Pie a tierra

TDF

Es una enfermedad relativamente nueva; nació en el siglo pasado pero es en éste cuando se está manifestando con más virulencia. Aunque es una enfermedad mental con muchos niveles de gravedad y difícil de diagnosticar en sus comienzos, no se puede considerar entre las enfermedades raras pues afecta ya a millones de personas, especialmente del sexo masculino. Me estoy refiriendo a los Trastornos Derivados del Fútbol (TDF).

 

Preocupante. No sólo por el gran número de afectados y por la rapidez con que sigue extendiéndose por todo el mundo, sino además por la gravedad con que se manifiesta en muchos de estos enfermos.

Que decenas de personas se den cita en una ciudad con motivo de un partido de fútbol para pegarse, me parece un trastorno serio. Que algunas de esas personas sean cuarentones y con hijos es, sencillamente, incomprensible. Que esas peleas sean a muerte es salvaje e intolerable.

Y como siempre esta sociedad hipócrita en que vivimos se rasga las vestiduras cuando ocurre algún caso grave, se afanan en proponer soluciones pero sin analizar las causas de estos trastornos ni, por supuesto las responsabilidades.

Quienes dirigen el fútbol apuestan por levantar pasiones, incluso apoyan y premian a los más apasionados, hasta que los más radicales cruzan la línea entre pasión y violencia, se les van de las manos y luego vienen los lamentos y las condenas.

A quienes dirigen el fútbol les interesa que haya pasión, porque les da dinero  y también en esto el beneficio está en el centro de todo. De todos los valores que tiene el deporte se ha fomentado la competitividad, hasta tal punto que lo único que interesa es ganar, ganar y ganar… sea como sea, a cualquier precio y eso por sí mismo ya genera una violencia de la que no escapa ningún estamento de este deporte.

Los propios jugadores, presionados quizá por este ambiente tan competitivo, hacen también sus aportaciones: juego violento, simulaciones de faltas, teatralización, mentiras, insultos a los árbitros y a los contrincantes, prevalencia de la fuerza bruta sobre la inteligencia y la habilidad, provocaciones… todo vale para conseguir la ansiada victoria.

Estas actuaciones en el campo provocan en la grada cada vez más agresividad y violencia, que se contagia a través de las ondas, trastornando a millones de personas que actúan de forma incomprensible cuando están bajo los efectos del TDF.

Los medios de comunicación son responsables en buena parte de este enfoque violento que deliberadamente se le está dando al “deporte rey”. Que los dos periódicos más leídos en nuestro país sean deportivos (prácticamente dedicados al fútbol en su totalidad) dice bastante de su influencia en este trastorno. Que los telediarios dediquen al fútbol más tiempo que a cualquier otra noticia o que las radios hagan programas especiales de horas y horas de duración, hablan también de la gravedad del asunto y de la influencia de los medios de comunicación en la propagación y la gravedad del TDF. En su carrera por ganar audiencia o lectores también vale casi todo y se dedican durante la semana a mantener una tensión informativa que caldea el ambiente y sirve de caldo de cultivo a actuaciones violentas de distintos niveles.

Hay pues muchos intereses que coinciden en esta versión más apasionada del fútbol. Por eso no creo que esto pueda cambiar fácilmente. Mientras haya gente tan poderosa beneficiándose de esto, no habrá solución. Hasta los gobiernos entran al trapo porque, como los romanos con el circo, les resulta rentable que la gente esté pendiente del fútbol, se pelee por su equipo, reviente las audiencias y las ventas de periódicos, en vez de preocuparse por los problemas sociales o económicos derivados de sus políticas.

El TDF es, por lo tanto, una enfermedad consentida y favorecida por quienes deberían curarla. De ahí que no tenga cura y de ahí su expansión por todas las capas de la sociedad y por todo el mundo. La única solución que veo es que surja alguna ONG que se dedique a tratar este síndrome; como ha ocurrido con todas las grandes epidemias (cáncer, sida, ébola…) sólo al voluntariado se le ve voluntad de acabar con ellas.

Y para acabar con cualquier enfermedad o epidemia, lo más importante es la prevención. Y también ahí estamos fallando. Sobre todo ahí estamos fallando.

Basta con observar el patio de un colegio en el recreo para percibir por doquier el TDF: niños con las camisetas de sus equipos, el fútbol como única actividad lúdica, competitividad, agresividad, peleas, discusiones, lloros. Los niños imitan todo lo que ven en los mayores y en sus ídolos. Si sus padres y familiares los introducen en “su mundo” futbolístico los están introduciendo desde su más tierna infancia en el trastorno que nos ocupa. Toda su ropa (hasta los calzoncillos) lleva el escudo de su equipo, como su mochila, su estuche, sus bolígrafos, la goma y el sacapuntas, los cuadernos; el balón,  las sábanas, el cubrecama… Los pósters de su habitación son de su equipo celebrando una victoria o de su ídolo o de ambos. Ya para siempre sus preferencias, sus lecturas, sus juegos, sus conversaciones, sus pasiones estarán sometidas al TDF.

Presenciar un partido de fútbol sala de alguna competición infantil es una experiencia demoledora que demuestra claramente la capacidad de expansión y de destrucción del TDF: padres insultando al árbitro, a los entrenadores, a los jugadores rivales, a sus hijos… hijos imitando a sus padres, obsesión por la victoria, por meter el gol y celebrarlo como sus ídolos… ausencia de valores, xenofobia, racismo, machismo… discusiones, peleas, lloros…

¿Dónde se han quedado lo positivo del deporte: juego, diversión, trabajo en equipo, colaboración, superación, deportividad: saber ganar y saber perder, respeto al adversario…

Los niños ya no disfrutan jugando al fútbol y viendo un partido de fútbol. Como sus padres, sólo disfrutan ganando o cuando gana su equipo, sea como sea. Esto es el TDF.

Volver a los valores deportivos, curarlos de estas obsesiones y mostrarles que hay muchas cosas bonitas más allá del fútbol, librarlos del TDF sería uno de los mejores regalos que les podríamos hacer a las generaciones venideras. Responsabilidad social.

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