Un zángano en el palmeral

QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA

Que veinte años no es nada, se canta a ritmo de tango por todo el mundo y parece un eco viejo, de los que resuenan tan solo cuando, como la ropa guardada en el baúl, conviene adoptar timbres de época. Que veinte años no es nada, por obra y gracia de Le Pera y Gardel, y es así a partir del instante en el que un trovador inmemorial se reencarna para dar consistencia al pellejo de otro encantador de melodías y perecer definitivamente.

Le ocurre al Maratón de los Cuentos de Guadalajara una fiesta que se propone vetusta desde la misma materia que la hace posible y, sin embargo, con el desparpajo y la audacia de quienes la cocinan, atienden la mesa y comparten su regocijo, y la concurrencia de quienes se suman como comensales agradecidos de disponer de un lugar en la celebración, muere y nace nuevo, aunque hayan pasado veinte años ya. Porque, en verdad, veinte años no son años comparados, por ejemplo con la edad de los volcanes, de Sara Montiel, Marujita Díaz, Isabel Preysler, Antonio Gala o José Luis Sampedro. No son eternidad ni suponen quiebra alguna. Porque, al entrar en contacto con una de las conmemoraciones más importantes del universo conocido, en lo que respecta a la palabra dicha a todo pulmón, no hay reparo ni precauciones que adoptar, todo es robusto y consistente, necesariamente flexible y plural. Pues bien, tras veinte años, aún puedo decir, ahora instalado a la vera del Mediterráneo, a la sombra feliz de las palmeras, combatiente voluntario contra el malvado Picudo Rojo, puedo decir que, la Guadalajara que estimo, que considero, en la que me reconozco por encima de todas las Guadalajaras posibles, es la Guadalajara del Maratón... Y, precisamente, a esa Guadalajara de veinte años, que tiene siglos de vida y edades por venir, regreso en estos días. Hay una relación con el aire, con las luces, con las piedras y con las gentes que da lugar a la emoción. Para reír o para llorar. Para pensar, para asombrarse, para compartir, para incorporar, para reservar, para pregonar, para incluir y repartir y mencionar y redescubrirse uno como más digno, más aseado, con más luces y, sin embargo, sombras... De modo que, en concordancia con la voluntad de ser ciudad en la ciudad, común en la comunidad, de prestar oídos y cuerdas vocales a la vida, voy. Feliz de viajar y viviendo el Maratón desde antes de escucharse el primer saludo, el primer cuento, el viernes a las cinco de la tarde, hora taurina, hora redonda, hora del té anglosajón y, en esta ocasión, hora del reelegido alcalde Antonio Román. Todo lo demás, ahora, es sólo horizonte. Posibilidad, tarea que puede esperar por más que merezca atenciones. Ya tengo mis cuentos. Los vengo haciendo piel de mi misma piel. Salgo al camino y echo la vista atrás para saludar contento. Me voy pero volveré. Y eso sirve para la palmera, para el madroño de mi Madrid natal y para la coraza de piedra de la fachada principal del Palacio del Infantado. Llevo palabras y emociones. Traeré verbos e ilustraciones en la cornea. Amenaza la naturaleza y el clima porfía manifestándose adversamente mediante tormentas y chubascos. Mas, experiencias hay de ello, no supondrá novedad. Algo que  no va a arredrar a nadie. Será menos vistoso el día, sin el amparo del sol en el caso de que se consume el más aciago de los pronósticos, pero, igual que el escenario, ya de por sí magnífico,  se viste lo imprescindible para la ocasión- lo importante es el ser que ocupa la tarima y los mundos que viene a compartir – entre el oro castellano o las sombras de espartano acontecer, la ceremonia se reeditará con toda la fuerza y la alegría de siempre. Y, además, está la noche, la permanente pugna entre Morfeo, dios del sueño y Hermes soberano olímpico de la oratoria. Durante ese tránsito se agudizan los sentidos, las emociones pesan y la sensibilidad, si se logra eludir el abrazo del hijo de Hipnos, prevalece… Pero, ya hablaremos de todo esto. Llegará la hora. Muy pronto.

VEINTE AÑOS DESPUÉS
CON O CONTRA EL TIGRE

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