techo.

Lorca escribió cómo una hormiga moribunda, desde lo alto de un árbol, acertó a ver por primera vez el cielo nocturno. La hormiga de Lorca me parece exageradamente hipermétrope: el espectáculo que presenta el cielo de noche es un trago excesivo, como es el hombre. "Ser es ser percibido": para el cielo de una noche primaveral quizá hemos nacido, y él para nosotros: juntos formamos la imagen del interrogante y su respuesta: entre las estrellas y un hombre que las mira, está comprendido todo lo que hay. La luna, pues, debe ser lo único celeste a lo que tienen acceso los animales; quizá por eso este pequeño mundo nuestro es tan lunático, súbdito de esa diosa de rostro habitualmente desmejorado.

Louis Bourne, que conoce y estudia con precisión anglosajona a nuestros poetas, rebusca entre los mejores versos y me regala citas de astros y flores para este pregón de primavera: la noche como arboleda, la noche como frondoso ramaje constelado, como eterno vacío astral, como nave de fuego, como telar candente, como acuario del aire, como noticia azul; me regala toda la metáfora que los poetas vierten sobre las misteriosas estrellas, esos ojos de la noche que, en definitiva, son la auténtica causa, la etiología última de los primaverales dientes del jazmín, de los peces rutilantes y de las flores de la luz.

En fin, que hemos llegado a donde antaño estábamos; rueda rodando, esta cruel rueda de la vida nos conduce inexorablemente a morir entre las flores. Meto aquí a regañadientes a Schrodinguer y a su gato  ya que ambos se deben sentir más cómodos en un  territorio físico, pero recuerdo aquellas palabras  del científico que siempre están en mi mala memoria: solo hay una luz y cada vida es una ventana por la que asoma. Bueno, más o menos, la letra falla pero permanece la idea.

Y vuelvo a Bourne: cita, para acabar este recorrido que hemos hecho juntos, nada menos que a los Upanishads: "Este Universo es un árbol que existe eternamente, su raíz arriba, sus ramas extendidas abajo. Y la raíz pura del árbol es la inmortalidad."

Hasta ahora, como dijo también el poeta, lo único inmortal es la piedra; la primavera es sólo un bello instante ajardinado. Es sólo el tacto fresco del bálsamo sobre la úlcera de vivir.

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