A falta de varios meses para conseguir mi certificado de octogenario y pensando en la posibilidad de que, dentro de poco, no me afecte para nada lo que ocurra en el mundo de los vivos, pienso con inquietud en el futuro de los demás y no puedo contener el coraje que me impulsa a alzar mi voz por esta España de ahora, que tanto quiero y por la que, en vez de orgullo, siento tanta vergüenza.

Espero que no falte quien me califique de rojo o de facha; pero es algo inevitable. ¡Ni lo uno ni lo otro! Soy y siempre seré una persona carente de ideología, pues considero que el hombre es dueño de sus ideas y esclavo de sus ideologías. Esta posición neutral hace que no tenga preferencias políticas y utilice la misma vara de medir para las atrocidades y los méritos de unos y de otros. Hay que ser insensato o deshonesto para condenar obsesivamente los desmanes de unos y justificar o, al menos, pretender mandar al rincón del olvido los de otros.

Aquel 20 de noviembre de1975, en que pasó a lo que llaman mejor vida el que se autodenominaba “Caudillo de España por la gracia de Dios”, sentí un alivio inquietante: la dictadura tenía su muerte asegurada; pero nadie sabía qué podría ocurrir después.

Al salir de un inaceptable régimen no sólo dictatorial, sino incluso teocrático, con el que, a pesar de todo, España progresó, manteníamos la seguridad de que íbamos a gozar de una democracia: sistema de gobierno que, según Winston Churchill, no es bueno, sino “el menos malo de todos”. Aquella seguridad se basaba en la idea de que no había más remedio, porque, si no llegaba la democracia, el reinado de Juan Carlos I sería efímero, al no ser bien admitido ni dentro ni fuera de España.

Después vino el 15 de junio de 1977 y, a punto de cumplir 25 años, voté por primera vez en unas elecciones y lo hice, como muchos millones de españoles, con la ilusión de que empezábamos a estar en lo político como la mayoría de los países más representativos del planeta. A partir de entonces, aquel Parlamento democrático dejó de ofrecer su imagen lúgubre de señores vestidos de negro y hasta empezamos a ver con satisfacción mujeres intercaladas en los escaños. Por entonces, todos los diputados ofrecían una imagen respetuosa y respetable de personas de clase y no se veía entre ellos ningún desarrapado estrafalario.

Después vino el 23F, una patochada grotesca sobre la que no me atrevo a opinar, porque no me gusta hablar de lo que ignoro y, lo mismo que casi todos los españoles, no tengo ni idea de quién fue su cabeza y desconozco por completo su causa y su finalidad.

Cuando se legalizó el Partido Comunista, nadie se rasgó las vestiduras y, lo que es más importante: la sociedad española tuvo el detalle de grandeza de olvidarse de rojos y fachas, para dejar atrás aquellas terribles rencillas fraternas.

Después nos vino la desgracia de que, en muchas ocasiones, el presidente “de facto” del Gobierno de España se llamaba Jordi Pujol. Sí: como sus votos servían para mantener en la poltrona al presidente “de jure”, en muchas ocasiones hacía bajar la cerviz al inquilino correspondiente de La Moncloa, a cambio de pingües beneficios.

Encima, da la casualidad de que el “molt honorable” Pujol estaba considerado como una persona honestísima, hasta tal punto que el periódico ABC, en su tirada del 30 de diciembre de 1984, alababa su ejemplo de intachable decencia y lo declaraba “Español del Año”. ¡Ver para creer!

Hemos llorado juntos por las víctimas inocentes de la criminal ETA y hasta hemos llegado a admirar, con agradecimiento, las actuaciones de los jueces Garzón y Marlasca, tan detestados ahora por muchos, tal vez con razón. En la actualidad, sentimos la vergüenza de ver cómo los asesinos reciben beneficios penitenciarios y homenajes y algunos de sus secuaces se han convertido en señores diputados.

Pero nuestros gobiernos no solían estar a la altura propia de su rango: hubo demasiado predominio del ansia de poltrona.

Ahora tenemos unos dirigentes que, haciendo una excepción en su costumbre, no ha faltado ni un ápice a la verdad, al autocalificarse como progresistas, algo que me parece muy bien, pues nuestro futuro depende del progreso; pero tengo derecho a quejarme de que con él muchos millones de españoles hemos progresado, como el cangrejo, hacia atrás y de golpe. Creo a pies juntillas que ese progreso del que tanto alardean es cierto; pero, como para mí resulta ser un retroceso, me gustaría saber quiénes son sus beneficiarios, pues “haberlos haylos” y algunos ya son conocidos.

No vemos que se analicen y discutan en las sesiones del Congreso de los Diputados temas que afectan seriamente a la nación, sino que se han convertido en la apoteosis de la mentira, el insulto y la descalificación, aunque muchas veces esas descalificaciones son merecidas.

Indudablemente, no faltan oradores que demuestran en sus intervenciones su vasta cultura, mientras otros dejan evidente que la suya es bastísima (sí, con “b”) y, con suprema necedad, pretenden introducir en nuestro léxico disparatados neologismos, como “miembras”, “portavozas”, “proponido”, etc., y genialidades como “ellos”, “ellas” y “elles”. Además, hoy día, es sumamente importante para nuestro bienestar y felicidad que, gracias a la genialidad de algunos políticos, podemos barajar la posibilidad de decidir, desde la más tierna infancia, si somos hombre o mujer, sin detrimento de nuestras innatas peculiaridades fisiológicas.

Y, hablando de progreso, ¿qué cultura puede adquirir la juventud actual, si no es necesario estudiar para pasar al curso siguiente y, por si eso fuese poco, se empieza a estudiar la Historia de España a partir de la famosa Pepa de 1812?

Los Presupuestos Generales del Estado son objeto de un afrentoso chalaneo, por el que algunos deberían sentir vergüenza, si fuesen capaces de ello. En su aprobación no se tiene en cuenta su calidad y su repercusión en el bienestar de la ciudadanía, sino un exigente e intransigente “si quieres mi voto, tienes que darme…”, del que se benefician los que tienen como objetivo la ruina y destrucción de nuestra patria.

Entre mis principales aficiones está el estudio de idiomas. Una lengua, cuya finalidad es siempre permitir la comprensión entre personas y evitar el aislamiento, por poco usada que sea, es un tesoro de la humanidad que hay que conservar e incluso potenciar; pero es bochornoso y propio de mentes obnubiladas perseguir en España el uso del ESPAÑOL, como ocurre en la actualidad.

En aras de la “Sacrosanta Democracia”, todos los partidos insisten en que hay que respetar el derecho a discrepar; pero algunos no dudan en apedrear a los discrepantes, aunque (quede bien claro) dicen que lo hacen en defensa de la democracia.

También da vergüenza que, como norma, nuestro Presidente del Gobierno sea recibido por las multitudes con abucheos, rechiflas e insultos y aparezca como objeto de burlas y sarcasmos en internet. Por el muy honorable cargo que ocupa, un Presidente del Gobierno merece ser respetado; pero, por encima de todo, tiene el deber ineludible de ser respetable y respetar a todos los ciudadanos, incluso a sí mismo.

Los venezolanos decían “Venezuela no es Cuba” y mira cómo están. Yo digo que “España no es Venezuela… todavía”; pero, si no ponemos remedio, corremos el peligro de acabar como ellos, por culpa de algunos políticos nuestros, afines a aquellos gobiernos desalmados.

Y ahora no te alarmes si te digo que yo soy comunista. Sí. Me gustaría vivir en una sociedad en la que todos aportásemos lo que pudiésemos y todos tuviésemos cubiertas nuestras necesidades; pero eso es imposible. Si lo analizas un poco, te darás cuenta de que el Comunismo no ha existido ni existe ni existirá jamás. Los que están calificados como países comunistas han sido y son todo lo contrario: terribles dictaduras asesinas. En ellos es donde está más marcada la diferencia de clases: una pequeñísima minoría que nada en la opulencia y una enorme multitud sumida en la miseria y esclavizada, que puede perder hasta su vida si protesta. Yo no quiero esto para España.

Dando de antemano por sentado que las conoces tanto como yo, no voy a seguir exponiéndote las muchas causas (inmigración ilegal, LGTBI, derroche, pseudofeminismo para desigualdad entre hombres y mujeres, chiringuitos, violación de la Ley, menas, Castrismo, Chavismo, minas de oro, desobediencia de sentencias judiciales y un larguísimo etc.), que hacen que, en vez de orgullo, sienta yo una enorme vergüenza de esta España en que nos toca vivir y levante con profundo dolor mi humilde voz, como un alarido de urgencia ante tanto desastre. 

Lo repito una vez más: “El hombre es dueño de sus ideas y esclavo de sus ideologías”. No os dejéis obnubilar por tendencias arcaicas muy peligrosas ni os hagáis la ilusión de que, cuando vayáis a votar, podréis meter la papeleta del mejor partido. Conformaos con dar vuestro voto al menos malo y hacedlo conscientes de la realidad.