El blog de la señora Horton

Ricart y sus cuates

Este mundo es tan raro que permite la existencia simultanea de ángeles y espadas: quizá esa extrañeza me haya hecho pensar en Anabel Segura. Y observando cómo va este raro mundo dando tarascadas por el éter, cargado con los asesinos y con sus víctimas (ellos con una  ciega idea de rabia, ellas con las manos atadas a la espalda y sin zapatos) he pensado en Miriam. Como todo esto me ha ocurrido mientras recogía la colada y entre las nubes navegantes he visto un instante la luna porosa, he pensado en Toñi. Luego una golondrina, estremeciendo un poco el vuelo en un bamboleo exactísimo, ha llegado hasta el estanque y ha capturado una gota de agua y he pensado en Desiré.


Estas personas que fueron entregadas a un uso– el que decidieron sus captores– estaban hasta hace poco alejadas, fuera del tráfico humano, iban lejanamente destiñéndose en un panteísmo crepuscular y sedante, mientras sus carroñeros se mantenían bien dibujados, en la cárcel, con las manos atadas con las cintas de sus pecados.

Piensen en Anabel, en Miriam, en Toñi, en Desiré. Ellas solo comparten con nosotros las sed de los pájaros, los azares de la luna  descolorida, las vaguedades del pensamiento. No están para aperitivos, para llenar el depósito de la gasolina, para leer una carta ni tomar el ascensor o mirar un escaparate. Solo han quedado para restos de vida, para recordarlas cuando esa golondrina aspira la gota de agua. En ese instante exacto las victimas y nosotros estamos juntos. Las imagino quietas, como quien solo ha de preocuparse de ser un recuerdo, casi de mármol, sin nada de lo que arrepentirse ni a quien amar, paradas como mariposas que se entregan a su alfiler.

Claro que todo eso ha cambiado. Los malvados están fuera y las víctimas despiertan de ese bendito sueño que da la interrupción de la tortura. Ahora la tortura vuelve cargada de garfios y de ira bestial, ahora sus asesinos circulan asustando con sus máscaras vergonzosas, bolsa al hombro, atravesando la geografía tratando de anidar en lugares que les rechazan. Mientras, ellas, Anabel, Miriam, Desiré, Toñi y todas las otras pálidas victimas a las que ellas representan, tienen que dejar sus altares, los mullidos rincones de la memoria familiar y volver a la brega, a cuerpo descubierto, con su terrible pasado exhibido en las televisiones nocturnas.

Siempre he pensado que el único valor de la oración–dado que nunca dios nos hace repajolero caso– estriba en la fuerza de millones de pensamientos unidos en un fin único.  Cada vez que recojamos la ropa hay que pensar en Anabel. Y cuando la luna salga, porosa, pensemos en Desiré, o cuando llueva, o al apreciar el amargor de una caña bien tirada, pensemos en Toñi o en Miriam. Así podemos meter sangre en el recuerdo pálido de esas chicas rodeadas de sombras y poner a peregrinar eternamente a sus repugnantes acosadores. Porque también la extrema libertad es una cárcel.

El agua envenenada
CR7