El blog de la señora Horton

Sangre y arena en mayo

Con la llegada de la primavera se abre esa gran esclusa para la sangre que es el coso taurino. Y desde el fondo de esa complicada alma que hemos heredado, como desde la oscuridad del toril, sale resoplando media tonelada de carne negra sobre cuatro finas patitas saltarinas, a la que un héroe policromado ha de masacrar. El asunto no es nuevo ni privativo de los españoles. Los países de nuestro entorno -como diría un político- siempre han sacudido porrazos a sus toros, los han alanceado y espachurrado a conciencia: cuenta Frazer (en La Rama Dorada, para quien le interese, esta vez estoy segura) que los antiguos romanos desgarraban con sus dientes un toro vivo y corrían por los bosques con sus restos sanguinolentos, dando alaridos de frenética alegría.

 

Claro que enseguida se hacen las necesarias interpretaciones: dicen algunos listos que en el sacrificio del toro a manos del torero hay un trasfondo erótico...¿Qué quiere esto  decir? ¿Que el toro sustituye en la paliza a la mujer? ¿Se considera entonces erótico dos bofetones a la esposa?¿Será por eso que  según nos liberamos de esa tradición sangrienta de los toros matamos más a nuestras mujeres? La estadística parece confirmarlo.

Pero otros aún más listos aseguran que es un rito de inmortalidad, una ancestral costumbre según la cual el catecúmeno se bañaba en la sangre de su víctima, y así, empapado, recibía la adoración de los asistentes por haber resucitado a la vida eterna. Claro que también los antiguos egipcios se enterraban con un barco para el traslado y aún no se sabe de ninguno que esté de paseo por la corte de Ra.

Y aún otros más perspicaces insinúan que nuestra fiesta nacional no responde a sentimientos o emociones colectivos que adopten posteriormente formas, sino justamente al revés: hay normas sacralizadas para despertar sentimientos que redundan en beneficios a la sociedad, pues parece que está comprobado que todo acontecimiento que ejerza una influencia social benéfica aminorando la ansiedad de los individuos, tiende a ritualizarse.

Y claro, toda esa complejidad simbólica requiere una metáfora y unas leyes, que, aunque alguna vez cambien algo en el viejo arte de Cúchares, la verdad última es que esta fiesta tiene un interior pétreo, sus reglas son graníticas y sus adoradores andan a la caza de cualquier herejía posible para montar un pollo. Cualquier innovación se mira con suspicacia y el adepto es casi un paranoico que no tolera bromas, que no soporta críticas. Así en este tiempo tembloroso y de pensamiento más que débil, el toreo conserva (a excepción de en Cataluña que está empeñada caiga quien caiga en apañarse unas fronteras propias en la idea alucinatoria de que así serán felices y comerán perdices) toda la reciedumbre de un tótem.

El toro además crea y sostiene linajes muy originales: banderilleros, picadores, monosabios, alguacilillos y, sobre todo, toreros.

Que en este mundo de ahora quede consideración para un hombre que no precisa ser banquero, ni artista, ni consejero delegado de telecinco, ni político, ni entrenador del Real Madrid, que no precisa ni siquiera ser culto o refinado, ni bueno, ni generoso...es fantástico; es fantástico que el altar principal de los españoles esté ocupado por un hombre (¡nunca  una mujer, por dios!) cuyo oficio sea tener un par de huevos para meter una espada por el cuello a un animal. Y encima vestido de sota de oros.

Tanta fantasía me deja boquiabierta.

Pactos
El enemigo en casa