El blog de la señora Horton

TAUROFOBIA

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Desde Gerión para acá, la historia de España es un continuo taurobolio, ceremonia de iniciación practicada en el culto a Cibeles y que consiste, a grandes rasgos, en degollar un toro sobre una persona que sale del trance chorreando sangre.

 

Metidos hasta las orejas en el rojo color español, mal que bien, vamos cumpliendo la tarea impuesta por los dioses y ya está claro que Maastricht no prevalecerá contra el torito de verde luna, figura arquetípica y sustancial, metida, como dice el folclore nacido a su calor, en la masa de la sangre. Estamos condenados a hacer nuestro viaje con el toro y más vale que vayamos abandonando toda esperanza de redención; esto es lo que hay.

A pesar de desconocer el placer sensual y hasta intelectual que producen, según los degustadores, las corridas de toros, no veo terribles males en ellas. Las piadosas gazmoñerías de los defensores de los animales no son a mi entender más que proyecciones sentimentales de quien se ha empeñado en verse retratado a sí mismo en todo lo que se mueve, pues da igual que un toro muera en la plaza que en el matadero municipal.

Más: en la plaza aún puede salvar la vida por exceso de nobleza o, matar a su matador.  La salida de este mundo es segura para todos, incluso para el más notable. Al final todos muertos. Y recuerdo a uno se mis tíos que acompañó a un amigo funcionario del matadero y volvió mudo de horror, pues la cadena de la muerte con sus electrodos y su frialdad le dejó anonadado. Si yo fuera toro quizá preferiría morir en la plaza. Pero nadie puede ponerse en lugar de nadie. Lo único seguro es la muerte.

Tampoco es más noble morir en el coso, como defienden otros, porque para los animales no existe el concepto "nobleza". Los animales han quedado bajo la custodia del hombre y, sencillamente, tienen que aguantar sus excesos, de la misma manera que el hombre soporta sin un grito las veleidades del azar. El toro se come sin piedad una madreselva en flor y el socio fundador de la Sociedad Protectora de Animales alguna vez se habrá puesto ciego de langostinos.

 Lo más español que hay en nosotros necesita matar media docena de estos negros cuadrúpedos cada vez que suena un clarín. El alma española después de la operación queda satisfecha y en condiciones de fumarse una faria. Bueno. La sabiduría que el tiempo deposita como pátina, ha hecho que las cosas no pasen a mayores; ha protegido a los caballos con petos para que la mierda no salpique a los de barrera y ha reglamentado la tortura y la muerte del protagonista.

Pero las ansias de mal siempre se escapan por las costuras de las leyes. Al amparo de estas lícitas prácticas patrióticas y escondidas bajo el ambiguo nombre de "tradición", durante estos meses de verano se celebra en España una monumental escabechina.

La fiesta convoca los sagrados instintos asesinos y en plena orgía los mozos aguerridos ya no distinguen si ahogan al toro en espuma, si le atraviesan el intestino grueso con un garrote de nudos o si le prenden fuego al globo ocular. En este tiempo, el altar, el taurobolio, instalado en la meseta central, se desparrama y ocupa toda nuestra noble patria y su marea roja alcanza la corriente de Humbolt.

El español no es taurófilo, es taurófobo. El español no es divertido, es cruel. El toro sacrificado en los pueblos no muere para agradecer a la tierra las cosechas, sino para disolver los litros de ira acumulados durante el invierno. El espectáculo es triste, pero no siento pena por el toro muerto, por nuestro animal arquetípico torturado, sino por ese otro animal indigno, mucho más peligroso, que es su torturador. 

Malos empresarios y sindicalistas malos
Sin caballo y sin azor