Acabo de enterarme. Es una costumbre danesa. Consiste en romper los platos de la vajilla empleada para la cena de “Nochevieja”, a fin de festejar la llegada del año nuevo... Supone, si es como he leído, que en Dinamarca pocos serán los ciudadanos a los que se les pueda aplicar aquello de, “tiene cara de no haber roto nunca un plato”. O sea que, gente impoluta, bonachona, angelical, no deben ser. Y eso choca. Porque pareciera que se acepta a quien es cabal, a quien no se sale del carril, como al heredero de las dádivas que se reparten en este contradictorio mundo…


Más cuando entre la conclusión de un año y el inicio de otro recorremos una distancia breve que, partiendo de las tradiciones, finaliza en ese deseo de acometer nuevas tareas, de modificar hábitos, de conseguir lo que fue aspiración o acaba de serlo, al que denominamos propósito, propósitos de año nuevo… Cierto que, al principio, todo son oposiciones a la excelencia. Mejorar, mejorar y mejorar. Superación, aprendizaje, rentabilidad, comunión social, hermanamiento, compromiso con la familia… Todo muy bien. Todo perfectamente recomendable… Luego admitimos lo que dice el dicho: el que mucho abarca poco aprieta y, con mucha menos gracia que José Mota, damos por supuesto que lo que debiéramos haber hecho hoy, lo dejaremos para mañana… En todo caso, propósitos que manifestamos, ante nosotros mismos o ante los demás, para ser mejores, más buenos, se lleven a cabo o no… Pero, ¿triunfan los buenos? Tal vez no. Quizás sean los malos los elegidos. Es el caso, por ejemplo, de ese personaje de televisión, el mundialmente conocido mafioso Tony Soprano. Tony Soprano que seguirá siendo Tony Soprano a pesar de que el actor que lo encarnara falleció recientemente. Tony soprano que tiene admiradores en todo el planeta y es, para algunos de ellos, referente ético incluso. Y, con todo esto, me pregunto una vez más si el fin justifica los medios, si cargarse la porcelana, como símbolo de insurrección al menos, es sinónimo de rédito social, si conviene más ser bárbaro que caballero. Por eso podría ser necesario, tras haber consumido media docena de meses de este año 2013, reconsiderar el proyecto aunque solo fuera para confirmar que merecen la pena… ¿No es verdad que cierta dosis de cinismo, algún que otro hábito felón, resulta popular? Y si no, ahí están quienes validan con sus actos los ruidos, sustos e insalubridad de sus mascotas./ Quienes circulan por las aceras en bici sin cuidado, a una velocidad que pone en peligro la seguridad de los peatones, o se adueñan del paso./ Quienes toman los asientos de parques y transporte público para solazar sus extremidades inferiores, calzados o sin calzar./ Quienes escupen en la calle o tosen en el rostro de cualquiera./ Quienes atropellan y prefieren entrar antes que dejar la salida libre./ Quienes hacen de su ocio quebranto del sueño o la enfermedad ajena./ Quienes irrumpen  a gritos en la vida de los demás rivalizando con el sonido de los motores de un avión, por ejemplo./ Quienes convierten un lugar de tránsito en campo de juego deportivo y si hay que arrollar a alguien pues se le arrolla./ Quienes demuestran escaso interés por sus vecinos y, sin embargo, pregonan las exigencias de un mundo más humano… En resumen: haz el mal y serás recompensado. ¿Con qué? Con tu propia satisfacción. Hablo de gentes de todas las edades. Hablo del triunfo de quienes consideran que ellos mismos han de ser los primeros, luego ellos y después ellos… ¿Quiere esto decir que romper una vajilla en Dinamarca durante la celebración de “Nochevieja” te convierte en malote y, por lo tanto, en sujeto con pie y medio en el Olimpo? ¿Sostengo que perseverar en el aspecto positivo de todo propósito es tarea vana? ¿Manifiesto que los que empujan llegan más lejos?
Ustedes son muy inteligentes y no están necesitados de moraleja.  Tal vez esto que les estoy diciendo sólo es una forma de provocar. De llamar la atención acerca de las imperfecciones de lo “doméstico” y de proponerles un cambio. De todas formas, si me invitaran este año a las cenas de navidades, asegúrense de evitar el vidrio o la loza sobre la mesa.