Un zángano en el palmeral

TODOS LOS DÍAS DEL AMOR SON SAN VALENTÍN

No comprendo bien la necesidad. La búsqueda de un pretexto para organizar un sarao y tirar la casa por la ventana. Digo, de apelar a las grandes ocasiones para comer, beber y bailar, cuando, en realidad, sin justificaciones que den razón al jolgorio, porque sí, en cuanto existe una posibilidad de suspender las obligaciones laborales, todo lo que acontece se salda con la pompa y la circunstancia de su propia carencia: la costumbre de festejar admite la ceremonia solo para olvidarse de ella de inmediato…

Entonces, si nos juntamos y entonamos canciones, y proponemos brindis e intimamos con intenciones pornográficas sin recurrir a los santos oportunos, sin rememorar batallas, sin gratificar a los famosos de la propia comunidad, para qué queremos más. Pero lo queremos. Nos sentimos más a gusto. No es ni raro, ni inconveniente. O sí. Porque somos como somos. Por ejemplo, dedicamos una fecha, a la que unos acusan de comercial- o sea: esta y todas las demás- y a la que otros defienden por sentimentalmente saludable, a mayor gloria del amor. Y a esta parada y fonda para el bailongo con mimos y sábanas de satén, la llamamos- usted ya lo sabe señora- San Valentín. Tal vez, por ser inclusivos, San Valentín y Santa Valentina… no me resisto a escribir, pensando en los Chipiritifláuticos, de reciente actualidad por la muerte de Félix Casas, el Capitán Tan de una lejana infancia, “Valentina: tan dulce y fina como una sardina”. Ya ven. El amor, entonces, parte del Carnaval- que no es una fiesta sino un universo de ellas- dispuesto a la fachada, al armario de modelitos que vestir medrando, al oropel y la fragancia por metros cúbicos, al exceso y al pregón a voz en grito. Pero nos gusta. Nos gusta y lo consentimos. Lo llevamos señalado en la agenda de los sagrados compromisos para que no se nos olvide que estamos enamorados o deberíamos estarlo cuanto antes. Tan cierto como que, si es verdad que existen personas a las que tratamos con afecto romántico en nuestras vidas, no necesitamos recuerdo de tal satisfacción, y si todavía se está tramitando la consecución anhelada, tampoco hay nada que recordar. Vendrán los angelitos con el culo al aire y un buen puñado de flechas, vendrá Casanova para seducir y profundizar, vendrán los bombones, y las cenas a la luz de las velas, y los presentes ocurrentes y todo será tópico y típico. Típico, también, como de “tip”, de Tip, de Luis Sánchez- mucho más divertido que nuestro Sánchez actual- Polack, al que algunos le atribuían una tremenda impuntualidad. La que correspondería a la ocasión de presentarse por escrito ante los lectores con un artículo como este al que están dando lectura. Tardía, sí; pero, infalible: reconózcanlo. Si el amor es verdadero no necesita fanfarrias ni disculpas. Puede celebrarse todos los días y, si de lo que se trata es de hacer una fiesta, pues ¡fiesta! Que no pasa nada. Como decía el personaje de Mota- José- “si no pasa na´ …”. Fiesta y al lío. Pospongan los melindres y los arrumacos cursis y las fotos absurdas en las redes sociales. Solo fiesta. O no.

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Caerán tus muros..; pero permanecerán su historia