¡Fiestas, qué recuerdo! ¡Qué saludo al desenfreno, a la novedad, a la tradición, a la alegría! ¡Qué inversión, qué derroche, a las anchas y a las largas todo el día! ¡Qué ingenio de luz a luz, de aurora floreada a baile vermut, de paella a bocadillo, de bota a cubalibre, de tendido de sol a sombra bajo los árboles del parque, de pasodoble a rock and roll, de camiseta de la peña a traje de carrozas, de pregón a…

 

A coma etílico, claro. A pincho moruno adobado con polvo de los caminos urbanos, a bodas de terrateniente para quien suele sostener que no gana ni para pipas, a trompicones con el prójimo porque donde no hay patrón manda marinero, todo el monte es orégano y yo la vi primero. A, “ande, ande, ande, la marimorena, ande, ande, ande que es la noche buena”… No, no, no: que eso es en Navidad… Aunque, al fin, es lo mismo. Lo mismo. Coros y danzas de gente persuadida de sus dotes canoras gracias al imperio de la muy noble ingesta de litros y litros de alcohol. Porque las destilerías antes o después de la vendimia nunca fallan… En fin, de ahí, de los cantos populares al gusto por el estruendo en sus más variados registros: y si se han de hundir los cimientos de las casas de las gentes que pretenden descansar- porque no todos son, durante las fiestas, demonios adoradores del decibelio y partidarios de la abdicación de Cronos- pues demolición. Y del derribo al chocolate con churros. Del desayuno a la fanfarria y de los grandes éxitos orquestales a la producción de basura a imagen y semejanza de un enorme botellón, de un interminable botellón que dura siete, quince días, los que sean. Desperdicios como esta sucesión de consideraciones que evidencian el mal gusto de quien no soporta que, igual el proletariado que la burguesía, la aristocracia o la opulencia, disfruten de unos días de camaradería- ya lo cantaba Serrat: “Hoy el noble y el villano/ el prohombre y el gusano/ bailan y se dan la mano/ sin importarles la facha”-  porque viene a señalar que las fiestas, como brindis al exceso tienen todas las características de los mismos y, además, ese rasgo de lo que se ampara en la masa, en estos días, obligación de consumir lo que entretiene y divierte a los que se sienten con el poder de imponérselo a todo hijo de vecino. Es como cuando los dueños de cualquier automóvil, en día de fiesta o no, hacen de la cabina dentro de la cual se desplazan, trompetas de Jericó. Sí, mas, con todo, los que residan en un lugar alejado de la zona cero- por suerte- percibirán los ecos, sabrán de los desmanes y conocerán a vecinos que se lo han pasado muy bien. Que es lo que ocurre en las fiestas, la gente sale a tapar la calle, que no pase nadie, que pasen mis abuelos comiendo buñuelos, salvo cuando salen a manifestarse puesto que esa es otra fiesta. Una fiesta más… ¿La mejor? Cuando sepamos tener la fiesta en paz.