El blog de la señora Horton

Rosas y espinas para la madre, colonia para el padre

El mundo está lleno de madres y padres y, eventualmente, hijos, esos seres tan queridos aunque a veces enojosos, indispensables para el trío. Personajes tan persistentes pueden ser tratados con la letra gorda de la generalización, aunque avisando a los suspicaces que tenemos en catálogo todas las excepciones posibles (monoparentales, adoptados, vientres de alquiler, inseminados y etc).

 

Así, podemos esquematizar afirmando –como si se tratara de un cómic– que los padres son esos señores casi invisibles en cuyo corazón reina la silueta de un coche de muchas válvulas y que tienen la obligación de montar en cólera cuando la educación del vástago se hace casus belli. La madre sería esa señora neurótica de la limpieza y del recoge por favor tu habitación, que subvierte la soberana ley del hogar metiendo a escondidas euros y perdones donde el código masculino puso castigo y vacio.

Hay entre nuestros dos progenitores una sima abisal, que no es cosa de hoy sino que arranca de un plegamiento prehistórico, pues ya Eva repartía, a escondidas, la sisa de la compra para los cromos de sus chicos. Y como por entre las uñas rojas de la madre fluye todo el dinero del Estado, el Corte Inglés nos da una lata infinita con el día del padre (sabiendo que ella se encargará de la totalidad del derroche en corbatas y colonias) y pasa por el de la madre ofreciendo flores o batidoras a trotecillo ligero.

Es lo mismo que sucede con los óbitos familiares, que cuando muere la esposa, el cementerio es un llenazo de éxito, pero si lo hace el marido pues acuden los consanguíneos y la portera y pare usted de contar. Esta es la aritmética social, ésta es la misa: hay síntomas que no engañan.

Las madres más madres del mundo fueron  las madres de la plaza de Mayo. A esas señoras madres, unos padres les mataron a los hijos. Actualmente otros padres han matado a los hijos de unas madres de México. Así están las cosas.

 Ahí está la arista que separa a la madre y al padre: ni por asomo podemos imaginar que ese crimen contra los hijos lo cometiera un grupo de madres. ¿Se imaginan a unas madres-militares con sus galones y botas de reflejos tirando chicos desde un avión, o prendiendo fuego a unos colegiales en mitad de la selva?

 Gracias al tesón de esta sección femenina, la tierra aún rueda por el éter, los padres y los hijos no terminan de eliminarse como los dinosaurios y la vida no llega a ser completamente inhumana.

La arbitrariedad de la madre pone a la roca de la ley unas pocas flores, mulle tanto y tan brutal orden masculino, enfría la frente ardiente de las pistolas. La madre media, desesperada, entre unos seres que han de matarse: lo vio Freud muy bien y esto es lo que hay, queridos amigos.

Por eso el destino de la madre es sufrir, pues no en vano ella parió a estos dos estúpidos, eternos combatientes. 

Un canon para la nube (cloud)
El día de la Mujer Fatal