Un zángano en el palmeral

Que no te lo cuenten

Aunque me irrita más, “¿Te lo vas a perder?” parece que enterarse antes que nadie de aquello de lo que se hablará entre los de la manada- no se olvide que solemos ser rebaño- es una prioridad social. Y los que venden o compran- usted y yo también- lo saben. He aquí donde aparece la publicidad y la propaganda. Porque, a pesar de la distinción económica que se hace entre las dos- crematística la primera e ideológica o cultural la segunda- son parte de lo mismo…

De modo que, como queda de manifiesto desde las primeras luces activas del día a la oscuridad dinámica que las preceden, hay alguien en continuo estado de promoción. Nada anormal, hasta ahora. La publicidad es legal bajo unas determinadas reglas y me parece divertida. Se hace para sumar consumidores al propósito de “servicio” de una empresa o profesional lo que se traduce en dinero- riqueza- e influencia o poder, mas disfruto con el ingenio empleado para realizar historias o trasmitir emociones en un muy breve espacio de tiempo. La repetición de tales mensajes logra en mí el mismo efecto que el estornudo continuado, es verdad, y lo combato desentendiéndome de ellos. Sin embargo celebro la oportunidad de coincidir con una emisión de audio o filmada que pretenda establecer las máximas excelencias de lo que sea… incluso cuando no es toda la verdad lo que se dice, que suele ser casi siempre. Me interesa el juego narrativo, la forma, los medios, la perversidad. Algo que está, también, en la propaganda. Que se sepa que la única proposición política moral, ética y justa posible, por ejemplo, la única digna de tenerse en cuenta, es la que apadrinan los voceros de la misma. Que se sepa que la única concepción cultural aceptable es la que proponen desde este púlpito o desde aquel atril. Que resuenen en todos los rincones del espacio los predicados de la fe, de la economía, del sistema convencional, de la revolución o de todo lo contrario… La propaganda parece erigirse en asunto superior y con paciencia llega a conocerse que, al final, también hay dinero en juego. Mucho dinero. Todo se ha industrializado y la comunicación hoy- tal vez siempre- es publicidad y propaganda. Con mayor o menor intensidad, más o menos tangencialmente, pero así funciona la cosa. Si hay producto, si hay mercancía- ¿y qué no lo es?- lograr adeptos, partidarios, personas que avalen lo puesto a la venta con su ejemplo como consumidores o acólitos, constituye el lógico empeño que dará carta triunfal al bien o servicio puesto en el mercado. Pasa con el fútbol. Un equipo está a punto de lograr el ascenso a otra división. Ese supuesto es el que merece publicidad y propaganda para que más personas acudan al estadio, animen al equipo y, la escuadra deportiva logre más dinero. Los bares, lugar donde se reúnen muchos de esos forofos, se decoran con banderas y hay promociones de consumo a precio reducido o sorteos a favor de todo lo anterior… Es propaganda y publicidad por más que se revista de sentimiento. Y todos acudiremos. Como lo haremos a las manifestaciones que propongan unos, a las concentraciones que propongan otros, al mitin, a la firma de libros, a la función musical, al rezo o a la lectura de esta pieza escrita. ¿Por qué? Porque, ¿te lo vas a perder?

Vivir son exactamente tres días
Hacienda otra vez