El blog de la señora Horton

Sed de mal

b2ap3_thumbnail_monago-llorando.jpg

En su paseo por el infierno, al llegar al Octavo Círculo, Dante nos alegra la vida con los variados suplicios que sufren los ladrones. Por ejemplo, Caco, ingeniosísimo chorizo antiguo que robaba las vacas de Hércules tirándolas del rabo para —llevándolas hacia atrás— dejar confusas huellas o, por ejemplo, tres importantes funcionarios gubernamentales que se enriquecieron distrayendo a su favor las rentas públicas. En compañía de los hipócritas —condenados a soportar sobre las espaldas placas de plomo exteriormente embellecidas por oro— los corruptos eran sometidos a la incómoda convivencia con serpientes fantásticas, que de continuo les arrancaban los miembros (todos) y les envenenaban, matándoles de mentirijillas para volver a empezar, sin prisa pero sin pausa. Estos tormentos nos ponen en la pista de la importancia que ya en aquella Italia dantesca - ¡qué delicia poder usar este adjetivo sin referirlo al consabido espectáculo! — se daba al dólar.

 

Ningún paisaje más reconfortante hemos inventado los hombres que la gran nave del dinero en la que se baña el tío Gilito. Pero la pasión por la riqueza ha logrado coincidir con la pasión por el poder y este combinado pasional se resuelve en pura sed de mal. El ladrón que actúa protegido por su prestigio social, sabe que con su ambición arruina al Estado, pero su sed de mal le oculta benévolamente las consecuencias de su culpa hasta que llega a sus cercanía la juez Alaya o similar.

En cuanto a nosotros, la vida nos va educando suave pero imperiosamente en la idea de que quienes nos gobiernan han de ser naturalmente ricos, o mejor, riquísimos. Han de poseer yates, mansiones, sociedades y propiedades en islas paradisíacas —climática y fiscalmente paradisíacas— amén de cuentas en Suiza. Los dineros que se descubren en los sótanos de los bancos siempre tienen un dueño conocido que es nuestro diputado, nuestro ministro o nuestro director general.

Esta pesadilla económica que sufrimos hace que el paisanaje desbarre y, al calor de esta práctica que ha hecho costumbre, aparecen conductas pintorescas: un pariente de la que suscribe tiene un inquilino que ha tratado de abonar el alquiler con unos pretendidos documentos inculpatorios de un político que —aseguraba— le darían más liquidez que la proveniente de la miserable renta que paga.

El día en que los arrendatarios empiecen a pagar a sus caseros con fotocopias, el día en  que los clientes paguen a Iberdrola con dossieres y el día en que las amas de casa paguen a las asistentas con rumores, habremos llegado al último capítulo de una novela titulada «Estado de Bienestar» y, como los del octavo círculo de Dante, será el momento de resucitar para volver a empezar aquella noble tarea que dejamos pendiente hace años.

Pero de todo esto, lo espantosamente intolerable es que el señor Monago llore. Yo, particularmente, le creo. Seguramente él como muchos varones de los que conozco se hubieran pagado el billete muy a gusto para  encontrarse día sí y día también con esa preciosidad de señorita canaria, y aunque le he visto por las televisiones exhibiendo su extracto bancario (lo que me parece bien, ya digo, y repito que le creo) no paso por lo de la lágrima.

Después de ver escenas de desahucios con los que suele premiarnos el telediario a la hora de comer, después de la insoportable criminalidad y latrocinio que nos toca soportar, el señor Monago llorando, da risa. 

Seguro que se ha sentido mal por el espectáculo dado, pero al menos puede decir eso tan español de que me quiten lo bailao. Otros no pueden ni siquiera abrir el pico. Véase las mujeres maltratadas por sus despreciables maridos, las niñas violadas por un guarro de gimnasio, o los cuarenta y tres estudiantes asesinados en México por el capricho de una dama tonta y mala.

Mire señor Monago, sus lágrimas me fastidian. Guárdelas para algo serio.

Caer hacia arriba
Necesitan gafas