Un zángano en el palmeral

RUTAS SINUOSAS

A nadie extrañará y, por lo tanto, a mí tampoco, si, cualquier día, mi rostro se amorata como consecuencia de una trompada que me administre cualquier ciudadano o ciudadana, porque soy incapaz de mantener la boca cerrada. Me van a dar porque me hierve la sangre ante cualquier manifestación que tenga que ver con el incivismo, en vez de callar señalo- ¡Ay que malo es señalar! - y, los encausados por mí- y supongo que por cualquiera- no solo no admiten su error, sino que reaccionan con indisimulada violencia…

Por lo tanto, a las primeras de cambio, ya verán, sopapo que te crio. Naturalmente, no será porque detenga a mis paisanos a fin de comentar los pormenores, las ventajas y adversidades que puedan conllevar los indultos recién administrados por “su graciosa Sanchidad”. No. Ahí cada cual tiene su parecer y es mucho mejor enmerdarse en las redes sociales. De este modo la ropa queda en su sitio y no se corre el riesgo de que a uno le rompan las gafas. Son otras cosas. Se trata de las prácticas abusivas que demostramos a diario en presencia de nuestro prójimo: ciclistas o viajeros en patinete que se adueñan de las aceras; automovilistas que estacionan donde les da la gana; ciudadanos de a pie que hacen de las calles su particular basurero y, ya de paso, nos incluyen en ese territorio de inmundicias; escandalosos de toda condición… en fin. Ustedes ya saben, bien porque hayan sufrido alguno de estas estimaciones, bien porque pertenezcan a la tropa ejecutora a la que aludo. Nada nuevo. Nada, o no. Me refiero a que, desde que se ha dado la señal para que esté permitido deambular al aire libre sin servirse de la mascarilla, toca descartar la línea recta como la más corta para transitar entre dos puntos y armarse de paciencia para adoptar el recorrido más quebrado si lo que se pretende es contar con algo de salud a la hora de llegar a casa. Hasta ahora la mayoría de ciudadanos que se han desprendido ya del tapabocas caminan como pobres ignorantes que nunca llegaron a saber lo que es una suma, una resta, y desconocen que un metro y medio no es igual a cincuenta centímetros o menos. Un ejército de zombis ante los que solo cabe esperar a que pasen o ir sorteándolos como se evitan las terrazas ya dueñas de todas las calles. A partir de ahí, vienen las observaciones, los comentarios y los encontronazos. Choques, insultos y amenazas. Y como me cuesta tanto agachar la cabeza y seguir, si puedo, mi camino, me van a dar. Ya lo verán ustedes.

Un acoso agobiante
Hita y su palenque publicitario