El blog de la señora Horton

Quién no llora con el blues

El blues es a la música lo que el sollozo al llanto: por muy jodida que una esté, no tiene tiempo material de meterse en el alma una sinfonía con sus cuatro movimientos, ni todos los gorgoritos de Silos (por la misma razón que tampoco hay tiempo para agarrarse una buena perra) pero ¿quién no tienen unos instantes para atravesarse las meninges con un compás sincopado y haciendo dúo con él, aullar a la luna? Tampoco es despreciable para estos fines una dosis del racial cante jondo pues, si vamos a ver, siempre el dolor es el mismo, siempre tiene idéntica extraordinaria calidad, el mismo apresto fuerte y la misma excelente caída: sus paños están cortados todos de la misma bala.

 

Tiene mucho el blues de ungüento. Toda la música tiene mucho de ungüento; los instrumentos de viento con sus gritos de oro o plata lamen muy bien las heridas y las violas y violines levantan una atmósfera de éter y cloroformo. La música es entonces el hospital del aire, pero, seamos justos, es la voz humana el gran médico, es ella la que escarba justo en lo infecto, allí donde exactamente duele pero aún no supura, porque el dolor, además de música precisa algunas palabras. Véase los poetas.

 El blues, como la poesía, ilumina instantáneamente lo indecible. En el dolor todo se aparta de nosotros, los objetos pierden su sentido hasta quedar en vagos interrogantes, todo se aleja como extrañado y en esa extrañeza del mundo nos tentamos la ropa irreconociéndonos: como decía Kafka con la inexactitud del genio, qué lejos de mí quedan en esos dolorosos momentos, por ejemplo, los músculos braquiales.

 Recomiendo para el dolor la aspirina de Cesaria Evora. Cesaria Evora era una cantante que reinaba –y aún reina, me consta– en la morna, o sea, en Cabo Verde, una voz que soporta el tonelaje del éxito aún detrás de las puertas de la muerte, que , melancólicamente confesaba que podía prescindir de los hombres y aseguraba que el blues es la canción del desaliento.

Vivir en el fin del mundo exige un plus más de nostalgia. Conocí a una mujer de Cabo Verde que puso a su hijo un nombre extraño: Marimundo. Es fácil imaginársela sentada en la playa y contemplando justamente eso.

 De un lado a otro del planeta la voz de Cesaria atraviesa como un gran alfiler de oro la carne del dolor y al final queda esa mariposa horrible clavada en el cielo del blues, en el álbum de la música, donde cuelgan las fotografías de tantos atormentados esqueletos.

Si quieres llorar ahora no te cortes; Cesaria Evora, muerta o viva, nunca se va, pues para eso las generaciones de humanos van aprendiendo con inteligencia trucos para perpetuarse. Así que si sigues este enlace te encontrarás a Cesárea viva y podrás hartarte de llorar. Y si aún quieres más, escúchala en "Tiempo y silencio".

Si es que tienes ganas, claro.

¿Y ahora, qué?
Beber para crecer